La sabiduría, la empatía y capacidad para dar un consejo acertado y la elocuencia necesaria para expresarlo con claridad, precisión y apego a la verdad, no son virtudes que se obtienen automáticamente, sino que todas implican trabajo, estudio, oración, disciplina y la mejor disposición a alimentar nuestra comunión con Dios todos los días, acumulando también una valiosa experiencia en nuestros tratos con Él que pueda servir de referente, de consuelo y de esperanza para otros. En otras palabras, hay que manifestar nuestra disposición permanente a ser discípulos de Cristo y pagar el precio de seguirlo en todas las circunstancias de nuestra vida sin desviarnos a la derecha ni a la izquierda, procurando escuchar cada día Su voz hablándonos a través de los principios, preceptos y contenidos generales que se encuentran en la Biblia y confiando en la guía prometida de Su Espíritu para interpretarlos y aplicarlos correctamente a nuestras circunstancias personales inmediatas, como lo ilustra bien el profeta al informarnos: “Mi Señor y Dios me ha concedido tener una lengua instruida, para sostener con mi palabra al fatigado. Todas las mañanas me despierta, y también me despierta el oído, para que escuche como los discípulos. El Señor y Dios me ha abierto los oídos y no he sido rebelde ni me he vuelto atrás” (Isaías 50:4-5), en donde vemos la disposición de todos los días por parte del profeta a ser discipulado por Dios en una estrecha comunión con Él, como la condición necesaria para tener una lengua instruida y lograr sostener con sus palabras al fatigado
Todas las mañanas me despierta el oído
"Para tener una lengua instruida capaz de sostener al fatigado hay que ser un discípulo disciplinado y devoto dispuesto a escuchar todas las mañanas”






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