Los sesgos que nuestra visión incompleta e inevitablemente parcializada de la realidad imprimen a nuestra percepción de las cosas nos llevan a conclusiones equivocadas, como suele ser el hecho de que, cuando las cosas no se dan siempre de la manera favorable en que lo esperaríamos o desearíamos, nos sintamos tentados a pensar que Dios nos ha abandonado y no escucha ya nuestras oraciones, desentendiéndose de nosotros. En realidad y antes que nada, si en algún momento Dios nos abandona, esto es una reacción al hecho muy probable de que nosotros lo hemos abandonado a Él primero y su abandono del creyente suele ser un acto disciplinario siempre dosificado y temporal para llevarnos a volver a Él. En los demás casos es incorrecto concluir que Dios nos ha abandonado por el hecho de no manifestarse en nuestra vida de la manera en que se lo pedimos y lo necesitamos según nuestro leal sentir y entender, pues no podemos olvidar que Dios nos informa que sus caminos y sus pensamientos son más altos que los nuestros y Él es soberano y, en consecuencia, Quien decide finalmente cómo obrar en nuestras vidas, sin que cuando procede de manera diferente a lo que deseamos signifique que nos ha abandonado, pues cuando Israel le planteó ésta queja como explicación de su difícil situación, Él respondió de este modo: “Pero Sión dijo: «El Señor me ha abandonado; el Señor se ha olvidado de mí». «¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho y dejar de amar al hijo que ha dado a luz? Aun cuando ella lo olvidara, ¡yo no te olvidaré!” (Isaías 49:15-16)
¿Puede una madre olvidar a su niño?
"Hay circunstancias de la vida en que todo parece indicar que Dios nos ha abandonado, pero cuando lo examinamos con más atención nunca ha sido así”






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