El arrepentimiento, la confesión y la fe expresadas ante Dios mediante una sentida invocación a Cristo con una actitud de rendida y humilde entrega son los rasgos que acompañan y definen la experiencia crucial que conocemos como “conversión”, que típicamente marca un antes y un después que contrasta, en muchos casos de manera drástica, en la vida del convertido. Un punto de inflexión y quiebre, una “ruptura de nivel” que lo introduce a un plano espiritual superior de existencia que le marca un nuevo rumbo y supone un abandono notorio de su pasada manera profana de vivir, para introducirlo en el ámbito de lo sagrado en el que se desenvuelve Dios, en el que todo se ve diferente, más concreto, real, luminoso y colorido. Pero el perdón y el indulto que Dios, en Su misericordiosa gracia, le dispensa al creyente es sólo el abrebocas de lo que Dios le tiene reservado. Y es que la salvación incluye una gran gama de matices y dinámicas espirituales que Dios efectúa a nuestro favor, iniciándolas y ratificando cada día su vigencia, dándoles sutil continuidad. Dinámicas como la regeneración, la justificación, la expiación, la sustitución, la propiciación, la reconciliación, la redención, la adopción, la santificación, la renovación y la glorificación final que acompañará a la resurrección en la que ya claramente y de manera indescriptible, tendremos parte en la misma naturaleza divina, pues: “Así Dios nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas para que ustedes, luego de escapar de la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos, lleguen a tener parte en la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4)
Tener parte en la naturaleza divina
“El perdón de Dios es la puerta de entrada a la maravillosa gama de promesas divinas que incluyen el participar de Su naturaleza”
Deja tu comentario