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Conferencias

La defensa de la fe en las epístolas generales

Hebreos, Santiago, Pedro y Judas

Se conoce con el nombre de “epístolas generales” a un conjunto de escritos del Nuevo Testamento que, tradicionalmente, han sido agrupados aparte de las epístolas paulinas, principalmente por su carácter menos circunscrito a una iglesia o destinatario particular. Pero dado que las tres epístolas del apóstol Juan ya fueron consideradas en nuestra conferencia sobre sus escritos, las obviaremos y excluiremos de nuestro presente tratamiento para enfocarnos en la epístola de Santiago, las dos de Pedro y la de Judas, añadiendo la de los Hebreos, que, aunque constituye por sí sola una categoría única y tradicionalmente no se cuenta entre las “epístolas generales”, de todos modos consideraremos junto con aquellas. Para limitar el tratamiento de estos escritos, dejaremos de lado las consideraciones teológicas alrededor de su contenido para concentrarnos más bien en sus contenidos de utilidad apologética y su vigencia a través de los tiempos.

La epístola a los Hebreos, de autor desconocido, es la más extensa de las mencionadas, y constituye uno de los textos cristológicos más importantes del Nuevo Testamento, como se aprecia desde sus mismos inicios: “Dios, que muchas veces y de varias maneras habló a nuestros antepasados en otras épocas por medio de los profetas, en estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo” (Hebreos 1:1-2). Aquí encontramos una concepción progresiva de la revelación que alcanza su punto culminante e insuperable en Cristo. Hay aquí, por tanto, un importante elemento apologético: el cristianismo no se presenta simplemente como un sistema de conceptos religiosos elaborado especulativamente por el ser humano, sino como la respuesta a una iniciativa reveladora de Dios que encuentra su culminación en una persona histórica: Jesucristo. La revelación cristiana no alcanza su plenitud en un libro, una doctrina o un sistema filosófico, sino en el Hijo, por medio del cual Dios mismo ha hablado de manera definitiva.

En el primer capítulo de Hebreos encontramos algunas de las afirmaciones bíblicas más extraordinariamente fuertes sobre la identidad de Jesús. Se le designa como el “heredero de todo”, como aquel por medio de quien Dios “hizo el universo”, así como “el resplandor de la gloria de Dios”, “la fiel imagen de lo que él es” y Quien “sostiene todas las cosas con su palabra poderosa”. Y aunque la fecha de composición de Hebreos no puede establecerse con absoluta certeza, suele situarse en la segunda mitad del siglo I, probablemente antes de la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 d. C., por lo que aquí nos encontramos ante un testimonio cristiano extraordinariamente temprano que constituye un fundamento de primer orden para la apologética cristológica, pues muestra que la fe cristiana primitiva atribuía ya a Jesús una identidad que trasciende ampliamente la de un simple profeta, maestro moral o ser humano excepcional.

En Hebreos, la superioridad de la revelación cristiana no consiste simplemente en que el cristianismo posea una doctrina más elevada, sino en que afirma que Dios ha irrumpido en la historia y se ha dado a conocer personalmente en Cristo. Hebreos no solamente presenta a Cristo como la culminación concreta de la revelación divina, sino también como explícitamente superior a los profetas, a los ángeles, a Moisés, a Josué y al sacerdocio aarónico. De este modo, tanto por su carácter revelador culminante, como por el carácter definitivo y perfecto de su sacrificio, Cristo se sitúa por encima de todas las mediaciones anteriores, con todas las implicaciones que esto tiene para la afirmación cristiana de que en Jesús encontramos la revelación plena y definitiva de Dios. Y de su carácter culminante también puede concluirse que su mediación también es superior a cualquier otra que pueda surgir posterior a Él.

Esta circunstancia puede ser especialmente útil para los tiempos actuales, en los que el “culto a los ángeles” denunciado por Pablo en la epístola a los Colosenses resurge, bajo nuevas formas, en sistemas de creencias como la Nueva Era e incluso en ciertos sectores populares de la cristiandad dados a la superstición y al sincretismo doctrinal. En este sentido, resulta particularmente significativo el aporte de Hebreos a la apologética cristiana frente a movimientos como el mormonismo, cuya tradición afirma que Joseph Smith recibió las tablillas del Libro de Mormón de manos del ángel Moroni, pues el argumento de Hebreos deja claro que ningún ángel puede ocupar el lugar que corresponde al Hijo ni constituirse en una mediación superior a la de Cristo. Y, por supuesto, Hebreos constituye también un documento invaluable para la apologética cristiana frente al judaísmo y frente a los sectores legalistas de la Iglesia que, al conceder nuevamente un valor definitivo a mediaciones, rituales o prácticas propias de la antigua alianza, terminan regresando inadvertidamente a realidades que, según Hebreos, han encontrado su cumplimiento y superación definitiva en Cristo, en perjuicio de la gracia dispensada en el evangelio.

De hecho, uno de los intereses doctrinales y apologéticos más importantes de esta epístola tiene que ver con la relación entre cristianismo y judaísmo. Hebreos es particularmente útil para la apologética dirigida a la cuestión de la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. El autor, al igual que Pablo, no presenta a Cristo como una ruptura arbitraria con el judaísmo, sino como el cumplimiento y la consumación de las realidades que el antiguo pacto prefiguraba. El tabernáculo, el sacerdocio, los sacrificios, el sumo sacerdote, el Día de la Expiación y el pacto adquieren su sentido pleno en Cristo. Esto permite formular una tesis apologética muy importante: el cristianismo no se presenta como una religión inventada independientemente de Israel, sino como la culminación de una historia de revelación que comienza con Abraham, Moisés y los profetas y encuentra en Cristo su cumplimiento pleno y definitivo.

Uno de los aspectos más interesantes de Hebreos es su afirmación y defensa de la realidad histórica de Cristo y de su sufrimiento real. El autor no presenta a Cristo únicamente en su dimensión divina, sino que insiste en su auténtica humanidad: “Por tanto, ya que ellos son de carne y hueso, él también compartió esa naturaleza humana…” (2:14), añadiendo luego: “Por haber sufrido él mismo la tentación, puede socorrer a los que son tentados” (2:18), y concluyendo en este sentido que Él fue: “…tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado” (4:15). Esto proporciona material apologético adicional para responder a la antigua objeción de que la divinidad de Cristo sería incompatible con una verdadera humanidad o con la experiencia real del sufrimiento. Hebreos sostiene precisamente ambas cosas: el Hijo eterno asumió verdaderamente nuestra condición humana y, estando en ella, experimentó realmente la tentación y el sufrimiento, con una diferencia decisiva: no cedió al pecado. Por otra parte, su sufrimiento real también está documentado en 5:8: “Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer”, expresión que no implica que pasara de la desobediencia a la obediencia, sino que experimentó y llevó a su plena realización humana la obediencia en medio del sufrimiento.

Ahora bien, en cuanto a la resurrección, aunque Hebreos no la narra, como lo hacen los Evangelios, la afirma explícitamente y da por sentado que Cristo murió, fue levantado de entre los muertos y, posteriormente, fue exaltado a la presencia de Dios. El lenguaje de 13:20 es especialmente significativo: “El Dios de paz levantó de entre los muertos al gran Pastor de las ovejas, a nuestro Señor Jesús, por la sangre del pacto eterno”. Además, en Hebreos encontramos en varias oportunidades la imagen de Cristo sentado a la derecha de Dios, tomada del Salmo 110, uno de los textos del Antiguo Testamento más citados y aludidos en el Nuevo Testamento y de particular importancia para la cristología de Hebreos: “…Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de la Majestad en las alturas” (1:3); “tenemos un sumo sacerdote que se sentó a la derecha del trono de la Majestad en el cielo” (8:1); “Pero este sacerdote, después de ofrecer por los pecados un solo sacrificio para siempre, se sentó a la derecha de Dios” (10:12); “Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios” (12:2). Desde el punto de vista apologético, esto permite conectar la muerte, resurrección, exaltación y sacerdocio celestial de Jesús en una misma concepción cristológica, mostrando que para Hebreos la obra de Cristo no termina en la cruz, sino que alcanza su consumación en su resurrección, exaltación y ministerio sacerdotal celestial.

Es, justamente, en relación con el sacerdocio de Cristo y la singularidad de su sacrificio en donde encontramos probablemente el núcleo apologético más característico de Hebreos. El autor compara el sistema sacrificial levítico con el sacrificio de Cristo y sostiene que los sacrificios antiguos eran provisionales y simbólicos, mientras que Cristo ofrece un sacrificio único, definitivo y eficaz. Hebreos 10:11-14 contrasta los sacrificios repetidos de los sacerdotes con Cristo, que ofrece “para siempre” o de manera definitiva un solo sacrificio. Esto tiene enormes posibilidades apologéticas porque permite explicar por qué el cristianismo afirma que la muerte de Jesús tiene significado salvífico universal, es decir para todos los hombres de todos los tiempos y no solo para los judíos, y también por qué el sacrificio de Cristo no es simplemente otro sacrificio religioso dentro de la historia.

El capítulo 11 de Hebreos es especialmente valioso para una defensa de la fe. Es aquí donde encontramos una de las definiciones más puntuales y citadas de ella: “Ahora bien, la fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve” (11:1). Es importante no interpretar este versículo como una definición de la fe cristiana entendida como una creencia irracional o carente de fundamento. El propio capítulo muestra algo diferente: después de definir la fe, el autor presenta una larga sucesión de personajes históricos —Abel, Noé, Abraham, Moisés, etc.— cuya fe se manifestó en acciones concretas realizadas en respuesta a lo que Dios había dicho. En otras palabras, la fe bíblica no consiste simplemente en “creer sin pruebas”, sino en confiar en Dios sobre la base de su palabra y actuar de manera consecuente con ella. De hecho, esta dimensión de la fe basada en lo que sabemos aparece también un poco más adelante, tanto en lo que tiene que ver con la comprensión racional de la doctrina cristiana de la creación: “Por la fe entendemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de modo que lo visible no provino de lo que se ve” (11:3), como en la confianza fundamental que orienta la relación del creyente con Dios y que se traduce en acciones concretas en su vida: “En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan” (11:6).

Un último aspecto que aparece de manera transversal a lo largo de toda esta epístola es el fundamento histórico de la fe cristiana. Hebreos está profundamente anclado en acontecimientos, personajes e instituciones históricas: Abraham, Melquisedec, Moisés, Josué, el éxodo, el tabernáculo, el sacerdocio levítico, el sistema sacrificial y, finalmente, Jesús. No estamos ante una espiritualidad sin relación con la historia real. El autor argumenta que Dios ha actuado dentro de la historia y que los acontecimientos anteriores encuentran su interpretación definitiva en la serie de acontecimientos históricos centrados en Jesús: su vida, muerte, resurrección y exaltación. Esto encaja muy bien con una línea apologética que distingue al cristianismo: su carácter esencialmente histórico, pues sus afirmaciones centrales no descansan únicamente en verdades filosóficas, experiencias místicas o relatos simbólicos, sino en acontecimientos que el cristianismo sostiene que ocurrieron realmente dentro de la historia.

Continuando ahora con la epístola de Santiago, uno de sus contenidos apologéticos más evidentes gira alrededor del hecho de que la fe auténtica se demuestra en la conducta. Una de las ideas centrales que atraviesan esta epístola es que: “Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta” (2:17). Esto nos permite responder a dos caricaturas simultáneas del cristianismo: la que presenta la fe como mera aceptación intelectual de doctrinas y, de manera paralela, la que la presenta como un medio para obtener la salvación sin que de ella se derive una transformación moral. Santiago sostiene que una fe que no produce obras ni transformación es una contradicción práctica. Así, la fe cristiana no reclama credibilidad solamente por lo que afirma, sino también por el tipo de vida que está llamada a producir. Esto no significa convertir las buenas obras en una demostración lógica de la verdad del cristianismo, sino mostrar que existe una coherencia interna entre la doctrina cristiana y la transformación ética que esta reclama.

Hay un pasaje particularmente interesante en esta epístola: “Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídasela a Dios y él se la dará…” (1:5). Esta instrucción muestra que la fe no se contrapone necesariamente con la razón, pues el creyente es presentado como alguien que necesita sabiduría para vivir correctamente, y Dios como la fuente de ella. Ahora bien, es cierto que más adelante Santiago establece diferencias muy puntuales entre la sabiduría que procede “de lo alto” y la sabiduría terrenal, pero esto no obra en contra del hecho de que necesitamos sabiduría para aplicar correctamente la fe a la vida práctica. La defensa de la fe no tiene que limitarse, entonces, a mostrar que determinadas afirmaciones cristianas son racionalmente defendibles, sino que también puede mostrar qué clase de vida produce la verdad cristiana cuando es comprendida, asimilada y llevada a la práctica con sabiduría.

En conexión con esto, Santiago tiene un contenido ético extraordinariamente fuerte: dominio de la lengua, preocupación por los pobres, rechazo de la parcialidad, dominio de las pasiones, justicia hacia el prójimo, humildad, misericordia y responsabilidad personal. En este contexto es especialmente significativa la siguiente declaración: “La religión pura y sin mancha delante de Dios nuestro Padre es esta: atender a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones y conservarse limpio de la corrupción del mundo” (1:27). La fe cristiana no es, pues, ni superstición ni escapismo. Es una fe que sale de sí misma hacia el necesitado y hacia el mundo real, como expresión visible de la transformación que la Palabra de Dios lleva a cabo en nuestras actitudes, nuestros motivos y nuestra conducta.

El capítulo 2 merece una mención especial. En él, su autor condena que dentro de la comunidad cristiana se trate mejor al rico que al pobre. Este capítulo ha sido tradicionalmente útil en la Iglesia, no solo para señalar estas incoherencias dentro de ella, sino también para mostrar que la igual dignidad de las personas ante Dios forma parte del núcleo del cristianismo primitivo. No se trata, por tanto, de una elaboración moderna incorporada posteriormente a la fe cristiana. Santiago considera incompatible con la fe cristiana genuina discriminar a las personas por su posición económica. Este enfoque se conecta con la apologética histórica cristiana en defensa de la dignidad humana. En otras palabras, la propia teología cristiana exige reconocer en cada persona una dignidad que no depende de su riqueza, posición social o estatus.

No podemos dejar aquí de mencionar un punto especialmente sensible en el capítulo 2 de Santiago: su relación con el pensamiento paulino y la aparente contradicción entre Santiago y Pablo sobre la fe y las obras. Pablo dice: «Porque sostenemos que todos somos justificados por la fe y no por las obras que la Ley exige» (Romanos 3:28), mientras Santiago afirma: «Como pueden ver, una persona es declarada justa por las obras y no solo por la fe» (Santiago 2:24). Un detractor podría presentar esto como evidencia de que el Nuevo Testamento contiene doctrinas contradictorias. Sin embargo, la aparente contradicción desaparece cuando observamos que ambos están combatiendo errores diferentes. Pablo combate la idea de que las obras de la ley puedan constituir el fundamento de la justificación ante Dios; Santiago combate una supuesta «fe» meramente verbal que no produce ninguna transformación. Para Pablo, las obras no son la causa ni el fundamento de la justificación; para Santiago, las obras son la evidencia de que la fe es auténtica. Dicho de otro modo, Pablo niega que las obras puedan constituir la base de nuestra justificación; Santiago niega que una fe que no produce obras pueda llamarse realmente fe. O, de manera más escueta: Pablo combate el legalismo, mientras que Santiago combate una fe meramente nominal.

Encontramos ahora las dos epístolas de Pedro. La primera de ellas tiene un aporte particularmente interesante, porque su apologética no se centra principalmente en demostrar intelectualmente la existencia de Dios, sino en mostrar la credibilidad de la fe cristiana mediante la conducta, el sufrimiento y la esperanza de los creyentes. Podemos destacar varios aportes en ella. En primer lugar, por supuesto, la defensa racional de la esperanza cristiana. El texto fundamental es 1 Pedro 3:15: «Más bien, honren en su corazón a Cristo como Señor. Estén siempre preparados para responder a todo el que pida razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con gentileza y respeto». Aquí aparece explícitamente el concepto de apología (gr. apologia), que muestra que el cristiano no está llamado simplemente a creer, sino también a estar preparado para dar razón de su esperanza. Se trata de uno de los pasajes apologéticos más explícitos del Nuevo Testamento y de una de las formulaciones más tempranas de la responsabilidad cristiana de presentar una defensa razonada de la fe.

Cabe mencionar también en esta epístola la función testimonial de la conducta cristiana. Los creyentes deben vivir de tal manera que quienes los acusan injustamente terminen reconociendo la legitimidad de su conducta: «Mantengan entre los incrédulos una conducta tan ejemplar que, aunque los acusen de hacer el mal, ellos observen las buenas obras de ustedes y glorifiquen a Dios en el día de su visitación» (1 Pedro 2:12). La vida cristiana se convierte así en un argumento moral encarnado. La defensa del cristianismo no depende únicamente de lo que el cristiano dice, sino también de cómo vive. Por otra parte, la respuesta al problema del sufrimiento quizá constituya el aporte apologético más profundo de esta epístola después del pasaje clásico de 1 Pedro 3:15. Los cristianos pueden sufrir injustamente, pero ese sufrimiento no invalida la verdad de su fe. Pedro presenta a Cristo como modelo al respecto. El sufrimiento injusto, asumido con fidelidad, puede convertirse paradójicamente en ocasión de testimonio y perseverancia. De este modo, 1 Pedro no ofrece una explicación filosófica exhaustiva del problema del mal, pero sí una respuesta existencial y cristológica: el sufrimiento no tiene la última palabra y puede ser afrontado desde la esperanza, siguiendo el ejemplo de Cristo.

Justamente, en relación con la esperanza, Pedro plantea la esperanza escatológica como fundamento de la perseverancia. Desde el comienzo de la carta, vincula la fe con una esperanza futura: una «herencia que nunca puede perecer, ni contaminarse, ni marchitarse» (1 Pedro 1:4). Esto ofrece una respuesta cristiana a una de las grandes objeciones existenciales: ¿qué sentido tiene perseverar en el bien cuando hacerlo puede producir sufrimiento y pérdida? Para Pedro, la esperanza cristiana transforma la manera de interpretar el presente. Como ocurre también en Pablo, el sufrimiento de este mundo, por intenso que pueda ser en determinados momentos, no es definitivo. Forma parte de un proceso en el que la fe es probada y el carácter del creyente es madurado, mientras éste vive orientado hacia la realidad definitiva del Reino de Dios, donde el sufrimiento será finalmente vencido y dejará de tener la última palabra. La esperanza cristiana no es, entonces, simplemente una expectativa acerca del futuro; es una fuerza interpretativa que permite vivir de manera diferente en el presente.

El aporte apologético de la segunda epístola de Pedro es diferente y, en cierto sentido, más explícitamente polémico que el de la primera. Mientras 1 Pedro enfatiza la defensa de la esperanza mediante una vida fiel en medio del sufrimiento, 2 Pedro se ocupa de defender la verdad y confiabilidad del mensaje apostólico frente a los falsos maestros y a quienes cuestionaban la promesa de la segunda venida de Cristo. En ella, Pedro apela al testimonio apostólico de primera mano como el fundamento del anuncio acerca de Cristo. Así, afirma: «No les dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas ingeniosamente inventadas, sino como testigos oculares de su majestad» (2 Pedro 1:16). Al hacerlo, contrapone las fábulas o relatos inventados al testimonio de quienes afirman haber presenciado los acontecimientos que anuncian. La fe cristiana no se presenta, por tanto, como una construcción especulativa o como una leyenda desarrollada posteriormente, sino como un mensaje que los apóstoles afirman haber recibido y transmitido a partir de acontecimientos de los que fueron testigos. Pedro pone como ejemplo concreto la transfiguración. La afirmación apologética sería, en esencia: “no estamos transmitiendo una narración religiosa inventada; afirmamos haber sido testigos de acontecimientos que fundamentan nuestro anuncio”.

En esta epístola también encontramos la continuidad entre la experiencia apostólica y la Escritura profética, así como la autoridad y confiabilidad de esta última. Inmediatamente después, Pedro afirma que poseen “la palabra profética más segura” (1:19) y termina diciendo que ninguna profecía de la Escritura procede de interpretación privada, porque los hombres hablaron de parte de Dios “impulsados por el Espíritu Santo” (1:20-21). Aquí aparece una apologética de la revelación: el cristianismo no descansa únicamente en experiencias subjetivas o esotéricas atribuidas a los apóstoles, sino en la convergencia entre el testimonio apostólico y la revelación profética, transmitida por hombres que hablaron de parte de Dios impulsados por el Espíritu Santo. Esto distingue al cristianismo de una religión basada simplemente en experiencias religiosas privadas e inaccesibles a los demás: su mensaje se presenta como una revelación comunicada públicamente y vinculada tanto al testimonio apostólico como a las Escrituras del Antiguo Testamento.

El capítulo 3 contiene probablemente la segunda gran cuestión apologética de la carta. Los escépticos preguntaban ꟷy todavía preguntanꟷ: “¿Qué pasó con la promesa de su venida?” (3:4). En otras palabras: si Cristo prometió regresar, ¿por qué no ha ocurrido todavía? Pedro responde apelando a una concepción diferente del tiempo divino: “Para el Señor, un día es como mil años, y mil años como un día” (3:8), y explica que la aparente demora no significa incumplimiento, sino paciencia divina y oportunidad para el arrepentimiento (3:9). Esto tiene una enorme importancia apologética porque aborda una objeción que, aunque resulta claramente comprensible dos mil años después, ya estaba presente en la primera generación cristiana: la aparente demora de la segunda venida. La comunidad cristiana no tuvo que esperar a la modernidad para enfrentarse al problema de la «promesa incumplida». Desde sus primeros tiempos tuvo que responder a la pregunta de por qué la promesa de Cristo aún no se había cumplido, y 2 Pedro ofrece como respuesta que lo que los seres humanos interpretan como demora puede ser, desde la perspectiva divina, una expresión de paciencia y misericordia.

Finalmente, 2 Pedro también representa una apologética contra la corrupción doctrinal y moral. Los falsos maestros denunciados en la carta no representan simplemente una diferencia intelectual. Pedro vincula el error doctrinal con la corrupción moral, hasta el punto de que su conducta desmiente el mensaje que pretenden enseñar. Por eso, la defensa de la verdad cristiana incluye tanto la fidelidad a la doctrina como la coherencia de la conducta. Podríamos resumir el aporte apologético de 2 Pedro diciendo que defiende la credibilidad del cristianismo apelando al testimonio de los apóstoles, a la continuidad de ese testimonio con la revelación profética y a la fidelidad de las promesas de Dios frente a las objeciones de los escépticos. La conexión con 1 Pedro resulta especialmente significativa: mientras 1 Pedro presenta la obligación de estar preparados para dar razón de la esperanza, 2 Pedro proporciona algunos de los fundamentos de esa defensa. El anuncio cristiano acerca de Cristo descansa, según Pedro, en el testimonio de quienes afirman haber presenciado los acontecimientos decisivos en los que esa esperanza descansa, mientras que la aparente demora de su venida no implica el incumplimiento de su promesa, sino que puede entenderse como expresión de la paciencia y misericordia de Dios.

Resta por considerar el aporte apologético de Judas, que también tiene sus particularidades. A diferencia de 1 Pedro, que enfatiza la defensa de la esperanza, y de 2 Pedro, que apela al testimonio apostólico y responde al escepticismo sobre la segunda venida, Judas desarrolla un planteamiento semejante al de 2 Pedro al denunciar a los falsos maestros y presentar la defensa de la fe fundamentalmente como una respuesta a la corrupción doctrinal y moral que amenaza desde dentro a la comunidad cristiana. De hecho, Judas contiene otro texto clave para la apologética, tan significativo como 1 Pedro 3:15. Se trata del versículo 3: «Amados, me había propuesto escribirles acerca de la salvación que Dios nos ha dado; pero ahora es preciso escribirles para que luchen y defiendan con firmeza la verdad que Dios, una vez y para siempre, dio a su santo pueblo» (NBV). Sin embargo, hay una diferencia. En 1 Pedro la apologética aparece principalmente como respuesta razonada ante quien pregunta, mientras que en Judas aparece como defensa activa frente a quienes distorsionan la fe. No son dos apologéticas diferentes, sino dos dimensiones complementarias de la misma responsabilidad cristiana.

Cabe añadir que Judas no presenta la defensa doctrinal como una actividad opcional para especialistas. La exhortación está dirigida a toda la comunidad: deben contender por la fe que han recibido. Hay aquí una concepción muy temprana y claramente neotestamentaria de la apologética como responsabilidad comunitaria de preservar el contenido del Evangelio. Adicionalmente, Judas denuncia a personas que han convertido la gracia en una justificación para la inmoralidad: «Convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios» (v. 4). Por tanto, encontramos otra vez algo que ya apareció en 2 Pedro: la herejía no es solamente un error intelectual. El error acerca de Dios y de la gracia puede terminar legitimando determinadas conductas. Por eso, la verdad cristiana exige ser defendida tanto frente al error doctrinal como frente a sus consecuencias morales.

Judas también insiste en el valor de la tradición apostólica como criterio para discernir el error. El autor se dirige a sus lectores y les dice: «… recuerden el mensaje anunciado anteriormente por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo» (v. 17), refiriéndose a ellos en tercera persona. Más que presentarse como fuente de una enseñanza novedosa, Judas se sitúa en continuidad con el testimonio apostólico recibido por la comunidad y exhorta a sus lectores a recordar lo que los apóstoles ya habían anunciado. Después afirma que estos mismos apóstoles habían advertido que aparecerían personas que se burlarían y vivirían según sus propios deseos. Esto introduce otro criterio apologético fundamental: la fe cristiana no está abierta a cualquier innovación doctrinal presentada como una nueva revelación. Existe una enseñanza apostólica recibida previamente que funciona como norma para discernir las novedades. La autoridad de Judas no depende, por tanto, de presentar una doctrina independiente de la tradición apostólica, sino de su fidelidad a ella; su mensaje se entiende como una confirmación y aplicación de la enseñanza recibida.

Aquí Judas conecta muy bien con 2 Pedro: ambos presentan la continuidad con el testimonio apostólico como un criterio para distinguir la verdad cristiana de sus distorsiones. Además, esta epístola utiliza imágenes muy fuertes para describir a los falsos maestros: “nubes sin agua”, “árboles… doblemente muertos”, “olas del mar que arrojan la espuma de sus actos vergonzosos”, “estrellas fugaces” (vv. 12-13). Más allá de su fuerza literaria, estas imágenes cumplen una función argumentativa clara: no todo lo que se presenta como cristianismo merece ser reconocido como tal. Judas refuerza así el criterio de autenticidad cristiana y nos lleva a preguntarnos si todo aquello que se presenta como “cristiano” es realmente coherente con la fe apostólica recibida.

Por último, encontramos una clara dimensión pastoral. Judas no termina simplemente diciendo: “Defiendan la fe, refuten y expongan a los herejes y falsos maestros”. Más bien, después de exhortar a luchar por la fe, dice: “Tengan compasión de los que dudan; a otros, sálvenlos arrebatándolos del fuego. Compadézcanse de los demás…” (vv. 22-23). Es decir, la defensa de la verdad no tiene como finalidad humillar al adversario, sino recuperarlo y conducirlo nuevamente a la verdad. Esto complementa muy bien 1 Pedro 3:15, donde la defensa de la fe debe hacerse “con gentileza y respeto”. Así, en Judas aparece una apologética que combina firmeza doctrinal y misericordia pastoral.

Si tuviéramos que condensar el aporte apologético de todo el Nuevo Testamento ꟷcon la excepción del Apocalipsis ya tratado en la conferencia sobre el pensamiento de Juanꟷ, en una sola frase, podría ser ésta: los Evangelios defienden quién es Cristo; Pablo explica qué significa Cristo; y las epístolas universales muestran cómo la verdad acerca de Cristo se acredita en la vida, en el sufrimiento, en la esperanza, en la conducta y en la fidelidad a la enseñanza recibida. Y las objeciones que cada una de ellas responde podrían plantearse también de esta manera: Santiago responde a quienes objetan que la fe no tiene implicaciones en la conducta y en la forma de vivir; 1 Pedro, a quienes encuentran en el sufrimiento una objeción contra la fe en Dios; 2 Pedro, a quienes consideran que la demora de la promesa de Cristo demuestra su fracaso y cuestionan el fundamento apostólico del mensaje cristiano; y Judas, a quienes distorsionan la fe cristiana desde dentro de la propia comunidad y confunden la libertad de la gracia con la legitimación de cualquier conducta o enseñanza. Visto así, las epístolas universales constituyen una apologética sorprendentemente actual, porque responden menos a preguntas filosóficas abstractas que a objeciones que surgen de la experiencia concreta: la conducta de los creyentes, el sufrimiento, la moral, la esperanza, la transmisión de la verdad y la credibilidad del testimonio cristiano.

Arturo Rojas

Cristiano por la gracia de Dios, ministro del evangelio por convicción y apologista por vocación. Hice estudios en el Instituto Bíblico Integral de Casa Sobre la Roca y me licencié en teología por la Facultad de Estudios Teológicos y Pastorales de la Iglesia Anglicana y de Logos Christian College. Cursé enseguida una maestría en Divinidades y estudios teológicos en Laud Hall Seminary y, posteriormente, fui honrado con un doctorado honorario por Logos Christian College.

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