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Estudios bíblicos

La oración intercesora

La oración, reconocida como una de las principales y más imperativas actividades llevadas a cabo por los creyentes en la iglesia en obediencia a la instrucción e invitación divina a hacerlo en toda circunstancia, adquiere una de sus más específicas y nobles formas en lo que se conoce como “intercesión”, un tipo de oración que ruega a Dios por el bienestar de nuestros semejantes y más exactamente, de nuestro prójimo con nombre propio. El apóstol Pablo es un ejemplo a seguir al respecto cuando en sus epístolas afirma: “no he dejado de dar gracias por ustedes al recordarlos en mis oraciones. Pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre glorioso, les dé el Espíritu de sabiduría y de revelación, para que lo conozcan mejor. Pido también que les sean iluminados los ojos del corazón para que sepan a qué esperanza él los ha llamado, cuál es la riqueza de su gloriosa herencia entre el pueblo santo, y cuán incomparable es la grandeza de su poder a favor de los que creemos…” (Efesios 1:16-19). Llama la atención que su intercesión no se centra, como podría pensarse, en necesidades materiales pasajeras, sino en el conocimiento profundo de Cristo y en la esperanza eterna. Este tipo de peticiones intercesoras no eran para Pablo algo ocasional, sino una práctica continua y sistemática de su ministerio y vocación de vida, pues también a los filipenses les escribe: “Esto es lo que pido en oración: que el amor de ustedes abunde cada vez más en conocimiento y en buen juicio” (Filipenses 1:9), y deja constancia del afecto y la preocupación con las que los recordaba siempre en sus oraciones: “Doy gracias a mi Dios cada vez que me acuerdo de ustedes. En todas mis oraciones por todos ustedes, siempre oro con alegría” (Filipenses 1:3-4). Declaraciones reiteradas en todas las “epístolas de la prisión”, pues también en Colosenses leemos: “Siempre que oramos por ustedes, damos gracias a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Colosenses 1:3), confirmando de este modo que interceder no es solo pedir por las necesidades materiales temporales de las personas de nuestros afectos, sino también y de un modo especial por su madurez espiritual proyectada hacia nuestro destino eterno.

La Biblia enseña, desde el Antiguo Testamento, que la intercesión perseverante tiene un lugar central en el plan de Dios, y los profetas se refieren a esta actividad con imágenes poderosas como ésta: “Jerusalén, sobre tus muros he puesto centinelas que nunca callarán, ni de día ni de noche. Ustedes, los que invocan al SEÑOR, no se den descanso; ni tampoco lo dejen descansar, hasta que establezca a Jerusalén y la convierta en la alabanza de la tierra” (Isaías 62:6-7), describiendo de este modo una fe que clama con confianza hasta ver de manera más que satisfactoria la restauración anhelada. Es célebre esa especie de regateo intercesor emprendido con Dios por Abraham en el que el padre de la fe fue reduciendo sucesivamente sus expectativas de encontrar el número suficiente de justos en Sodoma que lograran diferir o cancelar el justo juicio sobre ella, recibiendo de Dios como respuesta que incluso si hubiera 10, Él no la hubiera destruido: “… Abraham volvió a decir: ꟷNo se enoje mi Señor, pero permítame hablar una vez más. Tal vez se encuentren sólo diez… ꟷAun por esos diez no la destruiré ꟷrespondió el Señor por última vez” (Génesis 18:24-32). Sin embargo y a propósito de la destrucción de estas ciudades, también encontramos instrucciones divinas desconcertantes de este estilo: “En cuanto a ti, Jeremías, no ores por este pueblo. No me ruegues ni me supliques por ellos, porque yo no escucharé cuando clamen a mí por causa de su calamidad” (Jeremías 11:14), instrucción justificada en el hecho de que la intercesión no es una fórmula mágica y automática, ni una manera de “doblarle el brazo” a Dios, sino que implica de nuestra parte una sensibilidad tal que nos lleve a discernir la voluntad de Dios, que a veces invita a clamar sin cesar y en otras ocasiones señala límites a la intercesión frente a la dureza del corazón humano y las decisiones irreversibles de juicio por parte de Dios hacia los pecadores contumaces e impenitentes. Llama la atención también que el apóstol requiere de la iglesia reciprocidad intercesora hacia él y su llamado apostólico al pedirle a los colosenses que: “intercedan por nosotros a fin de que Dios nos abra la puerta para proclamar la palabra, el misterio de Cristo por el cual estoy preso” (Colosenses 4:3).

Finalmente, las Escrituras nos revelan que la intercesión de la iglesia encuentra su fundamento en la misma obra del Señor Jesucristo y la del Espíritu Santo a nuestro favor, pues del Señor se nos dice que, a partir de su ascensión y a raíz de ella: “Por eso también puede salvar por completo a los que por medio de él se acercan a Dios, ya que vive siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25), dando así cumplimiento al anuncio del profeta siglos antes en relación con la pasión de Cristo y su esperado fruto: “después de tanto sufrimiento comprenderá por qué fue necesaria su obediencia y su intercesión. Porque fue mediante su sufrimiento y por haber llevado sobre sí el pecado de muchos que mi siervo hará que ellos sean declarados inocentes y aceptados por Dios. Por lo tanto, yo le daré como premio toda la honra y todo poder” (Isaías 53:11 NBV).Y además, en el Nuevo Testamento se nos revela que el Espíritu Santo también desempeña esta labor intercesora a nuestro favor: “En nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Y Dios, que examina los corazones, sabe cuál es la intención del Espíritu, porque el Espíritu intercede por los creyentes conforme a la voluntad de Dios” (Romanos 8:26-27). Ya Job, en medio de su dura prueba, había anticipado con plena convicción profética esta actividad divina con estas palabras: “Ahora mismo tengo en los cielos un testigo; en lo alto se encuentra mi abogado. Mi intercesor es mi amigo y ante Dios me deshago en lágrimas para que interceda ante Dios en favor mío, como quien apela por su amigo” (Job 16:19-20), en clara alusión a Cristo.Y Ezequiel transmite el preocupante lamento divino al respecto:“»Yo he buscado entre ellos a alguien que construya un muro y se ponga en la brecha delante de mí por mi tierra, para que yo no la destruya. ¡Y no lo he hallado!” (Ezequiel 22:30). Por lo tanto y en último término, toda intercesión humana se une a la de Cristo y a la del Espíritu, que interceden por nosotros delante del Padre, y nos invitan, entonces, a ponernos en la brecha con fe, perseverancia y obediencia, participando también de este modo en la obra redentora de Dios para Su pueblo y para el mundo.

Arturo Rojas

Cristiano por la gracia de Dios, ministro del evangelio por convicción y apologista por vocación. Hice estudios en el Instituto Bíblico Integral de Casa Sobre la Roca y me licencié en teología por la Facultad de Estudios Teológicos y Pastorales de la Iglesia Anglicana y de Logos Christian College. Cursé enseguida una maestría en Divinidades y estudios teológicos en Laud Hall Seminary y, posteriormente, fui honrado con un doctorado honorario por Logos Christian College.

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