Si bien en la práctica la disciplina y el castigo son muy difíciles de diferenciar cuando están teniendo lugar, sobreponiéndose y entremezclándose la una con el otro, su propósito y resultado final sí nos permite apreciar mejor las diferencias. El castigo es un acto estricto de justicia, por el que la persona que ha obrado mal recibe lo que corresponde a sus malas acciones sin más consideraciones de fondo. Pero la disciplina, aunque pueda involucrar también una dosis de merecido castigo, va más allá de él de tal manera que no lo establece como fin en sí mismo, sino como medio para algo más. Y ese “algo más” es la corrección y restauración de quien es beneficiario de la disciplina, pues ésta, por penosa y difícil que pueda ser en su momento, no busca simplemente retribuir la conducta de la persona como lo merecería, sino el mejoramiento de su carácter, a la manera en que los metales preciosos como el oro y la plata no son destruidos, sino refinados y purificados en el horno de fundición, como lo da a entender claramente Dios a través del profeta al dirigirse de este modo a su pueblo en relación con las pruebas que le han sobrevenido de Su parte por sus pecados y deslealtades:“¡Mira! Te he refinado, pero no como a la plata; te he probado en el horno de la aflicción” (Isaías 48:10). Idea recogida en la epístola a los Hebreos cuando nos recuerda que: “Ciertamente, ninguna disciplina, en el momento de recibirla, parece agradable, sino más bien dolorosa; sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella” (Hebreos 12:11)
El horno de la aflicción
"Los actos disciplinarios de Dios para con Su pueblo tienen el propósito de moldear su carácter defectuoso y llevarlo a nuevas cotas de madurez”






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