En la Biblia la palabra “vino” es traducción de varias palabras hebreas y griegas para denotar las distintas clases en el proceso de elaboración de bebidas embriagantes resultantes de la vid. Como tal, ha sido siempre un ingrediente básico de la dieta alimenticia mediterránea y su simbolismo es muy ilustrativo en las Escrituras, comenzando porque, junto con el pan, simbolizaban la comida como un todo. Las referencias al vino son, por tanto, favorables en la abrumadora mayoría de casos, en línea con lo declarado acerca de él en el salmo 104 como una de las bendiciones de Dios en la naturaleza: “Haces que crezca la hierba para el ganado y las plantas que la gente cultiva para sacar de la tierra su alimento: el vino que alegra el corazón humano, el aceite que hace brillar el rostro y el pan que sustenta la vida” (Salmo 104:14-15), en donde la alegría que produce se refiere, como es obvio, a sus efectos embriagantes. Por eso, en relación con una de sus variedades en el proceso de fermentación, la expresión hebrea que se traduce habitualmente al español como “mosto” o “vino nuevo”, no hay en realidad fundamento para, como lo pretenden algunos exégetas, afirmar que en estos casos no es una bebida fermentada, pues los numerosos textos en que aparecen estas expresiones lo refutan. En realidad, la Biblia solo condena los excesos en su consumo y, por extensión, el consumo de toda sustancia que conduzca a estados alterados de conciencia que nos impidan estar sobrios y es en este contexto que deben entenderse todas las advertencias al respecto: como una condenación, no de su uso, sino de su abuso. Como confirmación de esto, si el vino y las bebidas alcohólicas fueran por sí mismas malas, el Señor no habría convertido el agua en vino en las bodas de Caná en su primer milagro registrado en los evangelios, ni habría instituido la Cena del Señor con vino. Lo que la Biblia condena son los excesos que dan lugar a este tipo de escenas: “El vino lleva a la insolencia y la cerveza al escándalo; ¡nadie bajo sus efectos se comporta sabiamente!” (Proverbios 20:1), advertencia ampliada en detalle un poco más adelante cuando dice: “¿De quién son los lamentos? ¿De quién los pesares? ¿De quién son los pleitos? ¿De quién las quejas? ¿De quién son las heridas gratuitas? ¿De quién los ojos morados? ¡Del que no suelta la botella de vino ni deja de probar licores!…” (Proverbios 23:29-35).
Si bien en el resto de casos, el vino es mencionado favorablemente en las Escrituras en general y en el evangelio en particular, existe una salvedad adicional por la que también evoca el juicio de Dios contra los enemigos de su causa, tanto en medio de la historia humana, como al final de ella, con la figura del lagar: “¿Por qué están rojos tus vestidos, como los del que pisa las uvas en el lagar? «He pisado el lagar yo solo; ninguno de los pueblos estuvo conmigo. Los he pisoteado en mi enojo; los he aplastado en mi ira. Su sangre salpicó mis vestidos, y me manché toda la ropa. ¡Ya tengo planeado el día de la venganza! ¡El año de mi redención ha llegado!” (Isaías 63:2-4). Su asociación aquí con la sangre explica también que el Señor lo hubiera escogido para hacer referencia en la Cena del Señor a su sangre derramada en la cruz por nuestros pecados. Esto en lo que tiene que ver con el proceso inicial de extracción del jugo de la uva. Pero también su proceso de fermentación sirve para formular advertencias, como la dirigida a Moab: “»Moab ha vivido en paz desde su juventud; ha reposado como el vino. No ha pasado de vasija en vasija ni ha ido jamás al exilio. Por eso conserva su sabor y no pierde su aroma” (Jeremías 48:11), indicando que, si bien la aflicción no es deseable, cuando tiene lugar es reveladora y purificadora, pues estas palabras se refieren al hecho de que, mientras que las naciones circundantes sufrían la invasión y el exilio, Moab permanecía segura en su ubicación apartada, como un vino que se ha dejado para que se asiente, pero no se ha trasvasado luego varias veces a odres o envases nuevos, como debería, para purificarlo y dejar el sedimento y la turbiedad atrás. Justamente, en relación con los diferentes pasos en el proceso de fermentación encontramos la conocida declaración del Señor Jesucristo en el evangelio que dice: “Nadie remienda un vestido viejo con un retazo de tela nueva, porque el remiendo fruncirá el vestido y la rotura se hará peor. Ni tampoco se echa vino nuevo en recipientes de cuero viejo. De hacerlo así, se reventará el cuero, se derramará el vino y los recipientes se arruinarán. Más bien, el vino nuevo se echa en recipientes de cuero nuevo y así ambos se conservan” (Mateo 9:16-17). En efecto, el evangelio es una novedad tan marcada y contrastante con el judaísmo de la época que no puede ser contenido por él sin traicionarlo en el proceso.
Paradójicamente, el Nuevo Testamento condena la embriaguez producto de su abuso, pero exalta y recomienda, como sustituto, otra clase de “embriaguez”, la producida por el Espíritu Santo: “No se emborrachen con vino, que lleva al desenfreno. Al contrario, sean llenos del Espíritu” (Efesios 5:18), aludiendo, por una parte, a la alegría que procede del fruto del Espíritu en la vida de la iglesia, y por otra, al episodio de Pentecostés, en el cual, luego de ser bautizados y llenos del Espíritu Santo, los discípulos comenzaron a hablar en otras lenguas de manera milagrosa, generando en algunos la siguiente reacción como explicación de lo que estaba sucediendo: “Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto” (Hechos 2:13 RV60), lo cual es una acusación de estar ebrios, como queda claro en la refutación que Pedro hace de ella: “Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo… estos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día” (Hechos 2:14-15 RV60). En este orden de ideas, el vino figura expresamente entre las bendiciones futuras: “Sobre este monte el Señor de los Ejércitos preparará para todos los pueblos un banquete de manjares especiales. Un banquete de vinos añejos, las mejores carnes y vinos selectos” (Isaías 25:6), y los profetas enseñaban ya en su momento que en los tiempos de la restauración posterior al exilio se verían alegrados por un vino sumamente copioso: “«Vienen días», afirma el Señor, «en los cuales el que ara alcanzará al segador y el que pisa las uvas, al sembrador. Los montes destilarán vino dulce, el cual correrá por todas las colinas” (Amos 9:13), pues: “Las parcelas se llenarán de grano; los lagares rebosarán de vino nuevo y de aceite” (Joel 2:24). Un vino de primera calidad, ya que: “Echarán renuevos, como la vid, y serán tan famosos como el vino del Líbano” (Oseas 14:8), siempre en el marco de la gracia de Dios para con Su pueblo, conforme a la invitación que dice: “… ¡Vengan a comprar y a comer los que no tengan dinero! Vengan, compren vino y leche sin pago alguno” (Isaías 55:1). De hecho, para los rabinos, el vino de la era actual solo es un abrebocas de la degustación del vino de la era venidera y en este sentido es muy llamativo que el Señor, luego de instaurar la Cena, dijera que: “… no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios” (Lucas 22:18).







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