¿Continuidad, ampliación o ruptura?
La defensa de la fe en los tiempos modernos también ha tenido que ocuparse del apóstol Pablo, pues paradójicamente, siendo este apóstol uno de los mayores defensores de la fe que la historia de la iglesia conoce, tanto en sus aspectos prácticos como en los doctrinales, desempeñándose en sus escritos inspirados como uno de los más calificados exponentes de la teología cristiana ─en los cuales se han apoyado muchos de los teólogos y pensadores más influyentes para la formulación de credos, confesiones y sistemas teológicos a lo largo de los siglos─; él mismo ha venido a ser blanco de los ataques del pensamiento secular en contra del cristianismo. En efecto, se le acusa de haber dado forma al cristianismo al reinterpretar la obra de Cristo, atribuyéndole implicaciones y significados teológicos supuestamente forzados y ajenos tanto a las intenciones del propio Jesucristo como a la experiencia y las expectativas de la iglesia primitiva, consideradas por estos críticos como más limitadas que las formulaciones universales y escatológicas desarrolladas por el apóstol.
El contexto de la acusación tiene que ver con presentar como hechos enfrentados al llamado “Cristo de la fe” en relación con el también llamado “Jesús histórico”. En otras palabras los críticos sostienen que Pablo, en sus cartas, construye un Cristo teológico (Cristo exaltado, glorificado, universal) cuya dimensión y significado serían más producto de su reflexión apostólica que de la vida y enseñanzas históricas de Jesús de Nazaret. Esto se llama a veces la construcción del “Cristo de la fe”, en contraposición al “Jesús histórico”, centrado en la biografía, ministerio y enseñanza terrenal de Jesús que la investigación histórica ya ha podido establecer sin lugar a duda. En conexión con esto, algunos teólogos de los siglos XIX y XX afirmaron que Pablo habría proyectado sobre la figura de Cristo significados universales y efectos escatológicos y doctrinales que no estarían probados en la vida concreta de Jesús y que no procederían del contexto judío que Cristo de cualquier modo reivindicó y en el que decidió encarnarse y manifestarse. Dicho de otro modo, los críticos afirman que Pablo “da forma al cristianismo” desde su perspectiva apostólica de forma algo arbitraria, en lugar de limitarse a transmitir fielmente un mensaje histórico y biográfico.
Sin embargo, esta crítica ignora hechos esenciales: Pablo no inventó el cristianismo, sino que articuló teológicamente la obra de Cristo en un marco comprensible para todas las naciones y generaciones, revelando la plenitud del significado redentor de Jesús que ya estaba implícito en Su ministerio y en Su proclamación. Lejos de distorsionar, Pablo explicó las implicaciones universales de la salvación en Cristo, mostrando cómo los hechos de Jesús —Su muerte, resurrección y glorificación— alcanzan a toda la humanidad y cumplen la promesa de Dios desde el Antiguo Testamento. La riqueza doctrinal de sus escritos no es un añadido artificial, sino la explicación inspirada y coherente de la obra de Cristo, iluminando lo que el mismo Señor hizo y enseñó, y estableciendo los fundamentos para la fe, la esperanza y la vida cristiana en todos los tiempos.
En su condición de “apóstol de los gentiles” Pablo tuvo que adaptar el mensaje cristiano al pensamiento griego dominante en el mundo de la época. Para ello utilizó en sus epístolas la argumentación propia de la dialéctica y las formas del razonamiento griego, pero esto no significa que haya recibido e incorporado en su mensaje categorías del pensamiento griego ajenas al mensaje cristiano, distorsionándolo y traicionándolo en el proceso, como lo sostienen las ya mencionadas corrientes del pensamiento teológico liberal de los siglos XIX y XX. Más bien, Pablo utilizó esos recursos culturales como instrumentos para hacer comprensible y persuasivo el mensaje de Cristo a sus oyentes no judíos, incluyendo, por supuesto a los griegos cultos. En este propósito no debe extrañar ni causar sorpresa que acudiera a un uso prudente y conscientemente dosificado de la retórica. Esto incluyó comparaciones, citas de poetas griegos y razonamiento lógico, siempre al servicio de hacer comprensible el mensaje de Cristo. En realidad, la obra de Pablo muestra que la defensa de la fe no consiste en inventar nuevos significados, sino en explicar con fidelidad la obra de Cristo, destacando su alcance universal, su poder transformador y su gloria, que trasciende tanto a los tiempos de la iglesia primitiva como a nuestro mundo moderno.
Así, a despecho de los acusadores de Pablo, no existe una ruptura entre el pensamiento de Cristo y el de Pablo, sino que, en desarrollo del pensamiento de Cristo, Pablo muestra una clara continuidad con él y una necesaria ampliación y profundización de su pensamiento para las nuevas audiencias a las que se dirigía y, también, para la posteridad de la iglesia. De hecho, uno de los asuntos debatidos alrededor de este tema es la frase del apóstol en el capítulo 7 de su primera epístola a los Corintios en la que afirma: “A los demás les digo yo (no es mandamiento del Señor)…” (1 Corintios 7:12), declaración que ha generado muchas preguntas porque parece sugerir que el apóstol distingue entre su propia opinión y la enseñanza de Jesús de Nazaret. Sin embargo, cuando se examina el contexto, la intención es diferente, pues Pablo distingue entre una enseñanza previa de Jesús y una aplicación nueva: el caso de los matrimonios entre creyentes y no creyentes que el Señor no consideró en el evangelio, situación que fue común en la iglesia primitiva. La aclaración de Pablo no implica, entonces, un cambio o modificación de la instrucción del Señor, sino que se justifica simplemente en que el Señor no había dado una instrucción directa sobre esa situación específica durante su ministerio.
Por eso, no debe verse en esta frase una disminución de la autoridad del apóstol en relación con la de Cristo, ni interpretarla, entonces, como si Pablo estuviera negando la inspiración de su enseñanza, pues en la misma carta Pablo afirma tener autoridad apostólica y la guía del Espíritu con él, como lo ratifica en este mismo contexto al decir en el versículo 40: “… y también yo creo estar asistido por el Espíritu de Dios” (BLP). En términos teológicos, Pablo no introduce una doctrina diferente, sino que explica la enseñanza de Jesús aplicándola a situaciones nuevas de la iglesia, desarrollando esta enseñanza bajo su inspirada autoridad apostólica. De hecho, esto es del todo coherente con la promesa dada a los apóstoles en el aposento alto en cuanto a que: “el Espíritu de la verdad, él los guiará a toda la verdad…” (Juan 16:13). Además, si existiera ruptura entre el pensamiento del apóstol Pablo y el de Jesús, Pablo no se hubiera referido así a su encuentro con los otros apóstoles, miembros del círculo original de los doce escogidos por el Señor, cuando les informó el contenido de su predicación: “Los grandes dirigentes de la iglesia no añadieron ni una tilde a mi mensaje…” (Gálatas 2:6 NBV). Porque si existiera ruptura entre el pensamiento de Pablo y el de Jesús, no se explicaría que los apóstoles originales aprobaran su predicación sin añadir ni una sola corrección.
Como confirmación de lo que venimos diciendo, existen varios lugares en los que Pablo transmite dichos o enseñanzas de Jesús de Nazaret que no aparecen en los evangelios canónicos o que aparecen en forma ampliada. Esto sugiere, además, que la iglesia primitiva conservaba tradiciones orales sobre Jesús además de las que finalmente quedaron registradas en los evangelios canónicos. Encontramos en primer lugar la cita de Hechos 20:35 que dice: “Con mi ejemplo les he mostrado que es preciso trabajar duro para ayudar a los necesitados, recordando las palabras del Señor Jesús: ‘Hay más dicha en dar que en recibir’»”. Este dicho de Jesús no aparece en ninguno de los cuatro evangelios. Sin embargo, era evidentemente conocido en la tradición cristiana primitiva, lo cual indica que los apóstoles recordaban otras enseñanzas de Jesús y que algunas de ellas se continuaron transmitiendo oralmente sin plasmarlas por escrito en los evangelios, mostrando la riqueza de la memoria apostólica, como corresponde a una cultura como la judía en que la tradición oral era valorada al mismo nivel y a veces por encima de la tradición escrita.
Algo similar sucede con la tradición de la Cena del Señor, introducida así por el apóstol en la Primera epístola a los Corintios: “Yo recibí del Señor lo mismo que les transmití a ustedes…” (1 Corintios 11:23). Luego pasa a citar las palabras de la institución de la Cena. Hay que decir que el relato es muy parecido al de los evangelios, pero tiene algunas formulaciones propias, por ejemplo la expresión: “… en memoria de mí” (v. 25). Esto muestra que Pablo está transmitiendo una tradición litúrgica temprana, probablemente recibida en la iglesia primitiva antes de que se escribieran algunos evangelios. Y finalmente en estos botones de muestra encontramos la enseñanza sobre el sostenimiento de los predicadores. En la Primera Epístola a los Corintios Pablo afirma: “Así también el Señor ha ordenado que quienes predican el evangelio vivan de este ministerio” (1 Corintios 9:14). Ahora bien, esta enseñanza coincide con lo que Jesús dijo al enviar a sus discípulos en misión: “… el trabajador tiene derecho a su salario” (Lucas 10:7). Pero la forma exacta en que Pablo la expresa no coincide literalmente con ningún pasaje de los evangelios; parece reflejar una forma tradicional de esa enseñanza conocida en la iglesia. De hecho en otro contexto sí cita la forma exacta, conectando las instrucciones en la Ley del Antiguo Testamento con las palabras del Señor en los evangelios: “Pues la Escritura dice: «No pongas bozal al buey mientras esté sacando el grano» y «El trabajador tiene derecho a su salario»” (1 Timoteo 5:18). Así que, en el primer caso, bien podría ser, tanto una paráfrasis de lo dicho por el Señor, como una tradición oral paralela a la que quedó registrada en los evangelios canónicos en línea de continuidad con ellos.
Todo esto corrobora lo sostenido por el consenso de los eruditos al respecto. Esto es, en primer lugar, que la enseñanza de Jesús circuló primero de forma oral en la iglesia primitiva. En segundo lugar, que los apóstoles, como Pablo, conocían y transmitían esas tradiciones. Y en tercer lugar que, como lo dice Juan al final de su evangelio, éstos no pretendieron registrar absolutamente todo lo que Jesús dijo: “Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir…” (Juan 21:25). Adicionalmente, hay algo muy fascinante desde el punto de vista bíblico y filológico. Nos referimos a tres frases de Pablo que muchos especialistas creen que son citas de himnos o confesiones cristianas anteriores a él, lo que nos permite asomarnos a la teología cristiana de los años 30 del siglo I, es decir, apenas unos años después de la muerte de Jesús, lo cual implica que Pablo está dando continuidad y sancionando las enseñanzas y creencias de la iglesia primitiva y brindándoles autoridad apostólica. Estos textos son, entonces, especialmente valiosos porque pueden remontarse a los primeros años de la iglesia, muy cerca cronológicamente de la vida de Jesús de Nazaret.
En primer lugar, encontramos el himno cristológico de Filipenses. En efecto, en la Epístola a los Filipenses, en el capítulo 2 desde el versículo 6 al 11, aparece lo que muchos consideran un antiguo himno cristiano: “quien, siendo por naturalezaDios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturalezade siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”. Los especialistas señalan varios indicios, tales como la estructura poética y rítmica, el uso de un vocabulario distinto al habitual de Pablo y un desarrollo del descenso y el ascenso de Cristo muy simétrico. Con base en esto, muchos investigadores creen que Pablo está citando un himno litúrgico que ya se cantaba en las iglesias. Y esto implica algo notable, como lo es el hecho de que la alta cristología que muchos atribuyen a Pablo (Jesús como preexistente y exaltado por Dios) ya estaba formulada muy temprano en el cristianismo.
En segundo lugar encontramos la confesión sobre la muerte y resurrección de Cristo que aparece en la Primera Epístola a los Corintios en donde Pablo escribe: “Porque ante todo les transmití a ustedes lo que yo mismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado, que resucitó al tercer día según las Escrituras, que se apareció a Cefas y luego a los doce” (1 Corintios 15:3-5). Este texto es muy importante, pues es considerado por muchos estudiosos como la confesión de fe cristiana más antigua que poseemos. Hay algunos rasgos que lo indican así. En primer lugar, Pablo dice explícitamente: “… transmití… recibí…” fórmulas rabínicas para referirse a una tradición autoritativa. En segundo lugar, tiene una estructura formulada y memorizable. En tercer lugar, contiene una lista de testigos. Por todo esto, muchos especialistas creen que esta fórmula se originó pocos años después de la crucifixión, quizá alrededor del año 30-35 d.C., lo que le daría peso a la tesis que sostiene que aquí tenemos la confesión de fe cristiana más antigua que poseemos.
En tercer lugar encontramos el himno de Colosenses sobre Cristo que aparece en el capítulo 1 desde el versículo 15 al 20: “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénitosobre toda creación, porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él. Él es anterior a todas las cosas, que por medio de él forman un todo coherente. Él es la cabeza del cuerpo, que es la iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, para ser en todo el primero. Porque a Dios le agradó habitar en él con toda su plenitud y por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las de la tierra como las del cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz”. Las características de este pasaje de nuevo sugieren fuertemente un himno, con su paralelismo poético, su ritmo litúrgico y su vocabulario distinto al típicamente paulino. Un himno que presenta a Cristo como el agente de la creación, la cabeza de la iglesia y el reconciliador del universo, aspectos todos que no son, entonces, invención del apóstol.
Todo lo hasta ahora considerado muestra algo muy significativo para la historia del cristianismo. Se trata de que las iglesias ya tenían, desde muy temprano, fórmulas doctrinales, himnos y confesiones sobre Cristo antes de que se escribieran los evangelios canónicos o las mismas epístolas paulinas, los documentos escritos más tempranos del Nuevo Testamento. Es decir que primero hubo tradición oral. Luego, fórmulas litúrgicas e himnos. Después, cartas apostólicas. Y, finalmente, evangelios escritos, revelando el proceso de cómo se formó la teología cristiana dentro de la vida litúrgica de la iglesia primitiva. Las coincidencias y continuidad de las cartas apostólicas, y en particular de las cartas paulinas, con la temprana tradición oral y las fórmulas litúrgicas anteriores a los registros escritos que tenemos en nuestras Biblias actuales, muestran que Pablo siempre fue fiel al mensaje cristiano original.
Esa continuidad del pensamiento de Pablo en relación con el de Cristo, junto con su correspondiente ampliación y profundización también sale a relucir en el hecho de que Jesús, en los evangelios, proclama principalmente el Reino de Dios, el llamado al arrepentimiento, la ética del Reino y la fidelidad a Dios. Pablo, a su vez, explica el significado salvífico de la muerte y resurrección de Cristo, la justificación por la fe y la inclusión de los gentiles en el Reino. No existe aquí ruptura de ningún tipo, pues Jesús se limita a anunciar el advenimiento del Reino, mientras Pablo explica como la cruz de Cristo inaugura ese Reino. Es decir que Pablo interpreta teológicamente el acontecimiento de Cristo con la ventaja que representaba hacerlo después de la Pascua, y no antes, como Cristo se vio obligado a hacerlo sin profundizar en ello. Ahora bien, en este propósito es apenas obvio que haya diferencias de énfasis, pero no contradicción.
La predicación de Jesús es esencialmente escatológica, pues la iglesia, con todo y sus ya 2000 años de historia, inaugura en sí misma la escatología o doctrina de los últimos tiempos, como lo ratifica el apóstol Pedro en su discurso de Pentecostés al afirmar que esta experiencia fundacional de la iglesia constituye el cumplimiento de un pasaje escatológico del profeta Joel. Está centrada, por tanto en la llegada inminente del Reino de Dios y en una enseñanza ética que recurre a las parábolas, mientras que la enseñanza de Pablo es esencialmente teológica y soteriológica (es decir, centrada en la salvación) y gira alrededor de una interpretación explicativa de lo sucedido y logrado en la cruz, apoyado en una estructura doctrinal en la que se destaca el papel de la fe, la gracia y la justificación. Podría decirse que Jesús predicó el Reino de Dios, mientras que Pablo predicó a Cristo, lo cual indica una diferencia de perspectiva, pero no de contenido.
No tiene, pues, fundamento la tesis de la ruptura entre el pensamiento de Pablo y el de Jesús propia de los críticos radicales del cristianismo, tanto desde fuera, como incluso desde dentro de la iglesia. Pablo tampoco elabora sobre la marcha cambiando los contenidos de su predicación, pues fue justamente en la epístola a los Gálatas, en la que registra el acuerdo básico ya citado de los dirigentes de Jerusalén, tales como Pedro, Juan y Santiago, con los contenidos de su predicación, en donde Pablo también pronuncia esta tajante advertencia: “Pero aun si alguno de nosotros o un ángel del cielo les predicara acerca de unas buenas noticias distintas de las que hemos predicado, ¡que caiga bajo maldición! Como ya lo hemos dicho, ahora lo repito: si alguien anda predicando un mensaje distinto del que recibieron, ¡que caiga bajo maldición!” (Gálatas 1:8-9). Como vemos, Pablo mismo se pone bajo maldición si llega a modificar los contenidos del evangelio que recibió, una garantía adicional de que no está inventando un evangelio nuevo.
Podemos señalar otros aspectos en los que la continuidad entre el pensamiento de Cristo y el de Pablo son apreciables. Por ejemplo, en la instrucción del Señor de bendecir a los enemigos que encontramos en Mateo 5:44: “Pero yo digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen” con claras resonancias en Romanos 12:14: “Bendigan a quienes los persigan; bendigan y no maldigan”. También en el Sermón del Monte el Señor dio esta conocida y muy comentada instrucción: “Pero yo digo: No resistan al que les haga mal. Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” (Mateo 5:39), corroborada así por Pablo en 1 de Corintios 6:7: “En realidad, ya es una grave falla el solo hecho de que haya pleitos entre ustedes. ¿No sería mejor soportar la injusticia? ¿No sería mejor dejar que los defrauden?” y también en Romanos 12:17 y 20-21, profundizándola un poco: “No paguen a nadie mal por mal. Procuren hacer lo bueno delante de todos… Antes bien, «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Actuando así, harás que se avergüence de su conducta».No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien”.
En temas escatológicos, vemos que el Señor Jesucristo dijo: “Pero entiendan esto: si un dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, se mantendría despierto para no dejarlo forzar la entrada” (Mateo 24:43) y Pablo reproduce la misma imagen escatológica en 1 Tesalonicenses 5:2: “porque ya saben que el día del Señor llegará como ladrón en la noche”. Estos paralelos también muestran que, además de preservar tradiciones muy antiguas sobre Jesús, incluso anteriores a los evangelios, Pablo no ignoraba la enseñanza de Jesús en los evangelios y que muchas de sus exhortaciones prolongan directamente la ética del Sermón del Monte y de otros sermones del Señor y las exponen de forma un poco más detallada.
Incluso en relación con una cuestión teológica discutida y no suscrita por toda la cristiandad, como lo es la controvertida doctrina del rapto o arrebatamiento, Pablo parece darle continuidad al tema cuando afirma algo que muy bien podría guardar afinidad con las palabras del Señor cuando dice: “Les digo que en aquella noche estarán dos personas en una misma cama: una será llevada y la otra será dejada” (Lucas 17:34) introduciendo la idea de una separación repentina en el contexto escatológico. Idea que guarda innegable afinidad con la declaración en el sentido de que: “Luego los que estemos vivos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes para encontrarnos con el Señor en el aire. Y así estaremos con el Señor para siempre” (1 Tesalonicenses 4:17), algo que no aparece con la misma claridad en otros pasajes del resto de escritos del Nuevo Testamento por cuenta de los demás apóstoles.
En este sentido, conviene señalar que los puntos donde suele concentrarse legítimamente el debate académico sobre Pablo y sus diferencias con el pensamiento de Cristo no radican en una supuesta contradicción con Él, sino en el desarrollo teológico que el apóstol hace de su mensaje. En efecto, mientras que Jesús proclama el perdón, la fe y el Reino de Dios en un lenguaje sencillo, directo y vivencial, Pablo elabora de manera más sistemática la doctrina de la justificación por la fe, explicando sus implicaciones en relación con la ley y la gracia. De igual modo, aunque en los evangelios Jesús actúa con autoridad divina y se presenta como el enviado del Padre, Pablo profundiza en esta realidad al describirlo como preexistente, exaltado y partícipe de la obra creadora. Finalmente, mientras que el ministerio de Jesús se desarrolla principalmente en el contexto de Israel, aunque con aperturas significativas hacia los gentiles, Pablo articula una teología plenamente universal en la que judíos y no judíos son incorporados en igualdad de condiciones al pueblo de Dios. Así, más que introducir una ruptura, estos desarrollos muestran cómo el pensamiento de Pablo representa la expansión, profundización y aplicación del mensaje de Cristo para nuevas audiencias y circunstancias, manteniendo una clara continuidad con su origen en la vida y enseñanza de Jesús.
No podemos pasar por alto que Pablo incluye su encuentro transformador con Cristo en el camino de Damasco como la última y algo extemporánea aparición de Cristo resucitado a sus discípulos. Así lo menciona en 1 Corintios 15:8: “y por último, como a uno nacido fuera de tiempo, se me apareció también a mí”. Y esa extemporaneidad tiene que ver con el hecho de que al resto de discípulos contemporáneos del Señor, con los apóstoles a la cabeza, se les apareció antes de su ascensión y glorificación, mientras que a Pablo se le aparece ya ascendido y glorificado y eso marca sin duda una perspectiva particular y más desarrollada en su apreciación y valoración de lo hecho por Cristo. Porque este encuentro no se presenta en el relato bíblico como una experiencia meramente subjetiva o interior ─al estilo de una visión, un éxtasis o un arrebato místico─, sino como un acontecimiento con manifestaciones externas que afectaron también a quienes acompañaban a Pablo, con elementos observables, según lo recoge Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles de varias maneras.
En primer lugar Pablo declara: “Los que me acompañaban vieron la luz, pero no percibieron la voz del que me hablaba…” (Hechos 22:9), y no sólo eso sino que, refiriéndose a este mismo episodio algunos días después ante el rey Agripa añade en relación con la luz de Cristo que lo envolvió en el camino de Damasco: “… nos envolvió a mí y a mis acompañantes. Todos caímos al suelo,y yo oí una voz que me decía en arameo…” (Hechos 26:13-14). El relato original de Lucas nos informa, además, que: “Los hombres que viajaban con Pablo se detuvieron atónitos, porque oían la voz pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, pero cuando abrió los ojos no podía ver, así que lo tomaron de la mano y lo llevaron a Damasco. Estuvo ciego tres días, sin comer ni beber nada” (Hechos 9:7-9).
De las anteriores descripciones podemos extraer, entonces, los siguientes puntos que corroboran el carácter objetivo y no solo subjetivo de la experiencia. Todos vieron la luz y fueron envueltos por ella. Todos cayeron al suelo, no sólo Pablo. Todos percibieron el fenómeno auditivo, pero no entendieron el mensaje ni tampoco veían a nadie ni percibían el mensaje, con excepción de Pablo, el receptor escogido por Jesucristo para entenderla.Por último,Saulo quedó ciego durante tres días a raíz de este encuentro y de todo ello podían dejar constancia los acompañantes y miembros de la comitiva que Pablo lideraba hacia Damasco en su momento. Nada de esto fue, pues, producto de la imaginación del apóstol ni tampoco una visión o éxtasis experimentados de manera subjetiva y estrictamente personal. Fue, por el contrario, un evento sobrenatural tan real que afectó objetivamente a todos los presentes en mayor o menor grado. Dado lo anterior, esta circunstancia, unida a la sobresaliente capacidad intelectual del apóstol y su elevada educación, devoción e integridad casi fanática en el marco del fariseísmo de la época, debería ayudarnos a entender que el resultado más que plausible sean los énfasis, profundizaciones y ampliaciones que Pablo lleva a cabo del pensamiento de Cristo en sus epístolas, examinando en ellas de forma rigurosamente metódica todas sus implicaciones teológicas en el marco del judaísmo de la época y la apertura del evangelio a todos los pueblos y naciones y no solo a Israel.
Así, si los críticos dicen que Pablo “crea” una teoría que Jesús no enseñó explícitamente, la respuesta clásica es que Pablo explica teológicamente lo que en Jesús aparece en forma narrativa y práctica. Por otra parte, si los críticos dicen que Pablo llevó a cabo una “divinización” de Jesús, la respuesta clásica es que Pablo está articulando lo que ya está implícito en las acciones de Jesús, su evidente autoridad y su resurrección que avala todo lo anterior. A su vez, si los críticos dicen que Pablo rompe con el judaísmo de Jesús, la respuesta clásica es que Pablo lleva a sus últimas consecuencias algo que ya estaba presente en la misión de Jesús, su trato con los marginados y su visión del Reino en el marco del judaísmo del Antiguo Testamento con sus anuncios, promesas y profecías. La diferencia clave no son, entonces, los hechos, sino cómo se interpretan. Para la crítica externa e interna, Pablo transforma el mensaje de Jesús, pero en la lectura clásica del Nuevo Testamento por parte de la iglesia Pablo simplemente desarrolla, explica y aplica el mensaje de Jesús. En síntesis, Pablo no cambia el mensaje de Cristo; lo lleva desde la proclamación histórica de Jesús a su formulación teológica, mostrando su alcance universal, su profundidad redentora y su significado último para toda la humanidad.
En conjunto, todo lo anterior permite afirmar que no existe una ruptura entre el mensaje de Jesucristo y la enseñanza de Pablo de Tarso, sino una profunda continuidad orgánica entre ambos. La transmisión oral de las enseñanzas de Jesús en la iglesia primitiva, la presencia de dichos no registrados en los evangelios, la conservación de himnos y confesiones de fe anteriores a Pablo, los paralelos claros entre sus exhortaciones y las palabras del Señor, y finalmente la experiencia singular del apóstol en el camino de Damasco, convergen todos en una misma dirección. Lejos de ser el creador de un “Cristo de la fe” desvinculado del “Jesús histórico”, Pablo se presenta como heredero, intérprete y testigo autorizado de una tradición viva que se remonta a los orígenes mismos del cristianismo. Su obra no consiste en reinventar el mensaje, sino en desplegar con rigor, profundidad y alcance universal las implicaciones de la vida, muerte y resurrección de Cristo, mostrando que la fe de la iglesia no es el resultado de una elaboración tardía, sino la expresión coherente y temprana de lo que desde el principio se creyó, se vivió y se proclamó.
Por último, es cierto que Pablo no cumple uno de los requisitos mencionados en el libro de los Hechos para la sustitución de Judas, donde se establece que el candidato debía haber acompañado al Señor Jesús durante todo su ministerio, desde el bautismo de Juan hasta su ascensión y ser testigo personal de su resurrección: “Por tanto, es preciso que se una a nosotros uno de los que nos acompañaban todo el tiempo que el Señor Jesús vivió entre nosotros, desde que Juan bautizaba hasta el día en que Jesús fue tomado de entre nosotros y recibido en las alturas. Es necesario que uno de ellos sea junto a nosotros testigo de la resurrección»” (Hechos 1:21-22). En efecto, aunque Pablo cumple plenamente con el requisito de haber sido testigo del Cristo resucitado ─en virtud de su experiencia en el camino de Damasco─, no participó del ministerio terrenal de Jesús junto a los Doce.
Esta circunstancia lo convirtió en blanco de los ataques de los judaizantes, que buscaban desacreditar su condición apostólica en las iglesias que fundaba. Sin embargo, los apóstoles reconocieron su llamado y le extendieron comunión como enviado principalmente a los gentiles, mientras que Pedro y los demás se enfocaban más en los judíos, como puede verse tanto en las discusiones del Concilio de Jerusalén como en la Epístola a los Gálatas. En estos contextos, Pablo aparece como una figura activa dentro del liderazgo apostólico, llegando incluso a confrontar a Pedro cara a cara por su conducta en relación con los gentiles. Es razonable pensar, además, que Pablo procuró conocer de primera mano las tradiciones sobre las enseñanzas y acciones del ministerio público del Señor. En este sentido, existe una antigua tradición que vincula el Evangelio de Lucas con el entorno paulino, lo que sugiere que las investigaciones que dieron lugar a este inspirado relato evangélico pudieron desarrollarse en estrecha relación con la predicación apostólica de este apóstol. Así, la independencia que Pablo reclama respecto de los Doce no debe entenderse tampoco como ruptura, sino como una autonomía dentro de una comunión más amplia de fe, acuerdo y misión.







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