Es cierto que, como evangélicos encuadrados dentro de la tradición protestante, no compartimos la clasificación y distinción del catolicismo entre “pecados capitales o mortales” y “pecados veniales”, sobre todo por las connotaciones que la palabra “venial” puede tener en cuanto a la tolerancia y laxitud autocomplaciente hacia ciertos pecados que se pueden llegar a considerar como especialmente intrascendentes o triviales ꟷque es lo que evoca la palabra venialꟷ, pasando por alto la inequívoca declaración bíblica en el sentido de que “la paga del pecado [todo pecado y no algunos en particular] es muerte” (Romanos 6:23). Sin embargo y sin perjuicio de lo anterior, la identificación de los llamados “pecados capitales” no deja de ser muy pertinente y necesaria. Miguel de Unamuno, sin ser propiamente un creyente, se refirió a ellos de este modo: “Todo ser humano lleva dentro de sí las siete virtudes y sus siete opuestos vicios capitales: es orgulloso y humilde, glotón y sobrio, rijoso y casto, envidioso y caritativo, avaro y liberal, perezoso y diligente, iracundo y sufrido. Y saca de sí mismo lo mismo al tirano que al esclavo, al criminal que al santo, a Caín que a Abel”, sentencia corroborada por el teólogo R.C. Sproul al decir que: “Existe una línea estrecha entre la maldad y la nobleza. Los siete pecados capitales no son sino siete aspiraciones creadas que se han pervertido. Son siete virtudes benditas que han llegado a ser siete distorsiones mortales. La autoestima se corrompe y se convierte en orgullo; la búsqueda del bienestar material cruza el límite y llega a ser codicia; la necesidad de intimidad personal degenera en lujuria; el dolor se convierte en ira y el hambre en glotonería. La admiración y el honor son manchados por la envidia y nuestra necesidad de descanso se rinde a la pereza”. El orgullo marcha siempre al frente de todos los demás y abre, pues, la lista, y las advertencias contra él en la Biblia son muy numerosas, dentro de las cuales podemos destacar las siguientes: “Tras el orgullo viene la destrucción; tras la altanería, el fracaso” (Proverbios 16:18); “… Por eso dice la Escritura: «Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes»” (Santiago 4:6), citada también luego por el apóstol Pedro: “… Revístanse todos de humildad en su trato mutuo, porque: «Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes»” (1 Pedro 5:5).
La avaricia o la codicia lo sigue de cerca y las advertencias y condenaciones bíblicas hacia ella no se hacen esperar, comenzando por los evangelios: “»¡Tengan cuidado! ꟷadvirtió a la genteꟷ. Absténganse de toda avaricia; la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes»” (Lucas 12:15) ratificado por Pablo en sus epístolas: “Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males. Por codiciarlo, algunos se han desviado de la fe y se han causado muchísimos sinsabores” (1 Timoteo 6:10); al punto de equipararla con la idolatría: “Por tanto, hagan morir todo lo que es propio de la naturaleza terrenal: inmoralidad sexual, impureza, bajas pasiones, malos deseos y avaricia, la cual es idolatría” (Colosenses 3:5). La envidia, a su vez, no es menos grave, en la medida en que tiene un potencial único para quitarnos la paz interior y arrebatarnos la alegría y la satisfacción del contentamiento y el estímulo que la saludable admiración tiene para impulsarnos a la sana imitación, la autosuperación y la excelencia, pues: “El corazón tranquilo da vida al cuerpo, pero la envidia carcome los huesos” (Proverbios 14:30). Además, es fuente de conflicto y si no se le refrena y combate, es también terreno abonado para toda clase de maldades: “Porque donde hay envidias y rivalidades, también hay confusión y toda clase de acciones malvadas” (Santiago 3:16). Por eso el apóstol Pablo nos exhorta a que: “No dejemos que la vanidad nos lleve a provocarnos y a envidiarnos unos a otros” (Gálatas 5:26), echando a perder la unidad fraternal a la que la iglesia está llamada. En cuanto a la ira, Pablo también cita el salmo 4:4 complementándolo de este modo: “«Si se enojan, no pequen». No permitan que el enojo les dure hasta la puesta del sol” (Efesios 4:26), lo cual denota que el enojo o la ira no siempre es pecaminoso, pero con frecuencia termina siéndolo. Viene aquí al caso el refuerzo mutuo que estos pecados tienen entre sí, pues como alguien lo dijera, el enojo es lo que más nos mete en problemas, pero el orgullo es lo que nos mantiene allí. Santiago añade una importante consideración al respecto que no debemos pasar por alto: “pues la ira humana no produce la vida justa que Dios quiere” (Santiago 1:20). Finalmente en Proverbios leemos que: “El sabio domina su enojo; el tonto no controla su violencia” (Proverbios 14:29 TLA).
Avanzando a la lujuria, ésta puede conducirnos fácilmente a la inmoralidad sexual y el Señor elevó la exigencia al respecto al afirmar que no solo la acción, sino el deseo lujurioso es en sí mismo pecado: “Pero yo digo que el que mira con pasión sexual a una mujer ya ha cometido adulterio con ella en el corazón” (Mateo 5:28 NTV), algo que, aunque sea menos común, se aplica no solo a la generalidad de los varones, sino también a las mujeres, sobre todo en nuestra época sexualmente desinhibida. Sin ser necesariamente el pecado más grave, de todos modos hay advertencias puntuales en contra de ella que dejan ver que no será nunca un pecado de poca monta, como lo indica el apóstol: “Huyan de la inmoralidad sexual. Todos los demás pecados que una persona comete quedan fuera de su cuerpo; pero el que comete inmoralidades sexuales peca contra su propio cuerpo” (1 Corintios 6:18), quien concluye un poco después: “La voluntad de Dios es que sean santificados; que se aparten de la inmoralidad sexual; que cada uno aprenda a controlar su propio cuerpo de una manera santa y honrosa, sin dejarse llevar por los malos deseos como hacen los paganos, que no conocen a Dios” (1 Tesalonicenses 4:3–5). La gula, a la que no se le concede la importancia del caso en vista del aumento de la obesidad mórbida en el mundo moderno, también es seria, como se deduce de los siguientes pasajes: “No te juntes con los que beben mucho vino ni con los que se hartan de carne, pues borrachos y glotones, por su indolencia, acaban harapientos y en la pobreza” (Proverbios 23:20–21); “Esa gente va a terminar en el infierno. Vive sólo para comer, y está orgullosa de lo que hace, cuando en realidad debería sentir vergüenza…” (Filipenses 3:19 TLA). De ahí el siguiente consejo: “Si encuentras miel, no comas más de la cuenta, no sea que de mucho comer la vomites” (Proverbios 25:16 DHH), que nos recuerda desórdenes alimenticios actuales como la bulimia y la anorexia. Terminamos con la pereza, denunciada con especialidad en el libro de Proverbios con estos tres botones de muestra: “¡Anda, perezoso, fíjate en la hormiga! ¡Fíjate en lo que hace y adquiere sabiduría!…” (Proverbios 6:6–11); “El perezoso codicia y no satisface sus anhelos; el diligente prospera en todo lo que anhela” (Proverbios 13:4) y finalmente: “La pereza conduce al sueño profundo; el holgazán pasará hambre” (Proverbios 19:15).







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