En la antigüedad las puertas de las ciudades amuralladas era el punto en el que se concentraba la seguridad de la ciudad y el honor de sus habitantes. En el libro de Ezequiel encontramos el siguiente detalle en su construcción en cuanto a la anchura del umbral, la longitud de las cámaras laterales y los espacios que había entre ellas: “Luego se dirigió a la puerta que mira hacia el oriente. Subió sus gradas y midió el umbral de la puerta, el cual medía una vara de ancho. Cada cámara lateral medía una vara de largo y de ancho. Entre las cámaras había un espacio de cinco codos. El umbral junto al vestíbulo de la puerta que daba al Templo medía una vara” (Ezequiel 40:6-7). Nada quedaba, pues, al azar, pues la puerta marcaba el límite entre lo profano y lo sagrado, entre lo cotidiano y lo divino. El umbral era más que una entrada física; simbolizaba el paso hacia la presencia de Dios. Un paso que requería orden, preparación y reverencia. Cristo mismo afirmó: “Yo soy la puerta; el que por mí entrare será salvo” (Juan 10:9), indicando que Él es la verdadera entrada a la comunión con Dios y el único acceso seguro a la vida eterna. Justamente, en el muro oriental de la Ciudad Vieja de Jerusalén que da hacia el Monte de los Olivos, hay una puerta conocida como la Puerta Dorada o Puerta de la Misericordia sellada con bloques de piedra desde el siglo XVI que en la tradición judía basada en Ezequiel 44:1-3, se dice que estará cerrada porque por ella entró el Señor, y solo Él podrá volver a entrar por allí, ratificada por la tradición cristiana en relación con Cristo en su primera y segunda venida
La puerta que mira hacia el oriente
"La importancia de las puertas en la antigüedad era de tal orden que requería dedicar mucha atención a su adecuada ubicación y utilidad específica”






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