“Edén” y “paraíso” son para muchas personas términos sinónimos en la Biblia, pero en rigor no son lo mismo, aunque guarden relaciones estrechas entre sí y puedan eventualmente sobreponerse el uno al otro. Porque la noción del “edén” está ligada a realidades materiales de este mundo en su condición ideal, mientras que “paraíso” es un término con connotaciones, por lo pronto, más celestiales y espirituales que terrenales, pues fue el lugar en que Cristo prometió al criminal arrepentido crucificado a su lado que estaría con Él ese mismo día luego de morir y, al hablar del tercer cielo, el apóstol Pablo lo equipara con el paraíso. Ahora bien, el paraíso no excluye necesariamente las condiciones terrenales ideales evocadas por el Jardín del Edén del Génesis, sino que con mucha probabilidad las incluye, elevando a niveles superlativos la justicia, paz y alegría que caracterizan el reino de Dios y que se establecerán plenamente cuando Jesucristo, el Rey mismo, destruya lo imperfecto y corruptible y cree lo perfecto e incorruptible, inaugurando formalmente “un cielo nuevo y una tierra nueva, en los que habite la justicia” (2 Pedro 3:10-13), otorgando a los suyos de nuevo el inmerecido y perdido derecho de acceder al paraíso, momento en el cual hallarán también cumplimiento final y definitivo las promesas divinas que anuncian: “Sin duda, el Señor consolará a Sión; consolará todas sus ruinas. Convertirá en un Edén su desierto; en huerto del Señor sus tierras secas. En ella encontrarán alegría y regocijo, acción de gracias y música de salmos” (Isaías 51:3)
Convertirá en un edén su desierto
"Nociones bíblicas muy inspiradoras como ‘Edén’ y ‘Paraíso” están relacionadas entre sí, pero no deben confundirse pues son realidades diferentes”






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