¿Es absolutamente incondicional?
En mi propio itinerario alrededor de la difícil y siempre controvertida doctrina bíblica de la predestinación, mi primera toma de posición alrededor de ella fue la adopción de la postura arminiana, básicamente debido a que ni entonces ni ahora he estado dispuesto a renunciar al libre albedrío otorgado por Dios a los hombres al crearnos a Su imagen y semejanza, pues en ausencia de él Dios sería un ser oscuro y hasta perverso al responsabilizarnos por nuestros actos, cuando en realidad no tendríamos control sobre ellos al carecer de la facultad de deliberación, elección y decisión que no sería, entonces, más que una farsa y un engaño, pues al final todo lo que hacemos estaría determinado por fuerzas externas y ajenas a nuestra voluntad, en lo que se conoce como determinismo y nuestro destino final y eterno estaría trazado de antemano de manera inapelable y arbitraria, en lo que se conoce como fatalismo.
Así que suscribí, no sin resistencia, el arminianismo, porque el entendimiento de la predestinación por parte de los arminianos, a pesar de que no me sonaba muy convincente, ni desde el punto de vista semántico ni desde el bíblico, dejaba, sin embargo, ileso el libre albedrío y, además, la propaganda popular arminiana me previno contra la postura enfrentada: el calvinismo, al cual presentaba como irracional, contradictorio y peligroso, una especie de “bestia negra” teológica que había que combatir a toda costa si de conservar nuestro libre albedrío se trataba, pues en su pretensión de salvaguardar la soberanía divina en la predestinación, nos despojaba por completo del libre albedrío y nos arrojaba al foso de la desesperación del determinismo y el fatalismo teológico. Así que, aunque el arminianismo nunca me convenció del todo, lo suscribí básicamente porque la alternativa era mucho peor y no estaba dispuesto a aceptarla.
Pero la incomodidad que el arminianismo me generaba desde el punto de vista de la misma semántica asociada al significado más básico, obvio y natural de la palabra “predestinación”, se incrementaba, además, a medida que leía la Biblia y me veía cada vez en más dificultades de ajustarlo a lo que leía en ella en relación con la soberanía de Dios en orden a la salvación y se me antojaba cada vez más forzado, artificial e insostenible. Así que finalmente vencí mi resistencia a considerar siquiera la postura calvinista y acepté estudiarla para ver si la única alternativa disponible (en ese entonces no conocía la tercera opción del molinismo) era tan mala y equivocada como se me había hecho creer. Comencé a estudiarlo con muy bajas expectativas, pero pronto fui descubriendo que sus planteamientos se ajustaban con mucha mayor facilidad a los contenidos de la Biblia como un todo y de forma bastante coherente y que, por lo menos en su versión más matizada y sensatamente moderada, dejaba en pie de manera gratamente sorprendente y contra todo pronóstico el libre albedrío.
Así que acogí el calvinismo con entusiasmo y gran alivio para mi conciencia cristiana al verlo, entonces, con nuevos ojos, como bíblicamente mucho mejor fundamentado y que resolvía mis incomodidades tanto semánticas como bíblicas alrededor del entendimiento arminiano de la predestinación que había profesado previamente, sin despojarme en el proceso del libre albedrío como me habían advertido que lo haría si llegaba a suscribirlo. Además, descubrí que un buen número de los más prestigiosos, inteligentes, preparados, esclarecidos y respetados teólogos que más me habían ayudado y me siguen ayudando en la comprensión más ilustrada y documentada de la Biblia y la cosmovisión cristiana, eran calvinistas.
Sin embargo, al profundizar en el calvinismo y en el acróstico TULIP que resume los cinco puntos principales por los que es conocido, defendidos por la mayoría de calvinistas, empecé a encontrar problemas para suscribir estos cinco puntos tal como se formulaban, planteaban y exponían por un significativo y creciente número de estos admirados calvinistas que se fueron radicalizando cada vez más, apoyados en Agustín de Hipona y en el propio Calvino, hasta despojarnos del libre albedrío en favor de la absoluta soberanía de Dios en la predestinación, amenazando de nuevo mi fe en Cristo, voluntariamente ejercida sin coacciones ni coerciones, con las nubes negras y amenazantes del determinismo y el fatalismo teológicos. En un principio pensé que ésta era una distorsión más bien aislada del calvinismo en lo que ya se designaba como “hipercalvinismo” o calvinismo extremo, pero últimamente se está convirtiendo en una tendencia generalizada entre todos los calvinistas apoyados en los cinco puntos del acróstico, al grado que incluso la versión matizada del calvinismo que me convenció por parte de R. C. Sproul terminó igual de radicalizada.
Sea como fuere, de la mano del propio Sproul (supongo que antes de su radicalización), fui abandonando uno por uno los cinco puntos del calvinismo. El primero que deseché fue la “depravación total” (Total depravation), pues considero que transmite una idea equivocada, pues bíblicamente hablando el ser humano no está “totalmente depravado” al punto de no poder optar voluntariamente por la fe en Cristo si ésta se le presenta de la manera más adecuada y atractiva. En su lugar Sproul propone más bien “Corrupción radical” que me parece más acertado y podría suscribir en la medida en que no implique despojarnos de nuestra capacidad de decisión a favor o en contra de Cristo. Tampoco suscribo la llamada “expiación limitada” (Limited atonement), pues el alcance de la expiación llevada por Cristo en la cruz es suficiente para cubrir los pecados de toda la humanidad sin limitación alguna, aunque no todos se beneficien de ella al resistirse a creer y colocar su confianza en lo hecho por Él a nuestro favor.
En conexión con esto, tampoco suscribo la llamada “Gracia irresistible” (Irresistible grace), porque la experiencia demuestra que, precisamente en ejercicio del libre albedrío, la gracia puede ser resistida y es resistida incluso por los creyentes durante un buen tiempo antes de ceder y decidir creer voluntariamente y sin ser forzados a hacerlo. Prefiero aquí la expresión sugerida también por Sproul de “Gracia eficaz”, pues la experiencia también demuestra que, a pesar de ser resistida en mayor o menor grado, la gracia es finalmente eficaz en conducir a los creyentes a la fe salvadora en Cristo. Queda, pues en pie, la “Perseverancia de los santos” (Perseverance of the saints) que sí suscribo sin reservas en conexión con mi creencia en la doctrina de la seguridad de la salvación, en el entendimiento de que los creyentes, en medio de sus ondulaciones y a pesar de ellas, perseveran en la fe mediante su propia decisión de hacerlo, pero detrás de esto se halla Dios fortaleciéndolos y animándolos para que lo hagan así. Como lo sostienen los calvinistas, Dios nos preserva para que perseveremos en línea con la afirmación de Sproul en el sentido de que: “Creemos que los verdaderos cristianos pueden caer grave y radicalmente. No creemos que puedan caer total y finalmente”.
Y por último, está el punto que da título a este artículo: “Elección incondicional”, que a pesar de ser inconveniente, creo que debemos conservar, pues no encuentro otra expresión mejor para indicar la prioridad, la iniciativa y la garantía de Dios en el proceso al predestinarnos para salvación. Nadie podría discutir el componente de elección que implica la noción de predestinación, pues ésta se define justamente en el diccionario como: “destinar anticipadamente [en el tiempo] algo para un fin”, o mejor todavía: “Dicho de Dios: Destinar y elegir desde la eternidad a quienes por medio de la gracia han de lograr la gloria”. Es decir que la predestinación es una muy particular clase de elección que se lleva a cabo anticipadamente. La Biblia, de hecho, dice que: “Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo… nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo…” (Efesios 1:4-5).
Los calvinistas acuñaron, pues, la expresión “elección incondicional” simplemente para desmarcarse de los arminianos que afirmaban que la elección divina implícita en la predestinación estaba condicionada en un sentido lógico a que nosotros lo eligiéramos a Él, lo cual no era más que un ingenioso pero confuso juego de palabras para eliminar la misma noción de predestinación y trasladar la iniciativa en el proceso a los creyentes, pues Dios en realidad no predestinaría a nadie como iniciativa divina, sino que se limitaría a llevar a cabo el acto segundo de ratificar antes del comienzo del tiempo la decisión de fe a favor de Cristo que los creyentes tomarían en su momento en el tiempo. Es decir que la labor de Dios sería la de un observador pasivo que, en virtud de su presciencia o preconocimiento de lo que ocurriría en el tiempo, simplemente ratificaría las decisiones temporales de los creyentes respecto de Cristo antes de que éstas ocurrieran y nada más. Pero la misma noción de predestinación, unida a la soberanía de Dios, requiere que el que predestina sea el que elige o escoge y no los predestinados.
Los calvinistas también temían que, si la fe era una iniciativa del creyente en la que Dios no tenía ninguna participación activa, existiera el peligro de convertir la fe en un mérito y volver a la doctrina de la justificación por las obras sostenida por Roma. Así, pues, la “incondicionalidad” de la elección, no significaba que los creyentes no tenían que cumplir una condición para ser salvos, de la cual eran responsables, que no es otra que creer; sino que la fe, siendo una condición necesaria para la salvación, no era, sin embargo, la condición más determinante, sino que la previa elección divina sería la condición determinante. En otras palabras los creyentes no creen para luego, con base en esta decisión, ser “predestinados” por Dios, como lo sostenían los arminianos, sino que llegan a creer en su momento, cumpliendo esta condición necesaria para ser salvos, debido a que fueron predestinados por Dios para salvación.
En contra de quienes creen que todos fueron predestinados juega no solo la semántica misma y el significado natural de las palabras predestinación y elección, sino también la experiencia de la iglesia a lo largo de la historia que da amplia cuenta de que no todos creen, y si la predestinación requiere el ejercicio voluntario de la fe en Cristo, es evidente, entonces, que no todos han sido predestinados. Además, si bien ya he dicho que rechazo la depravación total que afirma que los hombres no están facultados para creer sin la intervención decisiva de Dios para llevarlos a la fe, de todos modos la Biblia afirma de muchas maneras que, aun teniendo las facultades necesarias para creer, nadie querrá creer en Cristo sin la mediación de una intervención reveladora por parte de Dios sobre el creyente que derribe sus prevenciones hacia el evangelio y le muestre sus bondades, sin velos que le impidan apreciarlas y que se traduzca en la convicción interior necesaria que requerimos para rendirnos voluntariamente y de buena gana al evangelio.
La experiencia humana también nos muestra que para conducir a alguien a una decisión particular podemos hacerlo por la fuerza, de manera coactiva o coercitiva en contra de la voluntad de quien toma la decisión ꟷalgo que Dios nunca hará en lo que tiene que ver con la salvación de los predestinadosꟷ, o por el poder de los argumentos persuasivos y convincentes que inclinan finalmente nuestra voluntad de forma dócil a la decisión en cuestión, que es la manera en que Dios lo hace con los predestinados, de donde la predestinación sí implica por parte de Dios de algún tipo de influencia activa sobre los predestinados para convencerlos de la verdad del evangelio que no se concede a quienes no lo son y asegurarse así que cumplan la condición necesaria de creer, sin violentar su libre albedrío y sin que hagamos del ejercicio de la fe un mérito que obligue a Dios de algún modo. No pretendo con esto dejar todo dicho, pero por lo pronto es suficiente para hacer los descargos del caso a la elección incondicional para quienes la impugnan.







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