En la visión del templo de Ezequiel el profeta describe un muro que separa lo sagrado de lo profano: “El hombre tomó las medidas de los cuatro lados. La zona estaba rodeada por un muro que medía quinientos codos de largo por quinientos codos de ancho. Este muro separaba lo sagrado de lo profano” (Ezequiel 42:13). Si bien esto nos recuerda que lo santo debe distinguirse de lo común, debemos tener presente que el límite entre ambos ámbitos no es físico en realidad, sino que lo decisivo aquí es la disposición interna del corazón. La línea que divide lo santo de lo profano se halla en el interior de cada ser humano. Un lugar físico puede ser considerado “sagrado” y, sin embargo, profanado por actitudes superficiales o corruptas. Del mismo modo, lo cotidiano puede convertirse en santo cuando es asumido con fe y gratitud a Dios. Lo determinante aquí es franquear lo que se designa como una “ruptura de nivel” para ingresar al ámbito de lo sagrado que se superpone así al de lo profano y lo transforma, pues la verdadera santidad no está asociada rígidamente a un espacio o a un rito, sino a la entrega del ser completo a Dios. En el evangelio este muro es espiritual, ya que Dios no habita en templos de piedra, sino en corazones rendidos que vivan para Él. La separación la establece la obediencia, la humildad y la disposición sincera de servirlo, de modo que la adoración auténtica se reconoce no por un espacio físico, sino por la actitud interior. Lo sagrado deja así de ser un ámbito restringido para convertirse en un estilo de vida que abarca todo rincón, todo trabajo y toda relación
Un muro de quinientos codos
"La separación entre lo sagrado y lo profano no está marcada por linderos rígidos sino por las actitudes y disposiciones internas de las personas”






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