La visión del templo que Ezequiel contempla y registra con detalle siempre ha sido motivo de debate y de asombro. Es evidente que este templo es distinto a los que existieron en Jerusalén: ni el de Salomón, ni el de Zorobabel, remodelado luego por Herodes. Se trata, pues, de un templo que nunca ha sido construido, pero que es descrito con gran precisión arquitectónica, que difícilmente puede tomarse como metafórica, para lo cual podemos citar una muestra: “Luego el hombre me llevó al templo y midió los pilares, los cuales tenían tres metros de un lado y tres metros del otro” (Ezequiel 41:1). Así, no parece tratarse de un símbolo etéreo, sino de dimensiones concretas que apuntan a una realidad tangible. Para muchos intérpretes, esta descripción refuerza la convicción de que Ezequiel anticipa un templo futuro. Un templo que no pertenece al pasado. Los premilenialistas ven así reforzada la expectativa y esperanza de un milenio literal en el que Cristo reinará sobre la tierra. Allí se unirán la gloria de Dios y la adoración de Su pueblo en un lugar preparado por Él mismo. El templo de Ezequiel no sería, entonces, un recuerdo del pasado, sino una promesa del futuro. Es una proyección de lo que Dios hará cuando restaure plenamente la comunión con su pueblo. El templo de Ezequiel se convierte así en un anticipo de la era mesiánica. Una era en la que la justicia y la paz cubrirán la tierra y en la que el Señor mismo será el centro de toda adoración. Así, ya sea de manera literal o simbólica, la enseñanza central permanece: Dios establecerá Su morada entre los suyos
Me llevó al templo y midió los pilares
"La visión de Ezequiel de un templo diferente a los dos ya destruidos en el curso de la historia refuerza la creencia en un futuro milenio literal”






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