En la Biblia el pecado, según se mire desde el horizonte anterior o posterior a la conversión a Cristo trae diferentes consecuencias. Si se mira desde el horizonte anterior a la conversión y la fe en Cristo, la sentencia es lapidaria para el pecador incorregible, obstinado e indiferente a Cristo; Culpa: “¡Les digo que no! De la misma manera, todos ustedes perecerán a menos que se arrepientan. ¿O piensan que aquellos dieciocho que fueron aplastados por la torre de Siloé eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? ¡Les digo que no! De la misma manera, todos ustedes perecerán a menos que se arrepientan»” (Lucas 13:3-5), muerte: “Porque la paga del pecado es muerte…” (Romanos 6:23) y condenación eterna, pues: “Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, pero la humanidad prefirió la oscuridad a la luz, porque sus obras eran malas” (Juan 3:19). Pero con posterioridad a la fe y la conversión a Cristo el panorama ya cambia de manera drástica, favorable e irreversible, pues la culpa y la consecuente condenación eternas quedan removidas y abolidas definitivamente en virtud de los méritos y santidad de vida de Jesucristo abonados en la cuenta personal del creyente y de su obra expiatoria, sustituyéndonos en la cruz del calvario y pagando allí por todos nuestros pecados, también personales, de tal modo que, como lo afirma tajantemente el apóstol: “Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1). Si bien es cierto que algunos copistas, en sus excesivos escrúpulos, añadieron enseguida la aclaración “… los que no andan conforme a la carne, sino conforme al espíritu” (RV60), duplicando esta expresión al tomarla prestada del versículo 4, donde sí se encontraba originalmente, lo cierto es que esta expresión no se hallaba en el versículo 1 en los manuscritos originales, de tal modo que el hecho de que no haya condenación para los que están en Cristo Jesús, no es una consecuencia de no andar conforme a la carne, sino conforme al espíritu; sino que estar en Cristo Jesús es la causa no solo de que no haya ya ninguna condenación para nosotros, sino también de que ya no andemos conforme a la carne, sino conforme al espíritu.
Sin embargo, el pecado no desaparece de la vida del creyente con posterioridad a la conversión, como se puede pensar de manera ingenua e irreal al exaltar artificialmente el poder de la conversión en este tiempo y en este lado del cielo. Esta creencia ingenua e irreal llevó a la iglesia antigua y a buena parte de los Padres que la dirigían a hacer de los llamados “pecados posbautismales” o posteriores a la conversión y el bautismo en agua, un problema mayor del que realmente debería ser, como si en términos normales ya no pudieran ni debieran darse, por lo que el tratamiento de los creyentes que volvían a pecar de manera manifiesta luego de su bautismo era visto como una anomalía o excepción que requería un tratamiento especial, como con pinzas y acarreaba señalamientos, ultimátums y disciplinas eclesiásticas excesivas y algo inquisitoriales, sin tener en cuenta que, al fin y al cabo: “… El bautismo no consiste en la limpieza del cuerpo, sino en el compromiso de tener una buena conciencia delante de Dios” (1 Pedro 3:21). Pero lo cierto es que la Biblia distingue entre las consecuencias de los pecados prebautismales, es decir anteriores a la conversión, y los posbautismales posteriores a ella. Los posbautismales, como se dijo, ya no acarrean culpa y condenación, sino contaminación y deterioro de la comunión, junto con la eventual disciplina, tanto eclesiástica como divina. Es por eso que en el salmo 51, que es el salmo del arrepentimiento por excelencia, David se dirige a Dios de este modo: “Purifícame con hisopo y quedaré limpio; lávame y quedaré más blanco que la nieve” (Salmo 51:7). No se está aquí, pues, reiterando la misma idea dos veces, sino exponiendo dos ideas diferentes. En primer lugar, la remoción de la culpa y la condenación mediante la aplicación de la sangre de la víctima sacrificada ꟷque no es otro que Cristo en el Nuevo Testamentoꟷ, que se rociaba con el hisopo, arbusto establecido en la ley para llevar a cabo este paso, y la limpieza de la contaminación del pecado que se lograba mediante la aplicación de los lavamientos ceremoniales con agua también establecidos en la ley. Dos aspectos relacionados, pero de cualquier modo diferentes.
Así, en la conversión el creyente viene a Cristo por primera y definitiva vez ꟷen lo que tiene que ver con la culpa y la condenaciónꟷ, arrepentido para confesarle sus pecados y pedirle perdón por ellos, confiando para ello en la obra consumada por Cristo en la cruz. Este primer acto de perdón divino resuelve de manera terminante y final la culpabilidad del hombre ante Dios, librándolo de la ira divina y salvándolo de su justa condenación eterna. Pero, previendo y sabiendo que esto no garantiza que el creyente no vuelva a pecar de un modo u otro, incluso a su pesar, Dios incluyó en la oración modelo del creyente una cláusula para tratar con el pecado cada vez que se presente: “Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros ofensores” (Mateo 6:12). Estos posteriores actos de perdón divino ya no tienen que tratar con la culpabilidad y la condenación ya irrevocablemente resueltas, sino con la contaminación presente con la que el pecado mancha nuestra santidad, que se constituye en un obstáculo para mantener en condiciones óptimas nuestra relación con Dios, como Él mismo lo advierte: “La mano del Señor no es corta para salvar ni es sordo su oído para oír. Son las iniquidades de ustedes las que los separan de su Dios. Son estos pecados los que lo llevan a ocultar su rostro para no escuchar” (Isaías 59:1-2). Y de no surtirse como es debido, estos actos regulares de arrepentimiento, confesión y solicitud de perdón junto con la consecuente corrección de la conducta; su omisión pueden hacer necesarios por parte de Dios de dolorosos actos disciplinarios como los que un padre responsable se ve obligado a aplicar a sus hijos amados para corregirlos, casos en los cuales la disciplina eclesiástica también es procedente. Ésta es también la razón que explica la respuesta dada por el Señor a Pedro cuando, en el lavamiento de los pies, el impulsivo apóstol pretendió que el Señor lo lavara por completo, pues: “ꟷEl que ya se ha bañado no necesita lavarse más que los pies ꟷle contestó Jesúsꟷ; pues ya todo su cuerpo está limpio. Y ustedes ya están limpios” (Juan 13:10). Estamos, entonces, limpios, purificados por la sangre de Cristo que nos libra de la culpa y condenación eternas, pero necesitamos acudir a Él para lavarnos los pies regularmente, que se ensucian en nuestra marcha por este mundo y nos contaminan y estropean nuestra comunión con Él.







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