Se conoce con el nombre de la “gran comisión” el imperativo encargo dado por el Señor Jesucristo a la iglesia de hacer discípulos de todas las naciones, anunciando por todo el mundo el evangelio a toda criatura, siendo testigos Suyos desde Jerusalén hasta lo último de la tierra. Los esfuerzos de evangelización llevados a cabo por la iglesia desde entonces, teniendo como punta de lanza a las misiones son, pues, un acto de obediencia a esta comisión, destacando así la labor de misioneros, evangelistas, pastores y maestros en el cumplimiento de aquella. Sin embargo, toda la iglesia está facultada por Dios para llevar a cabo esta labor conforme a las capacidades personales de cada creyente, pues la gran comisión, más que una obligación, es un privilegio al que Dios invita a participar a todos los Suyos, sin discriminar a nadie en el proceso, y que surgió de manera espontánea y natural en la iglesia primitiva en un “voz a voz” interpersonal entre los creyentes y sus vecinos no creyentes que, más que ganar adeptos, estaban motivados por la generosidad de quien desea hacer partícipes a los demás de las buenas cosas que ha recibido de Dios, de modo que puedan disfrutar de ellas la mayor cantidad posible de personas. Por eso: “Qué hermosos son, sobre los montes, los pies del que trae buenas noticias, del que proclama la paz, del que anuncia buenas noticias, del que proclama la salvación, del que dice a Sión: «¡Tu Dios reina!». ¡Escucha! Tus centinelas alzan la voz y juntos gritan de alegría, porque ven con sus propios ojos que el Señor vuelve a Sión” (Isaías 52:7-8)
Los pies del que trae buenas noticias
"La predicación de las buenas nuevas no es sólo una obligación, sino un privilegio de la iglesia que no se puede menospreciar pasándolo por alto”






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