Paradójicamente, el pueblo de Judá con su capital Jerusalén, que había caído derrotado y conquistado bajo el poder del imperio babilónico como juicio disciplinario de Dios contra ellos por sus pecados, impiedad e idolatría; no había tomado en cuenta la lección al respecto ofrecida por el reino del norte o Israel más de cien años antes cuando cayó, a su vez, derrotado y su capital, Samaria, fue tomada por el imperio asirio por las mismas razones, e insistía neciamente en resistirse a este juicio divino decretado sobre ellos en vez de aceptarlo con humildad y proceder con celeridad a corregir en su propia conducta las causas censurables que lo provocaron e hicieron necesario. Fue tanto así que los propios enemigos de Judá, ejecutores providenciales de este juicio, lo tuvieron eventualmente más claro que ellos, como se lo hizo saber el capitán de la guardia del ejército babilónico al profeta Jeremías al dirigirse a él de este modo puntual: “El comandante de la guardia tomó aparte a Jeremías y le dijo: «El Señor tu Dios, decretó esta calamidad para este lugar; ahora el Señor ha cumplido sus amenazas. Todo esto les ha pasado porque pecaron contra el Señor y desobedecieron su voz” (Jeremías 40:2-3), brindando un ejemplo palpable y concreto de lo ya citado y dicho por el teólogo suizo Karl Barth en el sentido de que: “Los que están fuera tienen… un fino olfato para percibir la miseria y culpa de la Iglesia… Lo que hay que decir desde Dios contra la Iglesia se dirá de hecho, con razón o sin ella, contra ella desde el mundo”, algo que no podemos, entonces, dejar de tener presente
Tomó aparte a Jeremías
"A veces los no creyentes adquieren una mejor comprensión de la realización de la voluntad de Dios que Su propio pueblo necio y sordo a Su Palabra”






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