En la modernidad Freud elevó la interpretación de los sueños a categoría de ciencia en su psicoanálisis, ciencia que con el tiempo ha mostrado su debilidad e incompetencia para dar respuestas sólidas. No es nuevo que el ser humano busque significados ocultos en lo onírico. El libro de Daniel narra cómo Nabucodonosor convocó a magos, hechiceros, adivinos y astrólogos con la esperanza de que pudieran descifrar el misterio de su sueño: “Mandó entonces que se reunieran los magos, hechiceros, adivinos y astrólogos de su reino para que le dijeran lo que había soñado…” (Daniel 2:2). Sin embargo, la incapacidad de estos “expertos” quedó en evidencia al no poder dar una interpretación acertada, lo que confirma que cuando el hombre pretende encontrar en sí mismo la clave última de la verdad, termina decepcionado y decepcionando a los demás. Daniel, en contraste, elevó su mirada al cielo y reconoció que la interpretación no estaba en la sabiduría humana, sino en el Dios que revela lo oculto. Así, lo que el rey no halló en los “profesionales” de los sueños, lo encontró en el siervo fiel de Dios que dependía de la revelación divina. Este episodio nos recuerda que las respuestas más profundas del corazón humano no se encuentran en teorías humanas que nacen y mueren con el tiempo, sino en la Palabra eterna de Dios. La tendencia a buscar respuestas y certezas en instancias humanas es una tentación que nos acecha, pero el ejemplo de Daniel nos invita a descansar en la única fuente de verdad que no falla: el Dios que conoce todos los secretos de la condición humana
Mandó que se reunieran los magos
"La interpretación de los sueños es otra de las seudociencias que el psicoanálisis de Freud popularizó y que a la postre muestra su incompetencia”






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