Las buenas relaciones y las influencias asociadas a ellas no es algo que la Biblia condene de manera necesaria, pues en la providencia y soberanía de Dios, éstas pueden llegar a ser instrumentos en Sus manos para favorecer a los suyos en ejercicio de Su bondad en respuesta a sus oraciones, pues no debemos olvidar que Dios puede intervenir en el mundo de manera directa y manifiestamente milagrosa, como la Primera Causa de todo lo que ocurre; o indirectamente, sirviéndose de las causas segundas que operan normalmente en el mundo, que es la manera habitual en que lo hace. Así, pues, el problema no es la confianza relativa que podamos poner en quienes tienen riqueza, poder e influencia en el mundo, sino la confianza absoluta en ellos que relega y excluye a Dios del cuadro, como la que Israel depositó en el pagano imperio egipcio del que Dios los había rescatado, denunciada así por el profeta: “¡Ay de los que descienden a Egipto en busca de ayuda, de los que se apoyan en caballos, de los que confían en la multitud de sus carros de guerra y en la gran fuerza de sus jinetes, pero no toman en cuenta al Santo de Israel ni buscan al Señor! Sin embargo, el Señor es también sabio y traerá calamidad; y no se retractará de sus palabras. Se levantará contra la dinastía de los malvados, contra los que ayudan a los malhechores. Los egipcios, en cambio, son simples mortales y no dioses; sus caballos son carne y no espíritu. Cuando el Señor extienda su mano, tropezará el que presta ayuda y caerá el que la recibe. ¡Todos juntos perecerán!” (Isaías 31:1-3)
Los que confían en sus carros de guerra
"No podemos confiar en instancias humanas, por poderosas que sean o parezcan, a costa de nuestra confianza en Dios y en contravía con Su Palabra”






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