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Estudios bíblicos

El llanto, sus motivos y significados

Elie Wiesel, judío sobreviviente de los campos de concentración nazis y ganador del premio nobel de la paz decía que: “El hombre es el único animal que ríe y llora, porque es el único al que le indigna que las cosas no sean como deberían ser.” El llanto es, ciertamente, una de las manifestaciones emotivas más frecuentes y surtidas de las emociones humanas de todo tipo. En la Biblia encontramos un ilustrativo catálogo de las variadas situaciones que dan lugar al llanto. El libro de Génesis es muy representativo al respecto, pues en él vemos que Ismael, el hijo mayor de Abraham, lloró cuando se sintió desamparado y dejado a su suerte en el desierto junto con su madre Agar, antes de ser auxiliados por Dios: “fue a sentarse sola a distancia de un tiro de flecha, pues pensaba: «No quiero ver morir al muchacho». En cuanto ella se sentó, comenzó a llorar desconsoladamente. Cuando Dios oyó al muchacho sollozar, el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo y le dijo: «¿Qué te pasa, Agar? No temas, pues Dios ha escuchado los sollozos del muchacho ahí donde está” (Génesis 21:16-17). Abraham lloró de dolor en el duelo por la muerte de su esposa Sara, quien:  … murió en Quiriat Arbá, es decir, en la ciudad de Hebrón, en la tierra de Canaán. Abraham hizo duelo y lloró por ella” (Génesis 23:2). Esaú lloró de rabia y frustración al verse privado de forma irreversible de la bendición paterna que le correspondía y que le fue arrebatada bajo engaño por su hermano Jacob: “Pero Esaú insistió: ꟷ¿Acaso tienes una sola bendición, padre mío? ¡Bendíceme también a mí! Y se echó a llorar” (Génesis 27:38). Jacob lloró de alegría al encontrarse providencialmente con Raquel en Harán y dar así con sus familiares a quienes estaba buscando: “Luego besó a Raquel, rompió en llanto” (Génesis 29:11) y, posteriormente, al encontrarse de nuevo con su hermano Esaú y reconciliarse con él en un cuadro conmovedor: “Pero Esaú corrió a su encuentro y, echándole los brazos al cuello, lo abrazó y lo besó. Entonces los dos se pusieron a llorar” (Génesis 33:4).

La historia de José y sus hermanos está llena de dramas conmovedores y entrañables, como cuando José lloró de emoción contenida, al no poder revelar su identidad a sus hermanos: “José se apartó de ellos y se echó a llorar. Luego volvió y habló con ellos, apartó a Simeón y ordenó que lo ataran en presencia de ellos” (Génesis 42:24) y luego también cuando se reveló finalmente a ellos y se reconcilió con ellos: “Conmovido por la presencia de su hermano y no pudiendo contener el llanto, José salió de prisa. Entró en su habitación y allí se echó a llorar… comenzó a llorar tan fuerte que los egipcios se enteraron y la noticia llegó hasta la casa del faraón… Y abrazó José a su hermano Benjamín y comenzó a llorar. Benjamín a su vez también lloró abrazado a su hermano José” (Génesis 43:30; 45:2, 14). La historia sagrada abunda, pues, en episodios conmovedores de diferente tipo que tuvieron al llanto como protagonista. De hecho, entre los tres versículos más cortos de la Biblia que contienen solo dos palabras, se destaca Juan 11:35 en el que encontramos la impactante, reveladora y conmovedora frase: “Jesús lloró”. Así, Dios mismo, estando en la condición de hombre, experimentó en su propio ser esta realidad que nos toca a todos; y precisamente por haber vivido esta experiencia, puede identificarse plenamente con todos y cada uno de los dramas humanos. Pero hay que tener en cuenta que el llanto del Señor no fue por motivos egoístas, como puede serlo en un buen número de casos el llanto humano; sino que, en el pasaje citado, fue una identificación solidaria, sentida y espontánea con el dolor de aquellas a quienes amaba: Marta y María, debido a la muerte de Lázaro, a pesar de que lo traería de nuevo a la vida de manera milagrosa. Pero su llanto solidario cubre una variedad de circunstancias mucho más amplias que ésta. Su llanto incluye su dolor por quienes neciamente lo rechazan y, junto con él, rechazan su ofrecimiento de salvación por gracia mediante la fe y optan voluntariamente y en su propio perjuicio por la alternativa contraria: La ira y el juicio divino y la condenación eterna.

Así lo vemos en su llanto por Jerusalén: Cuando se acercaba a Jerusalén, Jesús vio la ciudad y lloró por ella. Dijo: ¡Cómo quisiera que hoy supieras lo que te puede traer paz! Pero eso ahora está oculto a tus ojos. Te sobrevendrán días en que tus enemigos levantarán un muro, te rodearán y te encerrarán por todos lados. Te derribarán a ti y a tus hijos dentro de tus murallas. No dejarán piedra sobre piedra, porque no reconociste el tiempo en que Dios vino a salvarte” (Lucas 19:41-44); complementado también por Mateo así: “»¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como reúne la gallina a sus pollitos debajo de sus alas, pero no quisiste! Pues bien, la casa de ustedes va a quedar abandonada. Y les advierto que ya no volverán a verme hasta que digan: ‘¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!’»” (Mateo 23:37-39), justificando las palabras dirigidas a las mujeres que lloraban por Él:Lo seguía mucha gente del pueblo, incluso mujeres que se golpeaban el pecho, lamentándose por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. Miren, va a llegar el tiempo en que se dirá: ‘¡Dichosas las estériles, que nunca dieron a luz ni amamantaron!’” (Lucas 23:27-29). Y sólo cuando nuestro llanto comparta y se identifique con los motivos del llanto del Señor podremos ser incluidos en la bienaventuranza sobre los que lloran contenida en el Sermón del Monte, la cual garantiza que: “… ellos recibirán consolación” (Mateo 5:4), en aquel sublime momento en que “Él enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte ni llanto, tampoco lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir»” (Apocalipsis 21:4), momento que dará cabal cumplimiento a la promesa “Les aseguro que ustedes llorarán de dolor, mientras que el mundo se alegrará. Se pondrán tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría” (Juan 16:20).

Arturo Rojas

Cristiano por la gracia de Dios, ministro del evangelio por convicción y apologista por vocación. Hice estudios en el Instituto Bíblico Integral de Casa Sobre la Roca y me licencié en teología por la Facultad de Estudios Teológicos y Pastorales de la Iglesia Anglicana y de Logos Christian College. Cursé enseguida una maestría en Divinidades y estudios teológicos en Laud Hall Seminary y, posteriormente, fui honrado con un doctorado honorario por Logos Christian College.

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