La visión de Ezequiel de un río que fluye del templo es muy sugerente: “El hombre me trajo de vuelta a la entrada del Templo y vi que brotaba agua por debajo del umbral, en dirección al oriente, que es hacia donde da la fachada del Templo. El agua corría por la parte baja del lado derecho del Templo, al sur del altar” (Ezequiel 47:1), por lo que la iglesia ha visto aquí una alusión simbólica al Espíritu Santo, conforme a las palabras del Señor Jesucristo: “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él…” (Juan 7:38-39). El agua comienza aquí como un pequeño hilo que termina convirtiéndose en un torrente incontenible, recordándonos que la obra del Espíritu está llamada a ser algo gradual y creciente en la vida del creyente en la medida que su fe va madurando. En efecto, cuando nos rendimos honestamente a Dios, aunque sea con pasos tímidos en principio, comenzaremos a ser introducidos en ese fluir que purifica, transforma y vivifica. La presencia del Espíritu en nosotros sacia nuestra sed interior, trae sanidad y nos hace fecundos en la vocación de vida a la que Dios nos llama. La invitación implícita que Dios hace por intermedio de esta visión es clara: no basta con sumergir los pies, sino todo nuestro ser de manera más profunda cada vez, hasta que podamos rendirnos sin reservas y con toda la confianza a la voluntad divina y permitir que la corriente nos conduzca con la garantía de que si así lo hacemos, no seremos estériles ni pasaremos sin pena ni gloria por este mundo
El agua corría por la parte baja del templo
"El río del templo simboliza el fluir del Espíritu Santo y la fecundidad de vida que se halla en Él en cuanto nos sumergimos cada vez más en Él”






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