Si bien, como lo dice el apóstol: “un ídolo nada es” (1 Corintios 8:4), el culto a ellos por parte de los hombres enfocado en las imágenes que los representan es una afrenta al amor de Dios. En la Biblia no se los presenta como simples errores teológicos, sino como objetos malolientes, repugnantes, ofensivos por lo que representan: una traición premeditada al pacto de amor con Dios. Cuando el pueblo de Israel se volvió a los ídolos, Dios no respondió con la indignación de un juez ante la transgresión de la ley, sino con el dolor profundo y personal de un cónyuge traicionado, como se lo manifestó a los sobrevivientes del juicio: “Los sobrevivientes se acordarán de mí en las naciones donde hayan sido llevados cautivos. Se acordarán de cómo me he afligido por culpa de su corazón adúltero, y de cómo se apartaron de mí y se fueron tras sus ídolos…” (Ezequiel 6:9). El lenguaje es vívido: habla de aflicción divina, de adulterio espiritual, de traición íntima. La infidelidad a Dios no es la del transgresor de la ley, sino la de la traición conyugal. Dios no es un Juez frío, sino un Esposo herido. Y cuando permitimos que cualquier cosa ocupe el lugar que le corresponde solo a Él estamos cayendo en formas modernas de idolatría. Pero también hay esperanza: “… ¡sentirán asco de ellos mismos… por sus obras repugnantes!”. El arrepentimiento brota cuando el Espíritu nos muestra no solo el error, sino el dolor que le hemos causado a Dios. Y desde esa vergüenza sana, nace la posibilidad de restauración. Porque el amor herido de Dios, aunque dolido, sigue siendo un amor dispuesto a perdonar
Afligido por su corazón adúltero
"Los ídolos se describen como repugnantes y el culto a ellos de Su pueblo infiel causa a Dios el dolor que causa a un cónyuge la traición del otro”






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