¿Qué son y qué significan?
El título de nuestro artículo del mes tiene que ver con dos seres o criaturas enigmáticas mencionadas y descritas en el libro poético de Job en los capítulos 40 y 41, que se han prestado para mucha especulación en cuanto a saber específicamente a qué seres se refiere y sus posibles significados teológicos. En el reciente contexto conservadurista del creacionismo de la tierra joven, que prefiere siempre las interpretaciones literales ꟷincluyendo los seis días de la creación entendidos como días literales de 24 horasꟷ, y asigna a la creación una antigüedad de tan sólo poco más o menos una decena de miles de años, ha surgido una interpretación inédita a lo largo de la historia del pensamiento cristiano que afirma que Leviatán es, por su descripción poética en el libro de Job, un dinosaurio marino, posiblemente un plesiosaurio o un mosasaurio, mientras que Behemot podría ser, a su vez, un brontosaurio. El hecho de que Job pueda describirlos como si fuera un testigo de primera mano de su existencia, se debe a que estos intérpretes suelen afirmar que dinosaurios y humanos coexistieron, y que Job podría haber conocido a estos animales. Sin embargo, esta interpretación no tiene apoyo en la historia de la exégesis judía o cristiana clásica y es exclusiva del siglo XX en adelante y se encuentra amarrada únicamente a este tipo de creacionismo.
De hecho, el excesivo literalismo al interpretar un lenguaje claramente poético es uno de los señalamientos que se le hacen a este tipo de interpretaciones en las que, ciertamente, si se interpretan literalmente estas descripciones usualmente hiperbólicas (es decir, intencionalmente exageradas) y simbólicas de la literatura sapiencial, pues no es difícil ajustarlas y asociarlas con criaturas prehistóricas de gran tamaño, pero estas interpretaciones no son aceptadas por el mundo académico en general que considera que la identificación con dinosaurios carece de base filológica, histórica y arqueológica. Ahora bien, el mundo académico admite una posible interpretación literal, pero no asociada a dinosaurios prehistóricos, sino a animales coexistentes con el ser humano a lo largo de la historia, como lo serían en este caso el gran cocodrilo del Nilo y el imponente hipopótamo a los que harían alusión, en su orden, el Leviatán y el Behemot. Ambos, por supuesto, poéticamente exagerados. Existen algunas interpretaciones históricas que identifican a Behemot con el elefante, pero son minoritarias y aisladas.
Lo cierto es que a lo largo de la historia bíblica, judía y cristiana, Leviatán y Behemot han recibido interpretaciones muy variadas, desde las literales hasta las escatológicas, pasando por toda una gama de interpretaciones entremezcladas, superpuestas y simultáneas que no se excluyen necesariamente entre sí, de carácter simbólico, mitológico y teológico indistintamente que encuentran sustento en la naturaleza poética y enigmática de los textos donde aparecen, que en el caso del Leviatán incluyen también menciones en dos salmos y en un capítulo del profeta Isaías y no solo en el libro de Job, como sucede con Behemot. Partiendo de sus más aceptadas interpretaciones literales y sin tener, por fuerza, que negarlas; los estudiosos pasan a las interpretaciones mitológicas propias del contexto del antiguo Oriente, como si su inclusión en la Biblia hiciera alusión a esas imágenes míticas de las culturas vecinas de Israel en las que Leviatán representa al Caos primitivo, un caos invocado incluso por quienes, como el profeta mercenario Balán, se prestan para maldecir al pueblo de Dios, como se deduce de Job 3:8 donde se menciona también a Leviatán, pero contra el cual Dios siempre muestra su dominio y su soberanía. En este sentido es evidente que en Isaías 27:1, donde aparece como una “serpiente tortuosa”, o una especie de dragón marino, Leviatán es claramente un símbolo del mal derrotado por Dios. Si bien Behemot comparte en mucha menor proporción estas interpretaciones mitológicas, en algunas culturas antiguas es considerado como el monstruo terrestre, contraparte de Leviatán. Asimismo, en algunas tradiciones judías tardías, ambos representan las fuerzas primordiales de tierra y mar.
Las interpretaciones simbólicas y teológicas que suelen ser compartidas por rabinos y teólogos cristianos se refieren, pues, al Leviatán como el símbolo del mal caótico que amenaza al pueblo de Dios y es muy probable que en el contexto de los profetas, Leviatán represente concretamente a imperios opresores como Egipto y Babilonia. Así, por extensión, Leviatán sería un emblema del orgullo indomable y destructivo de la humanidad que se resiste infructuosamente a Dios. Aunque con menos respaldo, Behemot también podría entrar en esta categoría para reforzar, en el libro de Job, esta misma idea. De hecho, en la literatura judía apocalíptica (como el primer libro de Enoc y el cuarto libro de Esdras) y en comentarios rabínicos posteriores, Behemot gobierna la tierra, mientras que Leviatán gobierna el mar, pero al final de los tiempos ambos serán derrotados por Dios y se convertirán en un banquete mesiánico para los justos, en un claro símbolo de la victoria final del bien sobre el mal.
En el cristianismo, esta interpretación se reformula un poco de una forma más concreta, de modo que Leviatán es identificado con Satanás o con un dragón escatológico paralelo al que se revela en Apocalipsis 12 y cuya derrota prefigura igualmente la derrota final del diablo y del mal. Ciertamente, la evidencia documental en los Padres de la Iglesia deja claro que en el cristianismo antiguo Leviatán es asociado con el demonio, y a manera de botones de muestra, podemos señalar que Agustín lo interpreta como una figura del diablo que atrapa con sus fauces y Gregorio Magno lo ve como la fuerza espiritual del mal que solo Cristo puede derrotar. A su vez, Behemot es visto como la corrupción terrenal o los placeres sensuales que buscan dominar al hombre. En conexión con todo esto, en el judaísmo rabínico Leviatán representa la soberbia, la violencia y la arrogancia de las naciones y Behemot el apetito desordenado, la carnalidad y la fuerza sin control.
En el contexto académico actual encontramos algunos matices diferentes propios de la interpretación existencial moderna en cuyo marco ambos, Leviatán y Behemot, representan lo que excede los límites de la finitud y la fragilidad humanas frente al misterio y poder ilimitado de Dios, como “símbolos de lo indomable” en la creación, utilizados por Dios para mostrarle a Job su pequeñez, pero no para desanimarlo, sino para ratificar su confianza en que Dios es más grande que todo y se halla por encima de cualquier realidad de este mundo que pudiera abrumar al patriarca y amenazar con aplastarlo. En este contexto siguen, entonces, funcionando como imágenes del caos y del sufrimiento inexplicable, pero sobre el cual Dios tiene control soberano, imponiéndose al final sobre ellos y eliminándolos del horizonte vital de la experiencia humana en el escenario de la nueva creación establecida por Cristo en su segunda venida. Como lo dice Alfonso Ropero: “El autor del libro de Job cita ambos animales en su poema como emblemas de la desproporción entre la sabiduría de Yahvé y la de la especie humana”.
Cabe señalar que Thomas Hobbes tituló su obra más conocida con el nombre de Leviatán porque quiso utilizar la figura bíblica del Leviatán como metáfora del Estado absoluto, poderoso y temible, capaz de imponer orden en medio del caos social. Este título no fue, pues, casual, sino que Hobbes lo escogió de forma calculada y premeditada con una intención política y simbólica muy precisa, aludiendo al poder irresistible simbolizado en esta imponente y aterradora criatura ante la cual ningún ser humano podría prevalecer. Hobbes ve en esa imagen el símbolo perfecto del Estado soberano, es decir un poder tan grande y respetado que ninguna persona o grupo puede desafiarlo sin caer en la anarquía. Sin embargo, Hobbes veía al Estado simbolizado con la figura de Leviatán como una fuerza peligrosa, pero esencialmente benigna, pues sería un antídoto contra el caótico y anárquico “estado de naturaleza”, pues para Hobbes, sin un poder superior que unifique y contenga al hombre, la vida sería “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”, pues en ella reinaría la guerra de todos contra todos.
Por eso el Estado debería ser lo suficientemente fuerte para evitar ese caos, razón que explica por qué escogió representarlo con Leviatán, una criatura tan poderosa que, en su caso, y al contrario del simbolismo bíblico, Leviatán impediría el desorden y garantizaría la paz civil. Leviatán sería para Hobbes algo así como el “hombre artificial”, compuesto por los ciudadanos, pero con personalidad propia. No por nada en la portada original de la obra el cuerpo del Leviatán es un gigante formado por miles de personas pequeñas (los ciudadanos), mientras que su rostro es el del soberano que sostiene una espada y un báculo que representan el poder civil y el religioso respectivamente en lo que se conoce desde entonces como el “contrato social” por el que los individuos ceden su poder al soberano para formar un ente gigantesco que gobierna y protege. Así, el Leviatán de Hobbes comparte con el Leviatán de la Biblia su poder temible e intimidatorio, pero no la condena bíblica sobre este poder contrario al bien, la verdad y la justicia asociados a Dios.
El mensaje implícito en el Leviatán de Hobbes es, entonces, que “solo un poder tan grande como el Leviatán puede salvarnos de la violencia natural del ser humano”, reconociendo de este modo la condición caída del ser humano que debe ser socialmente refrenada, pero no la realidad divina que está por encima del poder del Estado y lo fundamenta y respalda cuando este poder es benigno, pero lo combate, juzga y condena cuando este poder se pervierte con frecuencia y se constituye así en el Leviatán bíblico que se opone a Dios encarnado en gobiernos totalitarios, despóticos e injustos como el de las monarquías europeas que dieron impulso y justificaron la revolución francesa y la promulgación de la Declaración universal de los derechos del hombre como protección y salvaguarda contra los poderes despóticos absolutos de los poderosos de este mundo. De este modo, Hobbes toma el Leviatán bíblico y lo distorsiona para convertirlo, no en un monstruo destructivo, sino protector, racional, creado por los ciudadanos para su propia supervivencia y la convivencia social justa, es decir un poder aterrador, pero orientado a mantener la paz y no a devorar a los súbditos en una imagen tal vez demasiado benigna e ingenua de los poderes humanos impuestos sobre los pueblos a lo largo de la historia.







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