En la Biblia, y de manera especial en el Nuevo Testamento, el vocablo griego skandalizo se traduce indistintamente como “escandalizar”, “ofender”, pero sobre todo como, brindar “ocasión de caer”, o “poner tropiezo” a alguien. Claude Tresmontant sostenía que la palabra griega skandalon: “es la traducción de un término hebreo que designa el obstáculo con el que tropieza un ciego”. La ley recoge en el hebreo este significado literal en el siguiente pasaje: “»No maldigas al sordo ni pongas tropiezos al ciego, sino teme a tu Dios. Yo soy el Señor” (Levítico 19:14). Pero los tropiezos, ni son siempre literales, ni están restringidos a ningún grupo humano en particular, y los creyentes deben, entonces, afrontarlos también en el marco de la fe. En el Antiguo Testamento el profeta declaró al pueblo, refiriéndose a Dios, que: “Él será un santuario. Pero será una piedra de tropiezo para las dos casas de Israel; una roca que los hará caer. ¡Será para los habitantes de Jerusalén un lazo y una trampa!” (Isaías 8:14), como sucedió cuando, ni Israel en el norte, ni Judá en el sur poco tiempo después, prestaron atención a los repetidos llamados al arrepentimiento que Dios les dirigía a través de los profetas y cayeron ambos bajo el doloroso juicio divino ejecutado por medio de las derrotas militares y la consecuente humillación de la nación a manos de asirios y babilónicos sucesivamente. La resistencia a abandonar la idolatría a pesar de las advertencias divinas fue en este contexto la piedra de tropiezo que los condujo a esta lamentable condición, como podemos leerlo: “«Hijo de hombre, estas personas han hecho de su corazón un altar de ídolos y han puesto piedras de tropiezo que los hacen pecar. ¿Cómo voy a permitir que me consulten? Por tanto, habla con ellos y adviérteles que así dice el Señor y Dios: ‘A todo israelita que haya hecho de su corazón un altar de ídolos y que, después de haber colocado a su paso piedras de tropiezo que lo hagan pecar, consulte al profeta, yo el Señor le responderé según la multitud de sus ídolos” (Ezequiel 14:3-4). Sin embargo, este tropiezo no fue definitivo para el pueblo, pues el profeta también se refirió a la restauración de la nación luego del cautiverio así: “Nunca más te haré oír el ultraje de las naciones; no tendrás que volver a soportar los insultos de los pueblos, ni serás causa de tropiezo para tu nación, afirma el Señor y Dios’»” (Ezequiel 36:15).
El salmista agradecía, por tanto, a Dios, en estos términos: “Tú, oh Dios, me has librado de tropiezos, me has librado de la muerte, para que siempre, en tu presencia, camine en la luz de la vida” (Salmo 56:13). Sin embargo, el Señor mismo se pronunció así sobre este asunto: “Jesús dijo a Sus discípulos: «Es inevitable que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel por quien vienen!” (Lucas 17:1 NBLA). En el Nuevo Testamento ya no solo la idolatría en particular, sino el pecado en general en todas sus formas constituye un tropiezo para el creyente en su seguimiento de Cristo, como ya lo anticipó el profeta en su momento: “… Arrepiéntanse y apártense de todas sus maldades y el pecado no será piedra de tropiezo” (Ezequiel 18:30). Sin embargo, en el Nuevo Testamento, tanto Pablo como Pedro vuelven a utilizar el pasaje ya citado de Isaías en contra de los judíos de su tiempo y de su intento infructuoso de justificarse ante Dios mediante las buenas obras con arreglo a la obediencia a la ley en lo que suele designarse como legalismo: “En cambio Israel, que iba en busca de justicia a través de la Ley, no ha alcanzado esa justicia. ¿Por qué no? Porque no la buscaron mediante la fe, sino mediante las obras, como si fuera posible alcanzarla así. Por eso tropezaron con la «piedra de tropiezo», como está escrito: «Miren, yo pongo en Sión una piedra de tropiezo y una roca que hace caer…” (Romanos 9:31-33). Los judíos, pues, tropezaron en Cristo, la “piedra de tropiezo”, al rechazarlo y al rechazar con Él también su ofrecimiento de perdón y justificación mediante la fe rendida en Él aceptándolo como el Mesías esperado y anunciado en el Antiguo Testamento. Y no solo los judíos, sino los incrédulos en general, como lo establece Pedro acudiendo a esta misma cita de Isaías para ampliar su alcance, así: “Para ustedes los creyentes, esta piedra es preciosa; pero para los incrédulos, «la piedra que desecharon los constructores ha llegado a ser la piedra angular», y también: «una piedra de tropiezo y una roca que hace caer». Tropiezan al desobedecer la palabra…” (1 Pedro 2:7-8). Cristo y su sacrificio expiatorio en la cruz es motivo de tropiezo para judíos y gentiles por igual, al decir del apóstol: “Los judíos piden señales y los que no son judíos buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado. Este mensaje es motivo de tropiezo para los judíos y es locura para los no judíos” (1 Corintios 1:22-23).
En efecto, tanto la mentalidad legalista de los judíos, como la mentalidad ilustrada de la actual sociedad secular, tropieza en Cristo al considerar la noción de expiación de nuestros pecados mediante el sacrificio y derramamiento de sangre llevado a cabo por Cristo en la cruz como algo cruel, salvaje y primitivo, mandado a recoger. Pero, por otra parte, Pablo también recoge la advertencia del Señor Jesús en el evangelio contra los que causan tropiezos dirigiéndose a la iglesia con estas palabras: “Sin embargo, tengan cuidado de que su libertad no se convierta en motivo de tropiezo para los débiles” (1 Corintios 8:9), haciendo alusión a un uso desconsiderado y desafiante de nuestra libertad cristiana que no tenga en cuenta la conciencia de los creyentes demasiado escrupulosos e inmaduros en la iglesia, llevando a cabo acciones que, si bien podríamos llevar a cabo en limpia conciencia; pueden, sin embargo, resultar ofensivas e inconvenientes para los hermanos que nos observan, promoviendo así un ejercicio responsable de nuestra libertad de conciencia. Idea reiterada en Romanos: “Por tanto, dejemos de juzgarnos unos a otros. Más bien, propónganse no poner tropiezos ni obstáculos al hermano” (Romanos 14:13), poniéndose él mismo como ejemplo: “Por nuestra parte, a nadie damos motivo alguno de tropiezo, para que no se desacredite nuestro servicio” (2 Corintios 6:3). Los creyentes debemos, pues, superar los inevitables tropiezos en nuestro andar: tanto las eventuales caídas en pecado, como las ofensas innecesarias a la conciencia de los demás al ejercer nuestra libertad y también comprendiendo y acogiendo los aspectos del evangelio que puedan resultar escandalosos para la mentalidad moderna, pues el evangelio no puede ser despojado de estos aspectos impunemente. Ya lo dijo el Señor: “Jesús, muy consciente de que sus discípulos murmuraban por lo que había dicho, les reprochó: ꟷ¿Esto les causa tropiezo? ¿Qué tal si vieran al Hijo del hombre subir adonde antes estaba?” (Juan 6:61-62). Por lo tanto: “Dichoso el que no tropieza por causa mía” (Mateo 11:6). Después de todo, los tropiezos no tienen la última palabra, sino la conversión a Cristo: “… Arrepiéntanse y apártense de todas sus maldades y el pecado no será piedra de tropiezo… la maldad del impío no le será motivo de tropiezo si se convierte…” (Ezequiel 18:30; 33:12).







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