fbpx
Estudios bíblicos

La fe en su justo lugar

La doctrina de la justificación por la fe recuperada por la Reforma protestante como uno de sus rasgos más distintivos, implica que la fe no constituye mérito alguno delante de Dios. En primer lugar, precisamente porque su eficacia se contrasta y enfrenta con la de las obras, entendidas éstas últimas sí como acciones meritorias de las que el ser humano podría presuntamente jactarse en la engañosa creencia de que, por sí mismas, poseerían tal valor que nos harían acreedores de la salvación, idea rechazada de lleno por las Escrituras, desde Abraham, considerado el padre de la fe, pues: “En realidad, si Abraham hubiera sido justificado por las obras, habría tenido de qué jactarse, pero no delante de Dios. Pues, ¿qué dice la Escritura? «Creyó Abraham a Dios y esto se le tomó en cuenta como justicia». Ahora bien, cuando alguien trabaja, no se le toma en cuenta el salario como un favor, sino como una deuda. Sin embargo, al que no trabaja, sino que cree en el que justifica al impío, se le toma en cuenta la fe como justicia” (Romanos 4:2-5). El principio que Pablo deriva de la experiencia de Abrahan es, entonces, que: “… si es por gracia, ya no es por obras; porque en tal caso la gracia ya no sería gracia” (Romanos 11:6), siendo la fe algo meramente instrumental, pero no meritorio, como se reitera luego: “Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe. Esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios y no por obras, para que nadie se jacte” (Efesios 2:8-9). Esto significa que si atribuimos mérito a la fe, ésta no sería diferente a cualquiera de las obras a las que se contrapone y sustituye. En segundo lugar, la fe no es meritoria porque, aunque la ejercemos voluntariamente en uso de nuestro albedrío, es la respuesta que se cae de su peso ante el cortejo divino para convencernos con amor de la veracidad del evangelio y de la conveniencia de nuestra aceptación y rendición a él. En otras palabras, no hay mérito en abrir simplemente las manos para recibir un regalo tan sublime como el de la salvación, como respuesta a la revelación que Dios hace de sí mismo al corazón del creyente, como se lo recordó el Señor a Simón Pedro: “ꟷDichoso tú, Simón, hijo de Jonás ꟷdijo Jesúsꟷ, porque eso no te lo reveló ningún mortal, sino mi Padre que está en el cielo” (Mateo 16:17).

Es en este marco en que debe entenderse la declaración del Señor en el sentido de que: “Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que me envió, y yo lo resucitaré en el día final… ꟷPor esto les dije que nadie puede venir a mí, a menos que se lo haya concedido el Padre” (Juan 6:44, 65). Y finalmente, la fe no puede ser un mérito porque el énfasis bíblico no está propiamente en la fe, sino en Dios como su objeto o término, como lo aclara también el Señor: “ꟷTengan fe en Dios ꟷrespondió Jesúsꟷ” (Marcos 11:22), siendo entonces mucho más importante Aquel en quien se deposita la fe, que la cantidad de fe depositada en Él. Por eso, a pesar de que nuestra fe sea frecuentemente demasiado raquítica, débil, pequeña y vacilante, como salta a la vista en los numerosos pasajes en que el Señor reprende la poca fe de sus discípulos en cuanto a la provisión para nuestras necesidades: “Si así viste Dios a la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe?” (Mateo 6:30); “Al darse cuenta de esto, Jesús dijo: ꟷHombres de poca fe, ¿por qué están hablando de que no tienen pan?” (Mateo 16:8), o el temor a las circunstancias amenazantes, como el que manifestaron los discípulos ante la tormenta en el Mar de Galilea: “ꟷHombres de poca fe ꟷcontestóꟷ, ¿por qué tienen tanto miedo? Entonces se levantó, reprendió a los vientos y a las olas, y todo quedó completamente tranquilo” (Mateo 8:26), o el propio Pedro al caminar sobre las aguas y comenzar a hundirse, asustado: “Enseguida Jesús le tendió la mano y, sujetándolo, lo reprendió: ꟷ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (Mateo 14:31). De hecho, el Señor anunció en medio de una de estas reprensiones que una fe tan pequeña como una semilla de mostaza, puede no obstante y de manera sorprendente remover grandes obstáculos: “ꟷPor la poca fe que tienen ꟷrespondióꟷ. Les aseguro que si tuvieran fe tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decirle a esta montaña: ‘Trasládate de aquí para allá’ y se trasladaría. Para ustedes nada sería imposible” (Mateo 17:20); “ꟷSi ustedes tuvieran una fe tan pequeña como una semilla de mostaza ꟷrespondió el Señorꟷ, podrían decirle a este árbol sicómoro: ‘Arráncate de aquí y plántate en el mar’ y les obedecería” (Lucas 17:6).

Porque en último término no es la fe la que lo logra sino Dios, que es quien finalmente honra y confiere a nuestra fe todo su potencial. Definitivamente, Dios es más grande que nuestra fe de tal modo que la mayor o menor cantidad de fe no lo obliga ni lo limita, sino que tan sólo lo estimula. Los apóstoles lo entendieron bien, por lo cual acudieron al Señor para que acrecentara su siempre precaria fe: “Entonces los apóstoles dijeron al Señor: ꟷ¡Aumenta nuestra fe!” (Lucas 17:5), node manera mágica sino gradual, mediante eventos de su vida en los cuales ellos fueron descubriendo que su confianza en Dios estaba más que justificada, como lo declara Pablo ya avanzado su ministerio: “Por ese motivo padezco estos sufrimientos. Pero no me avergüenzo, porque sé en quién he creído, y estoy seguro de que tiene poder para guardar hasta aquel día lo que le he confiado” (2 Timoteo 1:12), en la certeza de que Dios no nos dejará nunca defraudados de forma definitiva: “Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado” (Romanos 5:5); siendo como es Cristo mismo la piedra angular que sostiene siempre nuestra fe: “«Miren, yo pongo en Sión una piedra de tropiezo y una roca que hace caer; pero el que confíe en él no será defraudado»” (Romanos 9:33), promesa reiterada por el apóstol en más de una oportunidad: “Así dice la Escritura: «Todo el que confíe en él no será defraudado»” (Romanos 10:11), fortaleciendo así cada vez más la fe de los discípulos que veían maravillados como su escepticismo y comprensibles temores iniciales eran, a la postre, infundados, gratamente sorprendidos por el cumplimiento que el Señor hace de sus promesas, como en la oportunidad en que comprobaron que las promesas del Señor en cuanto a la autoridad concedida sobre los demonios era real: “Cuando los setenta y dos regresaron, dijeron contentos: ꟷSeñor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre” (Lucas 10:17), por lo que, aún en los casos en que podamos tener las circunstancias en contra, podemos apelar a Él en medio de ellas exhibiendo la misma honestidad del padre del muchacho endemoniado y finalmente liberado en estos suplicantes términos: “–¡Sí creo! –exclamó de inmediato el padre del muchacho–. ¡Ayúdame en mi poca fe!” (Marcos 9:24). Por eso decía W. Griffith-Thomas que: “No hay valor ni mérito en la fe, porque deriva su eficacia no de la persona que confía sino de la persona en quien se confía”.

Arturo Rojas

Cristiano por la gracia de Dios, ministro del evangelio por convicción y apologista por vocación. Hice estudios en el Instituto Bíblico Integral de Casa Sobre la Roca y me licencié en teología por la Facultad de Estudios Teológicos y Pastorales de la Iglesia Anglicana y de Logos Christian College. Cursé enseguida una maestría en Divinidades y estudios teológicos en Laud Hall Seminary y, posteriormente, fui honrado con un doctorado honorario por Logos Christian College.

Deja tu comentario

Clic aquí para dejar tu opinión