La dieta kosher, basada en la separación establecida en la Ley entre animales y alimentos puros e impuros y en la manera más adecuada de manipulación y preparación de los alimentos permitidos, ha despertado interés en tiempos modernos por los beneficios que se le atribuyen en cuanto a promover una buena salud, pero en su raíz no se trataba de un simple régimen alimenticio sino de un acto de consagración a Dios. Era la manera en que el pueblo de Dios recordaba, aun en lo cotidiano, que su vida entera estaba separada para Él. Cada elección de alimento era un recordatorio práctico de pertenencia y obediencia, un signo de identidad espiritual más que de nutrición, aunque incidentalmente también se haya descubierto su conveniencia en términos de nutrición, como sería de esperarse de la sabiduría divina. Este principio se refleja poderosamente en la decisión de Daniel: “Pero Daniel decidió no contaminarse con la comida y el vino del rey, así que pidió permiso al oficial en jefe para no contaminarse” (Daniel 1:8). Para él, la cuestión no era si la comida del rey era más sabrosa o nutritiva, ni mucho menos de prácticas modernas como el vegetarianismo o el veganismo o de “ayunos” como el que se designa a veces en las iglesias de manera ligera como el “ayuno de Daniel”, sino si al aceptarla comprometía su fidelidad a Dios en el contexto del pacto suscrito por Él con Su pueblo. Así, lo que en apariencia era un detalle menor se convirtió en un testimonio mayor: la convicción de que la santidad, entendida como separación para Dios, abarca todos los ámbitos de la vida
Decidió no contaminarse
"La dieta kosher se ha popularizado por sus aspectos saludables, pero en su origen su fundamento es la consagración a Dios de Su propio pueblo”






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