En relación con la apariencia física del Señor Jesús y sin perjuicio de las licencias de los artistas a la hora de representarlo con la versión dominante en el arte de un Cristo alto, caucásico, apuesto, de ojos claros, cabello castaño largo, barba y bigote; lo cierto es que la apariencia o presentación externa de Jesucristo no parece diferir sustancialmente de la de ninguno de sus paisanos, dando así cumplimento a lo dicho por el profeta: “Creció en su presencia como vástago tierno, como raíz de tierra seca. No había en él belleza ni majestad alguna; su aspecto no era atractivo y nada en su apariencia lo hacía deseable” (Isaías 53:2). Por supuesto, esto no significa que Jesucristo no tuviera atractivo ni ejerciera una poderosa atracción sobre quienes lo conocían, ni tampoco que su apariencia física estuviera distante de los cánones estéticos generalmente aceptados, de modo que tuviera mala apariencia visualmente hablando; sino simplemente que su atractivo no residía fundamentalmente en los aspectos físicos y visuales de su ser que no era muy diferente al de sus compatriotas. Tanto, que no era fácilmente distinguible de sus discípulos, razón por la cual tuvo que ser identificado y señalado a los guardias encargados de apresarlo con un beso por parte del apóstol traidor, Judas Iscariote, que sí lo conocía bien y, por lo que parece, no pudo dar a los guardias ninguna señal particular del Señor que les permitiera distinguirlo con seguridad de sus discípulos y lo dispensara de tener que identificarlo personalmente para evitar que se equivocaran, como lo hizo con el beso traidor
Vástago tierno y raíz de tierra seca
"El atractivo de Jesucristo no tenía que ver propiamente con su apariencia física durante su encarnación como hombre hace poco más de dos mil años”






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