Y los prejuicios naturalistas de la teología liberal
La profecía predictiva ya cumplida es uno de los temas y argumentos más contundentes exhibidos en la Biblia y en la historia a favor de la realidad de Dios y de la veracidad de la Biblia y su carácter sobrenaturalmente inspirado, como ya lo habíamos expuesto de manera más general en la conferencia sobre la profecía predictiva en el Antiguo Testamento (ver https://creerycomprender.com/la-profecia-predictiva-en-el-antiguo-testamento/). Y en este marco la profecía predictiva específica del libro de Daniel se destaca por su sorprendente detalle y precisión, en particular la que tiene que ver con las predicciones contenidas en el capítulo 11 de este libro que son de las que nos vamos a ocupar en esta conferencia. Partiremos, entonces, de lo ya expuesto en la conferencia anterior que hemos aludido, y cuyo enlace también hemos copiado, en relación con las profecías predictivas de Daniel concernientes a los grandes imperios de la antigüedad que se sucedieron en la historia y cuyo cumplimiento está fuera de discusión para, enganchando desde allí, adentrarnos en la profecía predictiva detallada del capítulo 11 que es en el que nos concentraremos a lo largo de esta conferencia, que amplía sustancialmente el contenido acerca del libro de Daniel tratado en la conferencia anterior que hemos citado arriba en el enlace incluido.
Se considera, de hecho, que el capítulo 11 del libro de Daniel es, desde el punto de vista de la interpretación bíblica, uno de los textos proféticos más detallados y debatidos de toda la literatura bíblica. La Biblia de Estudio de Apologética señala, refiriéndose a la profecía de Daniel 11:2 sobre el advenimiento del imperio griego en cabeza de Alejandro Magno: “Esta predicción asombrosa de Daniel es una entre más de 130 profecías de los primeros 35 versículos que se convalidan con una revisión de la historia de aquel periodo”, concluyendo: “En este capítulo, se exponen de manera incuestionable la omniciencia y la omnipotencia (soberanía en la historia) de Dios”. En efecto, independiente de los diversos marcos interpretativos adoptados, en especial en lo que tiene que ver con su parte final y la forma en que se solapan y superponen en el rey Antioco IV Epífanes cumplimientos históricos ya verificados en la historia pasada y cumplimientos escatológicos reservados para los últimos tiempos que no serán objeto de esta conferencia, los acuerdos en cuanto a todos los aspectos de ella que ya han tenido cumplimiento literal en el pasado es indiscutible y hay un consenso alrededor de estos aspectos sostenido por intérpretes de todas las escuelas de interpretación, sin perjuicio de sus desacuerdos. Así, si la pregunta es por su cumplimiento literal, la discusión se centra principalmente en dos grandes bloques del capítulo.
Desde el versículo 2 al 35 de este capítulo el cumplimiento histórico es ampliamente reconocido y se puede establecer con detalle por los historiadores que coinciden en que estos versículos describen con notable precisión acontecimientos del período transcurrido entre los dos testamentos. En cuanto a los versículos 2 y 3 que son introductorios, no se hace más que reafirmar el cambio hegemónico entre el imperio persa y el imperio griego de Alejandro Magno del que ya habíamos hablado en la anterior conferencia: “»‘Pero ahora voy a darte a conocer la verdad. Van a levantarse en Persia tres reyes más y hasta un cuarto, el cual será más rico que los otros tres. En cuanto haya cobrado fuerza con sus riquezas, incitará a todos contra el reino griego. Surgirá entonces un rey muy aguerrido, el cual gobernará con gran autoridad y hará lo que mejor le parezca”. No se puede precisar con exactitud a qué reyes persas se refería el profeta, pero el “rey aguerrido” es sin duda Alejandro Magno. Y el versículo 4 que habla así de su imperio, el imperio griego: “Pero tan pronto como surja su imperio, se quebrará y se esparcirá hacia los cuatro vientos del cielo. Este imperio no será para sus descendientes, ni tendrá el poder que tuvo bajo su gobierno, porque Dios lo dividirá y se lo entregará a otros”, se refiere a la bien establecida división de su reino entre sus cuatro generales luego de la muerte de Alejandro a temprana edad.
A partir del versículo 5 comienza una larga descripción de conflictos entre el “rey del sur”, es decir los reyes pertenecientes a la dinastía del general Ptolomeo que se estableció en Egipto y el “rey del norte”, que son los reyes de la dinastía del general Seleuco (o los seléucidas) que se estableció en Siria, flanqueando así por el norte y por el sur a Judea que quedó de este modo como un terreno intermedio entre ambas potencias y codiciado por ambas. Estas predicciones detalladas van en una especie de “crescendo” hasta desembocar en el punto culminante de todas ellas, la aparición del rey seléucida del norte, Antíoco IV Epífanes, que subyugó a los judíos de una manera ofensiva y humillante y ocasionó el levantamiento bien conocido en la historia bíblica como la rebelión de los macabeos narrada en los libros deuterocanónicos de 1 y 2 de Macabeos incluidos en las Biblias católicas y en las de la Iglesia ortodoxa griega. El paso para llegar a este personaje abarcó muchos conflictos y dominios sucesivos sobre el territorio de Judea por parte de estas dos potencias políticas predichos por Daniel antes de que acontecieran. El erudito Tremper Longman de la Universidad de Yale va dando cuenta así del cumplimiento de estas profecías específicas y muy detalladas.
Comienza por informarnos que, de manera general, en los versículos 5-20: “El enfoque se fija en los reinos establecidos por dos de los generales de Alejandro: «el rey del norte» (v. 6) es la cabeza del reino seléucida con su capital en Antioquía de Siria; el «rey del sur» (v. 5) es la cabeza del reino ptolemaico, con su capital en Alejandría de Egipto. Ellos pelearon por el control de Jerusalén, que se encontraba entre ellos, aunque en estos años iniciales el reino ptolemaico lo controlaba”. Después de esta información introductoria, comenta así ya con mayor detalle los versículos 5-6 que dicen: “»”El rey del sur cobrará fuerza, pero uno de sus comandantes se hará más fuerte que él y gobernará su propio reino con gran poder. Después de algunos años se convertirán en aliados. La hija del rey del sur irá al rey del norte para hacer una alianza. Pero perderá su poder y su linaje no sobrevivirá. En esos días será traicionada, junto con su escolta real, su padre y quien la apoyó”. De conformidad con esto, la historia registra que: “El primer rey del sur es Ptolomeo I (322-285 a. C.) y el primer rey del norte es Seleuco I (321-280 a. C.). En el principio fueron aliados, pero las tensiones por el control de Palestina llevaron a una división. Posteriormente, sus sucesores intentaron resolver el conflicto mediante un matrimonio dinástico (ca. 250 a. C.). Ptolomeo II Filadelfo (285-246 a. C.) dio a su hija Berenice a Antíoco (261-246 a. C.) como esposa. Pero Antíoco se reconcilió con su primera esposa Laodice, quien envenenó a su esposo, a Berenice y al hijo de ellos”. Podemos comenzar a ver aquí la precisión de estas predicciones relativas a las intrigas en el poder de estos dos reinos.
Para dejar constancia de que esto no fue casualidad, debemos seguir estableciendo los cumplimientos de las profecías posteriores, así para el lector no iniciado en estos temas históricos especializados pueda constituir información muy difícil de retener, pero no de entender, que es lo único necesario para establecer nuestro punto. Longman aborda ahora los versículos 7-10 que dicen: “»‘Pero se levantará uno de su familia en su lugar. Él atacará las fuerzas del rey del norte y entrará a su fortaleza; luchará contra ellos y saldrá victorioso. Se apoderará de las estatuas de metal de sus dioses, de sus objetos de oro y plata. Se los llevará a Egipto, dejando tranquilo al rey del norte durante algunos años. Luego el rey del norte invadirá los dominios del rey del sur, pero se verá forzado a volver a su país. Sus hijos se prepararán para la guerra, reunirán un gran ejército que, como una inundación, avanzará arrasándolo todo hasta llegar a la fortaleza” y describe su cumplimiento: “Las tensiones se encendieron nuevamente. El hermano de Berenice, Ptolomeo III Evergetes (246-221 a. C.) llegó al trono en el 246 a. C. Libró una guerra contra el hijo de Laodice, Seleuco II Calinico, quien ahora reinaba al norte. Ptolomeo III capturó a sus dioses y se los llevó a Egipto, pero Seleuco II atacó al sur y recuperó su tierra perdida. Los hijos de Seleuco II fueron Seleuco III (236-223 a. C.) y el exitoso Antíoco III el Grande (226-187 a. C.)… este último recuperó grandes porciones de tierra”. Si se contrasta con atención la profecía con su cumplimento histórico el resultado es asombroso, impresionante. Por cierto, la “fortaleza” hasta la que avanzaron los reyes del norte puede ser Gaza o el mismo Egipto.
Aquí continúa un nuevo bloque de profecías, los versículos 11-19 de los que Longman nos informa: “Estos versículos describen el reino de Antíoco III que le arrebató con éxito al reino del sur el control de Palestina… incluyendo a Jerusalén”. En desarrollo de este propósito general, el versículo 11 comienza a predecir el paso a paso: “»‘Enfurecido, el rey del sur marchará en contra del rey del norte, que será derrotado a pesar de contar con un gran ejército”. En efecto, como nos lo informa Longman: “Antíoco II luchó contra Ptolomeo IV en la batalla de Rafia (en la parte sur de Palestina en el 217 a. C., la cual éste último ganó”. En cuanto a la cantidad de bajas profetizadas y sufridas por el reino del norte en cabeza de Antíoco II en esta batalla: “Ante el triunfo obtenido, el rey del sur se llenará de orgullo y matará a miles; pero su victoria no durará” (v. 12), la Biblia de estudio Arqueológica nos informa que: “El historiador griego Polibio registró que Antíoco perdió casi 10.000 soldados de infantería en Rafia (la fortaleza de Tolomeo en el suroeste de Gaza) en 217 a. C.”. Este dominio de Ptolomeo IV, el rey del sur, no duró mucho, como el profeta también lo anunció, pues, como continúa el versículo 13: “porque el rey del norte reunirá a otro ejército más numeroso y mejor armado que el anterior y, después de algunos años, volverá a atacar al rey del sur”. En efecto, MacArthur nos informa lo que la historia confirma: “Trece años después Antíoco regresó con un gran ejército, y en una serie de ataques contra Egipto obtuvo el control de Palestina… hasta Gaza en el extremo sur”.
De hecho, las intrigas de los propios judíos en contra del dominio provisional que Ptolomeo IV ejerció sobre Judea antes de que Antíoco III lo recuperara, que podrían tener carácter anecdótico, también fueron predichas así por el profeta en el versículo 14: “»’En esos tiempos muchos se levantarán contra el rey del sur, incluso gente violenta de tu pueblo, pero no saldrán victoriosos. Así se cumplirá la visión”. Si bien los detalles históricos alrededor de este cumplimiento son algo oscuros, de todos modos Longman nos dice al respecto que: “… ocurrieron intrigas políticas en Jerusalén. Por ejemplo, la familia Oniada (que apoyaba al reino ptolemaico) disputó con la familia de Tobías (que apoyaba al reino seléucida) por el sumo sacerdocio. Quizás la visión de Daniel estimuló a algunos a rebelarse”. Así, el versículo 14 bien podría referirse al fracaso de las intrigas de Tobías y su familia. Luego, hasta el versículo 16 se narra, entonces, el dominio duradero ejercido por Antioco III sobre Israel al que se hace referencia ya en el versículo 15: “Entonces el rey del norte vendrá y levantará rampas de asalto y conquistará la ciudad fortificada, pues las fuerzas del sur no podrán resistir; ni siquiera sus mejores tropas podrán ofrecer resistencia”, comentado por Longman con otro detalle histórico confirmado: “Antíoco persiguió al general seléucida Escopas hasta Sidón y allí lo derrotó”.
El versículo 17 de nuevo nos da abundantes detalles que pueden ser confirmados por la historia: “Él se dispondrá a atacar con todo el poder de su reino, pero hará una alianza con el rey del sur: este le dará su hija en matrimonio, con miras a derrocar su reino, pero sus planes no tendrán el éxito esperado”. Ciertamente, como nos lo aclara Longman: “Antíoco III dio a su hija Cleopatra I (no la famosa Cleopatra VII, quien está conectada con Julio César y Marco Antonio) a Ptolomeo V con la esperanza de que sirviera como espía en el sur, pero Cleopatra alineó sus intereses con los de su esposo. Por lo tanto los planes de Antíoco no tuvieron éxito”. El versículo 18 continúa en la tónica de darnos detalles que los historiadores han podido también confirmar: “Dirigirá entonces sus ataques contra las ciudades costeras y conquistará muchas de ellas, pero un general pondrá fin a su insolencia y lo hará quedar en ridículo”.
El cumplimiento de esta predicción es señalado así por MacArthur: “Antíoco se había fijado la meta de conquistar a Grecia a lo largo de los territorios costeros del Mediterráneo, pero esto lo puso en conflicto con Roma, de tal modo que un líder romano, Lucio Scipio Asiático, respondió a la agresión siria contra los derechos romanos en el área con una derrota contundente (ca. 191-190 a. C.)”. El versículo 19 anuncia el retiro de Antioco III luego de su segunda y definitiva derrota consecutiva ante el ya mencionado cónsul Lucio Escipión, retiro también establecido por los historiadores y recogido así por Matthew Henry: “Antíoco hubo de retirarse ‘a las fortalezas de su tierra’ (v. 19) donde murió asesinado por haber querido apoderarse del tesoro del templo (187 a. C.)”. El versículo 20 es de transición, para llegar al bloque de profecías que abordan ya a Antíoco IV Epífanes, de lejos el rey más importante de esta relación, como lo veremos en su momento. Pero aunque sea de transición, tiene también un cumplimiento literal detallado. Veamos, pues, que dice el versículo 20 en cuestión: “»’Su sucesor enviará un recaudador de impuestos para mantener el esplendor del reino. Pero poco tiempo después ese rey perderá la vida, aunque no en el fragor de la batalla”.
Matthew Henry abunda aquí en confirmaciones de su cumplimiento. En cuanto al sucesor de Antíoco III nos informa que se trata de: “Seleuco IV Filopator (187-175 a. C.), quien gravó con impuestos la tierra de Judá”, como lo afirma la profecía. En cuanto al recaudador de impuestos designado por este rey para recaudar los impuestos nos dice que se trató de: “Heliodoro, ministro de finanzas, enviado por Seleuco IV a Jerusalén para apoderarse del tesoro del templo, como lo había hecho su padre en el templo de Elimaide”. Y en cuanto a la expresión: “no en el fragor de la batalla”, nos informa que: “Seleuco IV no murió en una riña ni en guerra, sino asesinado a traición por Heliodoro, el mismo exactor enviado por Seleuco a llevarse de Jerusalén los tesoros del templo”, algo para lo cual tenemos también confirmación en el libro de 2 Macabeos 3:1-40. A partir de este momento y en el bloque de profecía que sigue la atención estará concentrada, como ya lo dijimos, en el rey seléucida Antíoco Epífanes IV que sucedió a Seleuco IV.
En relación con este gran bloque que va del versículo 21 al 35 Longman nos dice: “Existe un consenso amplio de que estos versículos describen a Antíoco IV Epífanes (215-164 c. C…), quien oprimió y persiguió a los judíos. Se le describe en los libros apócrifos del A. T. en 1 Mac 1:7-6:16; 2 Mac 1:1-10:9 y 4 Mac 4:15-18:5”. Este rey es central en las profecías de Daniel, al punto que, además de esta extensa porción, ya había sido anunciado también por Daniel en el capítulo 8 de este mismo libro, en los versículos 9-12 y 23-25. La precisión histórica del cumplimiento de todas las profecías relacionadas con él en este bloque esta fuera de discusión, pero no sobra documentarla para el lector inquisitivo. Así, en relación con el versículo 21 que dice: “»’Le sucederá una persona despreciable, al que no se le ha concedido el honor de la realeza, que invadirá el reino cuando la gente se sienta más segura y usurpará el trono por medio de intrigas”. Aquí, Matthew Henry tiene mucho que decirnos acerca de su cumplimiento al señalar que es una: “Referencia a Antíoco IV Epífanes (175-163), hermano de Seleuco IV, que estaba como rehén en Roma, según lo estipulado entre los romanos y su padre Antíoco III. Es llamado ‘despreciable’ por la forma indigna de ocupar el trono y mantenerse en el poder (vv. 21, 22). No le pertenecía a él ‘el honor de la realeza’, pues el legítimo heredero de la corona siria era su sobrino Demetrio, el hijo de su hermano Seleuco IV. ‘Mediante intrigas’ (v. 21) y el apoyo del rey de Pérgamo logró usurpar el trono. El versículo 22 describe, según parece, la forma en que Antíoco aplastó toda oposición: ‘las fuerzas’ que se oponían a que asumiese el poder”.
Enfocándose ya en las ejecutorias de Antíoco IV Epífanes y en su avance avasallador para desalojar de Judea las fuerzas egipcias de los Ptolomeos procedentes del sur, el versículo 22 dice justamente: “Arrasará como una inundación a las fuerzas que se le opongan; las derrotará por completo, lo mismo que al príncipe del pacto”. Se ha establecido que este “príncipe del pacto” era el sumo sacerdote Onías III a quien Antioco quitó del cargo y lo reemplazó con un personaje más dócil de nombre Jasón. A propósito de Jasón, aquí vale la pena considerar la detallada reseña que la Biblia de Estudio Arqueológica hace de Antíoco IV Epífanes y su importancia en la historia del pueblo de Israel en el periodo entre los dos testamentos. Allí leemos acerca de él que: “Antíoco IV Epífanes gobernó el reino Seléucida (sirio) de 175 a 164 a. C. Epífanes significa “manifestar”, y el nombre indica que él alegaba ser la manifestación terrestre de Zeus. Antíoco trató de unificar su imperio por medio de la imposición de la cultura helenística [griega] sobre todo los habitantes. La política le trajo conflicto con los judíos de la región conocida después como Palestina. La mayoría de los eruditos bíblicos creen que Antíoco IV era el «cuerno» pequeño de Daniel 8:9 y el «hombre despreciable» de 11:21. Sus relaciones con los judíos están documentadas en 1 y 2 Macabeos (libros apócrifos) y están proféticamente descritas en Daniel 8:9-12, 23-25 y 11:21-34. Era infame por haber establecido la adoración pagana en el templo de Jerusalén.
Alrededor de 174 a. C., Jasón, el líder de una facción pro-griega en el sacerdocio de Jerusalén, sobornó a Antíoco para que éste lo instalara como sumo sacerdote, después de lo cual Jasón se propuso convertir a Jerusalén en una ciudad griega (2Mac 4:7-22). En 171 a. C., sin embargo, otro hombre, Menelao, le compró a Antíoco el sacerdocio. Jasón, creyendo que Antíoco había muerto, tomó a Jerusalén a la fuerza. Pero Antíoco regresó en 169 y llevó a cabo una masacre de la ciudad. Él entonces pretendió continuar hacia Egipto, pero fue humillado por el legado romano C. Popilio Laenas y forzado a retirarse hacia el norte. A partir de entonces, el tirano buscó con vigor la manera de helenizar a Jerusalén. En 167 a. C. Antíoco despachó a su recaudador de impuestos Apolonio contra Jerusalén con 22.000 hombres. Atacaron durante el Sábado matando a la mayoría de la población masculina y esclavizando a las mujeres y a los niños. Los muros de Jerusalén fueron destruidos y una guarnición militar seléucida se emplazó inmediatamente al sur del templo. Todos los ritos judíos fueron declarados ilegales, resultando en el cese del sacrificio diario. Se erigió un altar para Zeus sobre el altar judío para los sacrificios del holocausto, y la adoración a Zeus se instituyó en el templo. El 25 de diciembre, 167 a. C., se sacrificó un cerdo sobre el altar de Zeus; esto fue el «horrible sacrilegio» en Daniel 9:27, 11:31 y 12:11.
Enfurecidos, los judíos se rebelaron contra los jefes griegos y, bajo Judas Macabeo, derrotaron los ejércitos que Antíoco había mandado contra ellos. Después de una lucha de tres años, las fuerzas judías obtuvieron concesiones importantes de los griegos, y los macabeos se convirtieron en los gobernantes de Judá. Más en particular, purificaron el templo y se restableció el sacrificio diario, un acontecimiento conmemorado en la fiesta de Janucá. El propio Antíoco, quien había partido al este para hacer campaña en Elam, murió en Persia en 164 a. C.”, explicando de este modo la importancia que este rey tuvo en el periodo intertestamentario y brindando el contexto para la rebelión de los macabeos relatada en 1 y 2 de Macabeos, así como para la celebración actual por parte de los judíos de la fiesta de Janucá.
El cumplimiento de los detalles del gobierno de Antíoco IV Epífanes profetizados por Daniel también están bien documentados por los historiadores. El versículo 23, por ejemplo, dice: “Engañará a los que pacten con él y con un grupo reducido usurpará el trono” y MacArthur lo explica así acudiendo a los hechos históricos comprobados: “Antíoco propició una lucha interna por el trono en Egipto, por medio de una alianza que estableció con Tolomeo VI Filómeter en contra de su rival Tolomeo VII Euergetes… Con este pacto o liga, Antíoco intrigó con engaños para adquirir un gran poder en Egipto, y ‘con poca gente’ conquisto Menfis y el resto de Egipto hasta Alejandría”. El anuncio de su famosa y ofensiva profanación del templo que desató la rebelión de los macabeos lo encontramos en los versículos 28 y 31: “El rey del norte regresará a su país con grandes riquezas, pero antes profanará el santo templo, así que llevará a cabo sus planes y luego volverá a su país… Sus fuerzas armadas se dedicarán a profanar la fortaleza del templo, y suspenderán el sacrificio diario, estableciendo el horrible sacrilegio”.
Al respecto la Biblia de Estudio Arqueológica nos dice que: “En 169 a. C. Antíoco saqueó el templo en Jerusalén, colocó una guarnición allí y masacró a varios judíos en la ciudad” algo que ya habíamos leído en la reseña citada arriba, pero añade luego: “«el horrible sacrilegio» alude al altar del dios pagano Zeus que Antíoco IV Epífanes colocó en 167 a. C., esto representa de antemano una abominación similar que Jesús predijo que sería establecida (véase Mt 24:15; Lc 21:20)”, empezando así a exponer los aspectos históricos ya cumplidos de la profecía, con los aspectos escatológicos superpuestos y entremezclados con ellos que solo hallarán cumplimiento al final de los tiempos en la figura del anticristo a quien Antíoco IV Epífanes tipifica en la historia. De hecho, la rebelión de los Macabeos también se menciona en la profecía de Daniel, pues la mayoría de intérpretes consideran que los versículos 33 al 35 se refieren a ella, conforme a los detalles históricos conocidos a su alrededor contenidos en los libros 1 y 2 de Macabeos.
Podríamos seguir señalando con detalle el cumplimiento de las profecías relativas a este rey contenidas en los versículos 24 al 35, pero obviaremos este ejercicio básicamente debido a que la precisión en el cumplimiento de las profecías contenidas a lo largo de todo el capítulo 11 del libro de Daniel ya ha quedado solventemente establecida, para asombro de cualquier lector o persona que quiera negar el carácter sobrenatural de la profecía bíblica y la consecuente credibilidad que la Biblia nos merece como la inspirada Palabra de Dios para el hombre, garantizada por el cumplimiento histórico de las profecías. Además, desde el versículo 35 hasta el final del capítulo ya vemos que se habla de un gobernante que supera significativamente las ejecutorias que la historia registra alrededor de Antíoco IV Epífanes, como un tipo del anticristo, por lo que la consideración de esta porción final del capítulo concierne a la escatología o doctrina de los últimos tiempos y no al tratamiento histórico emprendido en esta conferencia alrededor de este capítulo del libro del Daniel.
Ocupémonos más bien, en lo que resta de esta conferencia, de lo mencionado por la Biblia de Estudio de Apologética en el sentido de que: “Los eruditos de la alta crítica señalan que la gran cantidad de detalles históricos en Daniel sobre los acontecimientos del periodo griego ꟷen particular las persecuciones encabezadas por Antioco IV (175-163 a. C.), en los versículos 21 al 35ꟷ comprueban que el libro se escribió tal vez en el siglo II a. C. [pero] A la luz de las declaraciones del libro y de otras pruebas convincentes, sólo una suposición a priori sobre la imposibilidad de profecías predictivas inspiradas podría rechazar este texto como un anticipo de la historia futura, escrito por Daniel en el siglo VI a. C.”
Así, los eruditos liberales consideran, desde su perspectiva crítica que se resiste a reconocer el carácter sobrenatural e inspirado de la Biblia, que el nivel de detalle que encontramos en el cumplimiento de estas profecías sugiere para ellos que el texto fue redactado durante la misma crisis macabea (es decir, alrededor del siglo II a. C.), describiendo estos hechos engañosamente como “profecía después del acontecimiento”, mientras que desde las posturas conservadoras que defendemos en esta conferencia se afirma que todo esto constituye una evidencia de profecía predictiva literal. El razonamiento de los teólogos liberales es, entonces, que, puesto que la profecía predictiva detallada no es posible en términos sobrenaturales verificables, entonces una precisión tan específica debe implicar una redacción posterior a los hechos, como la que ellos afirman al datar el libro en el II siglo a. C. y no en el VI a. C., en el curso de la propia vida de su autor tradicional, el profeta Daniel.
Lo cierto es que la datación tardía no surge o se sigue de los datos bíblicos, sino que está determinada en gran medida por el marco filosófico previo adoptado respecto a la posibilidad de revelación predictiva. Por su parte, los intérpretes conservadores argumentan, por el contrario, que la precisión no prueba redacción tardía, sino autenticidad profética y esgrimen para ello, en primer lugar que el libro presenta unidad literaria. En segundo lugar, que hay evidencias lingüísticas (hebreo y arameo) que no obligan a ubicarlo en una fecha tardía. En tercer lugar, que el testimonio judío previo al siglo II a. C. ya trata a Daniel como figura antigua. Y por último que Jesús mismo alude al “profeta Daniel” (Mateo 24:15), lo cual para la tradición cristiana refuerza su carácter profético. Así, en el fondo, el debate no es meramente cronológico, sino teológico y filosófico y gira alrededor de cómo respondamos la pregunta ¿puede Dios revelar con detalle el curso de la historia futura? A lo cual nosotros respondemos que sí, y que Daniel 11 es una de las pruebas más fehacientes al respecto.
Por supuesto, los críticos liberales de Daniel que le niegan al libro una redacción antigua y le atribuyen una redacción reciente que le niega así su poder profético, no admitirán que la razón de fondo para ello es su resistencia y negativa a atribuir a la Biblia un carácter sobrenaturalmente inspirado. Para ello esgrimen otros argumentos técnicos tales como sostener que las porciones arameas de Daniel serían más cercanas al arameo imperial tardío y que las porciones en hebreo muestran rasgos más similares el hebreo posterior y no al anterior al exilio babilónico, señalando, además, que en Daniel existen préstamos del idioma persa e incluso algunos términos griegos que serían procedentes, entonces, de periodos posteriores de la historia, por lo que esta combinación de elementos ligüisticos apuntaría, según ellos, a asignarle una fecha de redacción tardía, alrededor del siglo III-II a. C., lo cual eliminaría el carácter profético del libro.
Pero los defensores de la fecha antigua y del poder profético del libro también pueden señalar detalles técnicos de este estilo, afirmando que el arameo de Daniel es más cercano al arameo imperial del siglo V–IV a.C. que al arameo tardío, así como el hecho de que los préstamos persas son coherentes con un contexto persa temprano y que los pocos términos griegos se refieren principalmente a instrumentos musicales (lo cual no exige una fecha helenística avanzada). Por último, no aparecen términos griegos administrativos o filosóficos, lo que sería de esperar si el libro fuera de la época macabea. La lingüística no es, pues, concluyente, como lo pretenden siempre en todos los temas los exponentes de la alta crítica, según lo vimos también en una conferencia anterior en Creer y comprender sobre ella (ver https://creerycomprender.com/la-alta-critica/) y no obliga, por lo tanto, de manera necesaria a una fecha del siglo II a.C. y el debate al respecto entre los especialistas sigue abierto. Adicionalmente, a favor de la fecha temprana del libro de Daniel juegan otros factores, tales como el hecho de que en los manuscritos de Qumrán se hallaron fragmentos de Daniel y que los manuscritos más antiguos de este libro datan aproximadamente del 125–100 a.C., lo cual implica que el libro ya circulaba y era considerado autoritativo en esa época y debió haberse compuesto un buen tiempo antes, pues para un libro supuestamente escrito hacia 165 a.C., su rápida canonización y difusión sería notablemente veloz y un hecho único, sin precedentes ni equivalente alguno en la historia del canon bíblico. Así, los defensores de la fecha temprana en su redacción argumentan que tal reconocimiento sugiere fuertemente una composición anterior.
Además, el hecho de que a partir de Daniel 11:36 haya un cambio evidente de personaje, introduciendo entonces a una figura escatológica hace que encontremos aquí el punto en donde la hipótesis de redacción tardía, durante la crisis macabea, que elimina el elemento profético de este libro, encuentra su mayor tensión, pues si todo este capítulo y el mismo libro de Daniel en su totalidad se escribió con posterioridad a los hechos que pretende profetizar, entonces, ¿cómo es que lo descrito en los últimos 10 versículos de este capítulo del libro no se ha cumplido aún? Los defensores de esta postura crítica se ven a gatas para explicarlo y tratan de sortear esta dificultad para su hipótesis afirmando de manera manifiestamente forzada que todo el final del capítulo 11 sigue hablando de manera hiperbólica, o exagerando sus rasgos particulares, del rey Antíoco IV Epífanes y no de un personaje escatológico posterior al que este rey tipifica en la historia, pero aun así los detalles no cuadran ya con lo que sí sabemos con claridad de este rey a partir de la investigación histórica, pues en los últimos 10 versículos del capítulo 11 el texto describe una exaltación religiosa que excede lo históricamente conocido de Antíoco.
Asimismo, la descripción de su muerte (11:45) no coincide con los registros históricos que se tienen de él y la dimensión universal de este rey parece ampliarse más allá de su dominio histórico real y comprobado. Así, en estos versículos el propósito deja de ser meramente histórico y adquiere un tinte literario muy particular, que es el propósito de intensificar el perfil del personaje hasta convertirlo en una figura arquetípica del poder impío opuesto a Dios. Por eso el verdadero eje del debate acerca de la mayor o menor antigüedad en la fecha de composición del libro de Daniel no es filológico o centrado en el lenguaje empleado, sino filosófico y reside en el hecho de que, si se excluye de entrada la posibilidad de profecía predictiva detallada, la fecha tardía es casi inevitable. Pero si se admite la posibilidad de revelación sobrenatural, la datación temprana y la precisión histórica en los hechos anunciados bien pueden entenderse como auténtica profecía predictiva que juega a favor del carácter sobrenaturalmente inspirado de la Biblia y la credibilidad y confianza que ella nos merece. En este orden de ideas, Daniel 11 no es simplemente cronología anticipada. Es teología de la historia que nos muestra la fragilidad del poder imperial, nos revela patrones recurrentes de arrogancia política y nos presenta la soberanía divina sobre el curso de los imperios y la historia humana. En ese sentido, incluso los intérpretes conservadores y liberales que difieren sobre la fecha de composición reconocen que el capítulo ofrece una de las visiones más sofisticadas del conflicto entre poder humano y fidelidad a Dios en toda la literatura bíblica.







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