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Estudios bíblicos

El Dios que se esconde

La noción del Deus absconditus ꟷel Dios que se esconde, que guarda silencio, que no se deja aprehender ni controlarꟷ, no es una construcción filosófica tardía impuesta al texto bíblico, sino una realidad ampliamente atestiguada en la Escritura, especialmente en los momentos en que la fe es probada por la ausencia de señales, consuelos o respuestas perceptibles, manifiestas y evidentes. De hecho, descontando la historia de Israel y de la Iglesia primitiva recogida en la Biblia y tal vez los contextos propios del pentecostalismo moderno con su inquietante y siempre sospechoso alarde de manifestaciones divinas sobrenaturales y milagrosas de casi todos los días, el Dios que se esconde es con mucha probabilidad el que se impone de lejos a lo largo de la historia del trato de Dios con la humanidad, e incluso dos libros bíblicos del Antiguo Testamento: Ester y Rut, caracterizan a Dios de este modo. El pasaje bíblico principal y clásico para fundamentar la noción del Dios que se esconde es Isaías 45:15, que dice: “En verdad, Tú eres un Dios que te ocultas, ¡Oh Dios de Israel, Salvador!” (NBLA) en el que, paradójicamente, la salvación y el ocultamiento no se excluyen. Ahora bien, el ocultamiento de Dios no puede interpretarse como inexistencia ni indiferencia, pues en ocasiones ese ocultamiento deliberado tiene claras intenciones pedagógicas y hasta judiciales, como cuando Dios le dice a Moisés: “… Voy a ocultarles mi rostro, ¡y a ver en qué terminan! Sin duda son una generación perversa, hijos desleales” (Deuteronomio 32:20). Por supuesto, el ocultamiento de Dios guarda estrecha relación con el silencio de Dios (que abordaremos en el artículo del mes) y con la percepción de desamparo y tardanza que el creyente experimenta respecto de Él, como resulta evidente en los salmos: “¿Hasta cuándo, Señor, me tendrás en el olvido? ¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro? ¿Hasta cuándo he de atormentar mi mente con preocupaciones y he de sufrir cada día en mi corazón?” (Salmo 13:1), que legitima este tipo de oraciones por parte del creyente. Entre éstas se destaca el salmo 22:1-2: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás lejos para salvarme, tan lejos de mis gritos de angustia? Dios mío, clamo de día y no me respondes; clamo de noche y no hallo reposo”, por ser aquel con el que el Señor se dirigió al Padre en la cruz.

El carácter incomprensible y angustioso de este ocultamiento sale a relucir en otros salmos, como el salmo 44:23-24: “¡Despierta, Señor! ¿Por qué duermes? ¡Levántate! No nos rechaces para siempre. ¿Por qué escondes tu rostro y te olvidas de nuestro sufrimiento y opresión?” y el salmo 88:14: ¿Por qué me rechazas, Señor? ¿Por qué escondes de mí tu rostro?”, que es, además, el único de los salmos de este tipo que no termina ni incluye una nota final de esperanza. Sin embargo, los profetas presentan como un acto de fe esperar a Dios precisamente cuando se esconde: “El Señor ha escondido su rostro del pueblo de Jacob, pero yo esperaré en él, pues en él tengo puesta mi esperanza” (Isaías 8:17), pues en realidad, el ocultamiento divino no niega la alianza ni el pacto de Dios con Su pueblo y su fidelidad a él, sino que, por decirlo así, la suspende temporalmente desde el punto de vista afectivo, puesto que: “«Te abandoné por un instante, pero con profunda compasión volveré a recogerte. Por un momento, en un arrebato de enojo, escondí mi rostro de ti; pero con amor eterno te tendré compasión», dice el Señor, tu Redentor” (Isaías 54:7-8). Uno de los textos más duros en relación con el Dios que se esconde se encuentra en el libro de Lamentaciones, en el que leemos: “Te escondiste en una nube para que nuestras oraciones no pudieran llegar a ti” (Lamentaciones 3:44 NTV), que ilustra la sensación del creyente de que su oración no es escuchada, atribuyéndola a un bloqueo deliberado de Dios hacia ellas. El libro de Job y la experiencia de este patriarca contienen las declaraciones más emblemáticas en cuanto a esta sensación de inaccesibilidad y distancia a Dios por parte del creyente, en donde, hablando de su búsqueda intensa y agónica de Dios nos dice: “»Si me dirijo hacia el este, no está allí; si me encamino al oeste, no lo encuentro. Si está ocupado en el norte, no lo veo; si se vuelve al sur, no alcanzo a percibirlo” (Job 23:8-9). Ya antes se había dirigido a Dios preguntándole: “¿Por qué escondes tu rostro, y me cuentas por tu enemigo?” (Job 13:24 RVR60), declaraciones todas matizadas por su afirmación final: “… Reconozco que he hablado de cosas que no alcanzo a comprender, de cosas demasiado maravillosas que me son desconocidas” (Job 42:3).

Si bien en el Nuevo Testamento la revelación de Dios en Jesucristo le baja drásticamente el tono a la noción del Dios que se esconde, todavía hay pasajes que lo insinúan, como aquellos en los cuales el Señor Jesucristo oculta su revelación y no la distribuye a todos de manera homogénea: “Él contestó: «A ustedes se les ha concedido conocer el misterio del reino de Dios; pero a los de afuera todo les llega por medio de parábolas, para que »’por mucho que vean, no perciban; por mucho que oigan, no entiendan; no sea que se conviertan y sean perdonados’” (Marcos 4:11-12) y llega a constituirse en un acto intencional de juicio hacia quienes se resisten deliberadamente a Él: “«Les ha cegado los ojos y endurecido el corazón, para que no vean con los ojos ni entiendan con el corazón ni se arrepientan; y yo los sane»” (Juan 12:40). Pablo justifica la fe, hasta cierto punto, precisamente en la realidad del Dios que se esconde, puesto que: “En efecto, vivimos por fe, no por vista” (2 Corintios 5:7), dando a entender que la fe en general y la fe cristiana en particular está, por definición, estructuralmente diseñada para vivirse sin evidencia plena. Y el capítulo 11 de la epístola a los Hebreos, conocido como el capítulo de la fe, incluye una nota que no deja de ser inquietante: “Todos ellos vivieron por la fe y murieron sin haber recibido las cosas prometidas; más bien, las miraron y les dieron la bienvenida desde la distancia. También confesaron que eran extranjeros y peregrinos en la tierra” (Hebreos 11:13), dando a entender que ni siquiera la ausencia temporal en el cumplimiento de las promesas divinas invalida la fe. Así, pues, de todo esto podemos concluir varias cosas: En primer lugar, que Dios puede ocultarse sin dejar de ser fiel. En segundo lugar, que el ocultamiento de Dios no equivale automáticamente a desaprobación. En tercer lugar, que la experiencia del abandono puede coexistir con una fe auténtica. Y por último, que el creyente bíblico no es quien siempre “siente” a Dios, sino quien permanece orientado hacia Él aun cuando no lo percibe, pues en último término El Deus absconditus no es el Dios inexistente, sino el Dios no disponible, no manipulable, ni domesticado por la experiencia religiosa. Y eso ꟷaunque dolorosoꟷ forma parte de la fe madura, no de su negación.

Arturo Rojas

Cristiano por la gracia de Dios, ministro del evangelio por convicción y apologista por vocación. Hice estudios en el Instituto Bíblico Integral de Casa Sobre la Roca y me licencié en teología por la Facultad de Estudios Teológicos y Pastorales de la Iglesia Anglicana y de Logos Christian College. Cursé enseguida una maestría en Divinidades y estudios teológicos en Laud Hall Seminary y, posteriormente, fui honrado con un doctorado honorario por Logos Christian College.

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