Como seres temporales que somos bajo las condiciones actuales de nuestra existencia, sometidos al tiempo y con un rango de vida breve y limitado, todos tenemos un pasado del que provenimos, un presente en el que nos encontramos y un futuro al que nos dirigimos. La conexión entre los tres es compleja, pues el pasado nos determina en buen grado y el futuro nos inquieta con su inevitable dosis de incertidumbre y zozobra. Sin embargo, Dios no quiere que el pasado nos determine ni condicione de manera absoluta, ni que nos aferremos a él, cual infantil escapismo, cuando nuestro presente se torne difícil y amenazante bajo la engañosa creencia de que todo pasado fue mejor. De la misma manera, Él no quiere que la incertidumbre, la zozobra y el temor nos domine en relación con el futuro, sino que por encima de todo esto confiemos en Él y en su cuidado y provisión en la medida en que somos dóciles y sensibles a Él y procuramos vivir nuestras vidas con apego a lo que es justo, bueno y agradable a Sus ojos. Cuando logramos balancear de este modo los tiempos, estaremos en condiciones de vivir nuestro presente de manera responsable y esperanzada, sobrellevando lo malo y disfrutando y agradeciendo a Dios por todo lo bueno que, a pesar de todo, la vida nos depara, como nos invita de hecho el profeta a hacerlo como vocero de Dios: “«Olviden las cosas de antaño; ya no vivan en el pasado. ¡Voy a hacer algo nuevo! Ya está sucediendo, ¿no se dan cuenta? Estoy abriendo un camino en el desierto y ríos en lugares desolados” (Isaías 43:18-19)
Ríos en lugares desolados
"Dios no quiere, ciertamente, que vivamos en el pasado, pero tampoco quiere que vivamos en el futuro, sino que vivamos antes que nada en el presente”






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