Los temas de nuestro presente estudio bíblico deben considerarse contra el trasfondo de dos realidades reveladas y establecidas plenamente en la Biblia y en la experiencia que nadie puede negar: la soberanía de Dios y la responsabilidad humana. En relación con la última de ellas F. Leroy Forlines decía que: “Al margen de la cantidad de influencia que pueda ejercerse sobre la voluntad o de la ayuda que se le pueda prestar, las personas somos responsables de nuestras acciones en un sentido muy real. Esto es lo que significa ser persona”. Y el hecho de ser personas creadas a la imagen y semejanza de Dios implica el ejercicio de nuestro albedrío o capacidad de decisión para poder así responder y dar cuenta de nuestros actos con arreglo a la ley de Dios revelada en nuestras conciencias, pues: “De hecho, cuando los no judíos, que no tienen la Ley, cumplen por naturaleza lo que la Ley exige, ellos son Ley para sí mismos, aunque no tengan la Ley. Estos muestran que llevan escrito en el corazón lo que la Ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan” (Romanos 2:14-16), en los mandamientos expresos dados por Dios en Su Palabra: “Miren, hoy les doy a elegir entre la bendición y la maldición: bendición, si obedecen los mandamientos que yo, el Señor su Dios, hoy les mando obedecer; maldición, si desobedecen los mandamientos del Señor su Dios y se apartan del camino que hoy les mando seguir, y se van tras dioses extraños que jamás han conocido” (Deuteronomio 11:26-29) y en la regla de oro en la Biblia: “Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la Ley y los Profetas” (Mateo 7:12), pues la moralidad no tendría sentido sin la existencia del albedrío. Así, la caída en pecado de nuestros primeros padres no nos despojó de nuestra responsabilidad, pero sí trajo sobre toda la humanidad una nefasta consecuencia.
Ésta no es otra que habernos despojado de nuestra libertad, para sumirnos a todos en lo que el Nuevo Testamento describe como una esclavitud del pecado: “ꟷLes aseguro que todo el que peca es esclavo del pecado ꟷafirmó Jesúsꟷ” (Juan 8:34); “Sabemos, en efecto, que la Ley es espiritual. Pero yo soy meramente humano y estoy vendido como esclavo al pecado” (Romanos 7:14). Por tanto, después de la caída seguimos siendo responsables, pero ya no somos libres. Responsables, porque seguimos teniendo una voluntad autodeterminada y poseyendo albedrío o capacidad de decisión, como se lo dijo Dios a Caín: “Entonces el Señor le dijo: «¿Por qué estás tan enojado? ¿Por qué andas cabizbajo? Si hicieras lo bueno, podrías andar con la frente en alto. Pero si haces lo malo, el pecado está a la puerta para dominarte. No obstante, tú puedes dominarlo»” (Génesis 4:6-7). Pero no tenemos libertad porque, elijamos lo que elijamos, aún nuestras mejores decisiones están viciadas por motivos e intenciones pecaminosas, pues al margen de Cristo nunca hacemos las cosas por amor a Dios (el motivo correcto), ni para la gloria de Dios (la intención correcta). En consecuencia, si bien todos los seres humanos somos responsables delante de Dios, no todos los seres humanos somos libres. Dicho de otro modo, en estricto rigor no existe la llamada “libertad humana”. Existe la responsabilidad humana, pues la libertad como tal es exclusivamente cristiana, obtenida por los creyentes que han conocido y creído en Cristo ꟷpues Él es la verdadꟷ, colocando su fe y su confianza en Él: “y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres… Así que, si el Hijo los libera, serán ustedes verdaderamente libres” (Juan 8:32, 36); “Les hablo así, hermanos, porque ustedes han sido llamados a ser libres; pero no se valgan de esa libertad para dar rienda suelta a sus pasiones. Más bien sírvanse unos a otros con amor” (Gálatas 5:13); “Hablen y pórtense como quienes han de ser juzgados por la ley que nos da libertad” (Santiago 2:12) y no algo de lo que disfruta toda la humanidad.
Es por eso que Paul La Cour acertó cuando dijo: “No existe libertad. Existe liberación”. En conexión con esto, el concepto de “liberación” tiene en la Biblia prioridad sobre el de “libertad”, lo cual explica todas las gestas liberadoras que Dios llevó a cabo a favor de Israel en el Antiguo Testamento, ilustrado con especialidad, pero no con exclusividad, en la liberación de Su pueblo llevada a cabo por Dios por intermedio de Moisés de la esclavitud en Egipto o del exterminio al que quería someterlos el malvado Amán bajo el reinado del rey persa Asuero, como se lo dijo Mardoqueo a Ester: “Si ahora te quedas absolutamente callada, de otra parte vendrán el alivio y la liberación para los judíos, pero tú y la familia de tu padre perecerán. ¡Quién sabe si precisamente has llegado al trono para un momento como este!»” (Ester 4:14), así como las prescripciones del año sabático: “Si tu hermano hebreo, hombre o mujer, se vende a ti y te sirve durante seis años, en el séptimo año lo dejarás libre. Y cuando lo liberes, no lo despidas con las manos vacías” (Deuteronomio 15:12-13), y las del año de jubileo: “El año cincuenta será declarado santo, y se proclamará en el país la liberación de todos sus habitantes. Será para ustedes un jubileo y cada uno volverá a su heredad familiar y a su propio clan” (Levítico 25:6), encontrando su punto culminante en el anuncio del profeta al describir el ministerio de Cristo en el evangelio en estos términos: “El Espíritu del Señor y Dios está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas noticias a los pobres. Me ha enviado a sanar los corazones heridos, a proclamar libertad a los cautivos y la liberación de los prisioneros” (Isaías 61:1). Y es también a la luz de todo lo anterior que, si existe alguien plenamente dotado para responder con solvencia por sus actos y salvar de manera más que satisfactoria su responsabilidad en todos los asuntos de la vida, es el cristiano liberado por Cristo y consciente como el que más de lo dicho por Pablo: “Sabemos que nuestra vieja naturaleza fue crucificada con él para que nuestro cuerpo pecaminoso perdiera su poder, de modo que ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado” (Romanos 6:6)







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