La descripción que encontramos en los anuncios proféticos que el Antiguo Testamento hace del nuevo pacto suscrito entre Dios y los hombres por Cristo se hace, entre otros, en estos términos: “Les daré un nuevo corazón y derramaré un espíritu nuevo entre ustedes; quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes y haré que sigan mis estatutos y obedezcan mis leyes” (Ezequiel 36:26-27). Así, pues, el nuevo pacto va más allá de las disposiciones externas, tales como los preceptos, estatutos y mandamientos específicos que la ley ꟷaspecto central y principal del antiguo pactoꟷ, prescribía para Su pueblo; y tiene que ver ya con las disposiciones internas del creyente necesarias para su cumplimiento, incluyendo el deseo y las motivaciones e intenciones correctas aprobadas por Dios que deben hallarse detrás de las acciones concretas emprendidas por el creyente en obediencia a ellas. Porque la ley por sí sola trae luz y convicción al respecto, pero no capacita al creyente para obedecerla por más que quiera hacerlo. Esta capacidad nos es otorgada en el nuevo pacto, en el cual, además, nuestra aprobación ya no depende de nuestro desempeño en el cumplimiento de la ley, sino de la fe en Cristo y su obra consumada en la cruz, no obstante lo cual ya podemos empezar a desempeñarnos con ventaja también en ese frente, en conformidad con lo dicho por el apóstol en el sentido de que Dios: “… despierta en ustedes el deseo de hacer lo que a él le agrada y les da el poder para hacerlo” (Filipenses 3:13 PDT)
Quitaré ese corazón de piedra
"El nuevo pacto suscrito por Dios con su pueblo en el evangelio no solo nos exhorta a obedecerlo, sino que nos da el deseo y la capacidad de hacerlo”






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