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Estudios bíblicos

El paso por el desierto

En la Biblia el desierto es un escenario frecuente en la historia del pueblo de Dios y en la de sus más grandes hombres de fe. Dado que es un lugar árido, inhóspito y solitario, suele simbolizar los periodos de prueba en los que las carencias, las pérdidas y las dificultades de la vida nos golpean con más intensidad de la acostumbrada y, como tales, son medios para depurar nuestra fe en Dios y llevarla a nuevos niveles de madurez y confianza en Él en la convicción de que Dios puede sostenernos cuando nos hallamos en él. Después de todo, los momentos que definen el carácter del creyente no son aquellos en que la bendición de Dios es evidente y apreciable para todos los que observan. Porque en el propósito de alcanzar ese estado siempre deseable de bendición plena y saberlo asumir con madurez sin que nos deslumbre, el desierto parece ser un paso fundamental en la vida del creyente, pues es en el desierto en donde nos encontramos a solas con Dios y sin apoyo diferente al que Él mismo nos puede brindar y aprendemos a confiar en Él. Un número representativo de hombres de Dios que ostentan un carácter aprobado y digno de imitar en la Biblia, tuvieron su paso por el desierto antes de poder disfrutar de la plena bendición de Dios en sus vidas, asumiendo con ventaja las grandes responsabilidades por las cuales llegaron a ser conocidos por la posteridad. Éste es el caso de personajes como Moisés, que tuvo que huir y pasar 40 años en la tierra desértica de Madián y pastorear allí, en medio del desierto, las ovejas de su suegro Jetro antes de oír a Dios y emprender la misión que Él le asignó: “Y en efecto, el faraón se enteró de lo sucedido y trató de matar a Moisés; pero Moisés huyó del faraón y se fue a la tierra de Madián, donde se asentó junto a un pozo… Un día, Moisés estaba cuidando el rebaño de Jetro, su suegro, que era sacerdote de Madián, y llevó las ovejas hasta el otro extremo del desierto hasta llegar a Horeb, la montaña de Dios” (Éxodo 2:15; 3:1). El Nuevo Testamento lo dice de manera más precisa y sintética, mencionando la revelación de Dios a Moisés, justo en medio del desierto: “Al oír esto, Moisés huyó a Madián; allí vivió como extranjero y tuvo dos hijos. »Pasados cuarenta años, se le apareció un ángel en el desierto cercano al monte Sinaí, entre las llamas de una zarza ardiente” (Hechos 7:29-30).

El profeta Elías también tuvo su paso crítico y al mismo tiempo reconfortante por el desierto, luego de su confrontación con los profetas de Baal: “Acab contó a Jezabel todo lo que Elías había hecho y cómo había matado a todos los profetas a filo de espada. Entonces Jezabel envió un mensajero a Elías para decirle: «¡Que los dioses me castiguen sin piedad si mañana a esta hora no te he quitado la vida como tú se la quitaste a ellos!». Elías se asustó y huyó para ponerse a salvo. Cuando llegó a Berseba de Judá, dejó allí a su criado y caminó todo un día por el desierto. Llegó adonde había un arbusto de retama y se sentó a su sombra con ganas de morirse. «¡Estoy harto, Señor! ꟷprotestóꟷ. Quítame la vida, pues no soy mejor que mis antepasados». Luego se acostó debajo del arbusto y se quedó dormido. De repente, un ángel lo tocó y le dijo: «Levántate y come». Elías miró a su alrededor y vio a su cabecera un panecillo cocido sobre brasas y un jarro de agua. Comió, bebió y volvió a acostarse. El ángel del Señor regresó y, tocándolo, le dijo: «Levántate y come, porque te espera un largo viaje». Elías se levantó, comió y bebió. Una vez fortalecido por aquella comida, viajó cuarenta días y cuarenta noches hasta que llegó a Horeb, el monte de Dios” (1 Reyes 19:1-8). David, previo a ocupar el trono de Israel, tuvo que esconderse un buen periodo de tiempo en el desierto de Engadi: “Cuando Saúl regresó de perseguir a los filisteos, le informaron que David estaba en el desierto de Engadi” (1 Samuel 24:1). Entrando ya en el Nuevo Testamento encontramos a Juan Bautista, de quien se nos dice que después de su nacimiento milagroso: “El niño crecía y se fortalecía en espíritu; y vivió en el desierto hasta el día en que se presentó públicamente al pueblo de Israel” (Lucas 1:80). También el apóstol Pablo, antes de emprender su ministerio formal a los gentiles, estuvo tres años en un retiro voluntario en el desierto de Arabia, en comunión con Cristo, para poder poner en orden toda su teología y colocarla en la relación correcta con Él.

Así nos lo informa el propio apóstol en la epístola a los Gálatas: “Sin embargo, Dios me había apartado desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia. Y, cuando él tuvo a bien revelarme a su Hijo para que yo lo predicara entre los no judíos, no consulté con nadie. Tampoco subí a Jerusalén para ver a los que eran apóstoles antes que yo, sino que fui de inmediato a Arabia, de donde luego regresé a Damasco…” (Gálatas 1:15-18), sin mencionar al propio Señor Jesucristo, de quien el evangelio nos informa que: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto” (Lucas 4:1) para ser tentado allí por el diablo. Aún el peregrinaje del pueblo de Israel por el desierto durante 40 años no fue del todo producto de su rebelión, pues Dios ya había determinado llevarlos allí de manera previa a sus desobediencias, como podemos deducirlo de la instrucción dada a Moisés: “»Los jefes de Israel te harán caso. Entonces ellos y tú se presentarán ante el rey de Egipto y dirán: ‘El Señor, Dios de los hebreos, ha venido a nuestro encuentro. Déjanos hacer un viaje de tres días al desierto, para ofrecerle sacrificios al Señor nuestro Dios’” (Éxodo 3:18). En efecto: “Cuando el faraón dejó salir a los israelitas, Dios no los llevó por el camino que atraviesa la tierra de los filisteos, que era el más corto, pues pensó: «Si se les presentara batalla, podrían cambiar de idea y regresar a Egipto». Por eso les hizo dar un rodeo por el camino del desierto, en dirección al mar Rojo. Los israelitas salieron de Egipto en formación de combate” (Éxodo 13:17-18). Así, el paso por el desierto, cualquiera que sea la forma específica que asuma en nuestras vidas, parece ser necesario debido a que la voz de Dios se escucha con mucha mayor facilidad en el silencio del desierto, sin distracciones que nos impidan oírla: “«Por eso, ahora voy a seducirla, la llevaré al desierto y le hablaré con ternura” (Oseas 2:14), y no en nuestros momentos de gloria en el mundo, pues: “Yo te hablé cuando te iba bien, pero tú dijiste: “¡No escucharé!”. Así te has comportado desde tu juventud: ¡nunca me has obedecido!” (Jeremías 22:21). En último término la declaración de Dios al respecto por medio del profeta es concluyente: “Porque yo fui el que te conoció en el desierto, en esa tierra de terrible aridez” (Oseas 13:5)

Arturo Rojas

Cristiano por la gracia de Dios, ministro del evangelio por convicción y apologista por vocación. Hice estudios en el Instituto Bíblico Integral de Casa Sobre la Roca y me licencié en teología por la Facultad de Estudios Teológicos y Pastorales de la Iglesia Anglicana y de Logos Christian College. Cursé enseguida una maestría en Divinidades y estudios teológicos en Laud Hall Seminary y, posteriormente, fui honrado con un doctorado honorario por Logos Christian College.

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