¿Derribando fortalezas?
Si bien es cierto que la fe es descrita en la Biblia como una “batalla” y los inspirados escritores del Nuevo Testamento hablan de ella con frecuencia en términos beligerantes, dando a entender claramente que la fe implica lucha y conflicto contra los poderes que buscan imponerse en el mundo en oposición y en sutil o abierta rebeldía contra Dios y Su causa; el polémico movimiento de “guerra espiritual” es un desarrollo muy particular de este aspecto de la revelación bíblica que se dio dentro de la iglesia protestante evangélica de corte pentecostal en la segunda mitad del siglo XX, en el contexto norteamericano de los Estados Unidos, desde el que comenzó a irradiarse a América Latina y el mundo en general y, aunque ha perdido mucha fuerza (y credibilidad), sigue vigente en los contextos eclesiásticos herederos de aquellos en los que surgió originalmente. En su momento estuvo muy vinculado al igualmente controvertido movimiento de crecimiento de iglesias al que se designó técnicamente como “iglecrecimiento” y al nombre de Peter Wagner (también uno de los pioneros de otro movimiento cuestionado, como lo es el “movimiento apostólico”) con el Seminario Teológico Fuller como plataforma divulgativa, a quien se unieron otros propagandistas como Ed Silvoso, John Dawson, y la “profetisa” del movimiento: Cindy Jacobs.
Comencemos, entonces, por precisar que las bases del movimiento tienen un legítimo fundamento bíblico en múltiples pasajes del Nuevo Testamento, entre los que se destacan 2 Corintios 10:3-5 y Efesios 6:10-18. Con base en estos pasajes los promotores y divulgadores del movimiento desarrollaron toda una estrategia asociada al movimiento de crecimiento de la iglesia, que incluyó prácticas inéditas y extrañas al Nuevo Testamento, tales como la llamada “intercesión estratégica” y el “mapeo” o la “cartografía espiritual”, con el propósito de confrontar los que también se designaron como “demonios territoriales”. Ahora bien, hay que decir que la iglesia siempre ha sido consciente de que este mundo caído es el escenario de una lucha espiritual literal entre Dios y los demonios rebeldes, que se traduce y refleja en los acontecimientos del mundo físico y natural en el que nos desenvolvemos como seres de carne y hueso, y esas ideas no son de hoy ni mucho menos.
Pero estos demonios o “espíritus territoriales” no son más que una extrapolación y generalización no autorizada ni suficientemente justificada, de la revelación dada en el libro de Daniel acerca del arcángel Miguel como el defensor de la nación de Israel, frente a las hostilidades contra ellos por parte de los grandes imperios que interactuaron con ellos y se sucedieron en la antigüedad, de los que también se afirma (o por lo menos, de los sucesivos imperios persa y griego, detrás de los cuales, ciertamente, se encontraban poderosas entidades espirituales identificadas en el libro de Daniel como el “príncipe de Persia” y el “Príncipe de Grecia” respectivamente), y se presume que todos ellos tendrían, entonces, detrás a una poderosa entidad espiritual a través de cuyo poder sobrenatural estos imperios impondrían su hegemonía en el mundo antiguo. Así, los demonios no solo afectarían a los individuos, sino que ejercerían, a semejanza de lo sucedido con los imperios de la antigüedad, un dominio generalizado sobre ciudades, regiones o naciones, controlando estructuras sociales, económicas, políticas y culturales.
Así, pues, el “mapeo” o la “cartografía” espiritual buscaría identificar las “puertas de entrada” y del posterior dominio de los demonios en lugares específicos, investigando los pecados históricos de estos territorios, los ídolos que se hubieran adorado allí en el pasado, los pactos satánicos que pudieran estar vigentes y las prácticas ocultistas características de estos territorios. Con base en esta información disponible únicamente para los especialistas o los especialmente ungidos y con un discernimiento aguzado, la iglesia organizaría una suerte de “intercesión estratégica” mediante oración y ayuno dirigidos específicamente contra esas fortalezas espirituales para “atar al hombre fuerte” (expresión tomada de Marcos 3:27). Adicionalmente, se emprenderían “tomas de posesión espiritual” de estos lugares mediante “marchas” o “caminatas” de oración y actos proféticos para “reclamar” territorios para Cristo. No sobra decir que Peter Wagner, como misionero que fue, veía estás prácticas como herramientas clave para el evangelismo y el crecimiento de la iglesia, especialmente en contextos de resistencia cultural al cristianismo como suelen ser los campos de misiones.
Ahora bien, no puede negarse que la Biblia sí habla de guerra espiritual en términos de someternos a Dios y “resistir al diablo”, de permanecer firmes en la fe, de usar armas espirituales tales como la verdad, la justicia, el evangelio, la fe, la salvación, la Palabra y la oración, todas ellas representadas en la armadura del creyente descrita en el capítulo 6 de Efesios. Pero sin perjuicio de lo anterior, lo cierto es que el movimiento de guerra espiritual introdujo elementos más especulativos, como jerarquías demoníacas específicas sobre naciones, nombres de espíritus, rituales de confrontación, actos simbólicos, etc., que no aparecen explícitamente en las Escrituras ni se encuentran autorizados en ellas, y en el proceso introdujo el riesgo de enfatizar y dar tanto protagonismo a Satanás y sus demonios, que terminan confiriéndoles un poder casi paralelo y similar al de Dios, fomentando en la iglesia las paranoias casi patológicas que se encuentran detrás de todas las teorías de conspiración, y haciendo de paso de la “batalla de la fe” un ejercicio especializado.
De la mano de este movimiento se terminan fomentando también prácticas, no solo extrabíblicas, sino también supersticiosas y mágicas más propias del paganismo, tales como las declaraciones casi rituales y litúrgicas para “resistir”, “proclamar”, “reclamar” y “decretar” que fomentan de paso un engañoso, infantil y superficial triunfalismo basado en ellas y sus presuntos y garantizados resultados, bajo la idea de que la iglesia puede dominar atmósferas espirituales a voluntad. Una idea que puede desembocar, por una parte, en frustración y desencanto o, por otra, en abusos manipuladores por parte de sus dirigentes, bien intencionados pero poco ilustrados, que terminan priorizando el “atar demonios” sobre la predicación del evangelio, de la moralidad cristiana, de la santidad de vida y del laborioso discipulado y educación teológica de los creyentes.
Sin embargo, el movimiento de guerra espiritual, a pesar de sus cuestionables enfoques y desarrollos, fomentó en buena hora un renovado interés en la oración e intercesión fervorosa y comunitaria y despertó las conciencias de muchos creyentes que habían caído víctimas del naturalismo racionalista de la ciencia moderna, a la realidad del mundo espiritual revelado en la Biblia y en la experiencia histórica de la iglesia, ayudándoles a recuperar el sentido y la convicción cristiana de que el cristianismo no es solo una ética racional, sino que involucra una dimensión espiritual invisible pero muy real. Y de paso, en el campo misionero, sensibilizó a los cristianos que se desenvuelven en este campo sobre el aspecto determinante que pueden representar los factores culturales, históricos y espirituales que pueden dificultar la recepción del evangelio por parte de una comunidad dada, pues el cristianismo clásico también ha corrido el riesgo de quedar atado a una cultura en particular o de adormecerse y acomodarse, minimizando la realidad del enemigo y reduciendo la fe a un mero racionalismo.
En resumen, la “guerra espiritual” tal y como la entendieron Wagner y sus colegas fue una reinterpretación moderna de un tema bíblico real, pero que al ser llevado al extremo mediante especulaciones sin suficiente fundamento bíblico, cayó en cuestionables excesos, con prácticas no siempre apoyadas en las Escrituras, pasando por alto que la enseñanza bíblica se mantiene más sobria y nos exhorta básicamente a resistir al diablo en nuestras vidas y entornos individuales y personales, perseverando en la obediencia y la santidad a la par con la proclamación del evangelio, confiando en la victoria ya consumada por Cristo en la cruz y en la resurrección, recordando que el ámbito primario de esta batalla es el corazón, la voluntad y la mente de cada persona en el seno de la comunidad de la que forma parte, pues los problemas estructurales propios de las comunidades en los campos de la economía, la cultura y la política son simples multiplicadores exacerbados de las problemáticas individuales de sus miembros, que no cederán si no se trabaja primero en lo individual, pues no podemos esperar a que el todo sea muy diferente a la suma de sus partes.
Podemos concluir, entonces, que la Biblia sí enseña una guerra espiritual, pero más sobria y centrada en Cristo, en la fe y en la obediencia diaria y callada, sin tanto despliegue y aspaviento, a la que el movimiento de la “guerra espiritual” surgida en el contexto del movimiento pentecostal y neopentecostal moderno le añadió una capa de estrategia militarizada (mapeo, decretos, espíritus territoriales), que buscaba explicar por qué ciertos lugares parecían resistentes al evangelio, pero que muchas veces se salió de la base bíblica y terminó fue fomentando nuevas formas de magia y superstición pagana en la iglesia.







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