El hombre tiene una inclinación natural a la investigación y el descubrimiento, tanto del funcionamiento de las cosas a través de la observación y experimentación, como a vivir nuevas experiencias junto con las sensaciones que las acompañan. Este anhelo constante de nuevas y excitantes experiencias promete más de lo que da por el carácter efímero y breve que habitualmente tienen estas sensaciones y el potencial adictivo que pueden adquirir en el propósito de volver a experimentarlas. Por eso, para quienes tienen la posibilidad y los recursos para acumular experiencias, al final todo se vuelve repetitivo y conduce al hastío y la insatisfacción, pues: “Todas las cosas cansan más de lo que es posible expresar. Ni se sacian los ojos de ver ni se hartan los oídos de oír” (Eclesiastés 1:8), generando un vacío existencial que no es tan solo cuestión de insatisfacción, sino de una profunda desconexión con el propósito eterno para el que fuimos creados. La búsqueda de nuevas experiencias promete llenar el vacío, pero al final lo incrementa, revelando la distancia entre nuestros anhelos terrenales y la paz y satisfacción que solo Dios puede ofrecer. Al final, todas las experiencias, por gratas que sean en el momento, no colman la sed más profunda del alma humana, que solo se sacia en Dios y Su presencia con nosotros. El derrotero, entonces, no es acumular experiencias, sino aprender a hallar satisfacción y propósito en lo que Dios ya nos ha dado, reconociendo que la verdadera plenitud no se encuentra en lo pasajero, sino en la relación con nuestro Creador y Redentor
Todas las cosas cansan
"Paradójicamente, aunque el ser humano anhela nuevas experiencias, al final no importa qué tantas logre experimentar, pues todo conduce al hastío”






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