El inesperado asesinato traicionero llevado a cabo por Ismael y diez de sus hombres de Guedalías, el gobernador encargado por Nabudonosor para gobernar en Judea en su nombre durante el convulsionado periodo previo a su derrota definitiva y la toma y destrucción de su capital Jerusalén, es descrito así por el profeta: “En el mes séptimo, Ismael, hijo de Netanías y nieto de Elisama, de estirpe real y que había sido uno de los oficiales del rey, vino a Mizpa con diez hombres y se presentó ante Guedalías, hijo de Ajicán. Y ahí en Mizpa, mientras comían juntos, Ismael, hijo de Netanías, se levantó con los diez hombres que lo acompañaban e hirió a filo de espada a Guedalías, hijo de Ajicán y nieto de Safán, quitándole la vida. Así hicieron con quien había sido nombrado gobernador del país por el rey de Babilonia” (Jeremías 41:1-2). Lo cierto es que este crimen habría podido ser evitado si Guedalías hubiera prestado atención a los jefes militares que le anunciaron con suficiente anterioridad sobre las conocidas intenciones de Ismael en cumplimiento de las ordenes del rey de Amón, uno de los pueblos vecinos que aprovechó la circunstancia para levantarse en contra de Judá y su dominio sobre ellos. Estos jefes militares lo exhortaron a tomar medidas contra Ismael y se ofrecieron a implementarlas: “… Pero Guedalías, hijo de Ajicán, no les creyó” (Jeremías 40:14) y ante la propuesta de tomar acciones contra Ismael se negó rotundamente diciendo: “ꟷ¡Ni lo pienses! ¡Lo que dices acerca de Ismael es mentira!” (Jeremías 40:16), pecando así de incauto y pagándolo con su vida
Ismael y sus diez hombres
"Si bien no es conveniente tomar medidas contra alguien con base en simples sospechas, tampoco lo es no prestarles atención y pasar así por incautos”






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