La disciplina de Dios hacia su pueblo nunca es un acto arbitrario, sino un acto de amor correctivo. El profeta Ezequiel nos recuerda que, tras un tiempo de castigo, el Señor no abandona a Israel a su suerte, sino que, una vez cumplido su propósito disciplinario, restaura a su pueblo: “»Por eso, así dice el Señor y Dios: Ahora haré que Jacob vuelva de la cautividad. Tendré compasión de todo el pueblo de Israel y celaré el prestigio de mi santo nombre” (Ezequiel 39:25). En esta porción Dios declara su intención de hacer volver a Jacob de la cautividad, un gesto que combina misericordia y fidelidad al pacto suscrito con Su pueblo. Esta restauración no ocurre porque Israel propiamente la merezca, sino porque Dios actúa conforme a su carácter y fidelidad para con sus escogidos, velando por su gloria y reputación entre las naciones. La compasión divina aquí no se queda en bonitas palabras, sino que se traduce en acciones concretas que transforman la situación del pueblo llevándolos de la humillación a la dignidad, de la dispersión a la restauración nacional. El juicio contra las naciones paganas que a su vez oprimieron a Israel, como Asiria y Babilonia, asegura que la justicia de Dios sea completa y que nadie pueda atribuirle injusticia o parcialidad. Así, la historia de Israel se convierte en un testimonio vivo de que el Señor disciplina, pero también levanta; juzga, pero también salva. Este repetido ciclo revela que la meta última de Dios no es destruir, sino purificar, para que su pueblo viva en comunión con Él y para que su santo nombre sea reconocido y exaltado en toda la tierra
Haré que vuelva de la cautividad
"Luego de su castigo disciplinario sobre Israel y de juzgar a las naciones paganas que lo realizaron, Dios vuelve a tener compasión de su pueblo”






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