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Cuando Dios calla

Y la fe que persevera en medio de Su silencio

El silencio de Dios es algo con lo cual todo cristiano honesto y maduro tendrá que lidiar durante significativos y a veces prolongados periodos de su vida de fe y guarda, por supuesto, mucha relación con la tradición teológica del “Dios que se esconde” ya abordada en varios de los contenidos del ministerio Creer y comprender. Los únicos que no tendrán que hacerlo son quienes suscriben la fe simplista, infantil y triunfalista promovida en los contextos pentecostales que presumen que Dios les habla de manera clara, directa y personal todos los días y que es un planteamiento que, al final, no deja de ser nada más que una engañosa impostura. De hecho, el silencio de Dios da origen a toda una categoría de oraciones bíblicas legítimas: las oraciones de lamentación, tan características de Jeremías, Job y amplios tramos de los salmos, entre otros. Oraciones que, más que “deficientes”, irreverentes o impropias, muestran una honestidad radical, una ausencia de autoengaño piadoso, un lenguaje no filtrado por la corrección litúrgica y una fe que, aunque herida, no ha dejado de hablarle a Dios. Oraciones que pueden estar llenas de dudas, de reproches, de cansancio y desesperanza, pero no de indiferencia. En el peor de los casos es una fe en estado mínimo, pero una fe real después de todo. Una fe aludida por el profeta con estas palabras en el contexto del cumplimiento del anuncio profético relativo al mesías cuando dice: “No acabará de romper la caña quebrada ni apagará la mecha que apenas arde” (Isaías 42:3)

Son oraciones que presumen ꟷmás desde la engañosa emoción y el sentimiento en caliente, que desde la más atemperada y decantada convicción y la creencia teológica firmeꟷ, que el silencio de Dios significa desaprobación, que la postración padecida o sentida es castigo, que la carencia es condena y la espera indefinida es una forma de rechazo divino. Pero son oraciones que, si bien plantean estas posibilidades, al mismo tiempo las cuestionan. Es decir que reflejan una tensión no resuelta por la que, por un lado, se teme estar bajo juicio, pero por otro, se sigue apelando de forma esperanzada a Cristo y a sus méritos. Una tensión que es, justamente, el lugar donde suele darse la fe probada, pues estas oraciones también manifiestan un saludable rechazo a una fe superficial e incluso a una prosperidad anestesiante y un anhelo de sentido, dirección, significado y comunión real y profunda. Oraciones catárticas que al final, luego del desahogo, se rinden de nuevo a Dios expresándole de un modo u otro que, aunque no se esté en condiciones de entender sus caminos y silenciosas formas de actuar, no se está dispuesto tampoco a dejar de hablarle y a pedirle que sostenga nuestra fe vacilante con base en la confianza que Él, de todos modos, nos merece.

Después de todo, la redención nunca está en juego, a pesar de cualquier apariencia en contra. En las mismas Escrituras encontramos personas que son fieles, oran, obedecen y a pesar de todo no reciben alivio económico, afectivo, ni existencial durante años, sin que eso sea interpretado como un definitivo abandono divino ni como una penitencia personal. Pablo habla explícitamente de una escasez prolongada, no momentánea, sin mencionar su catálogo de sufrimientos en 2 Corintios 11. El salmista declara que “todo el día he sido azotado”. Y Job nunca recibe una explicación causal en medio de su drama y su dura prueba, llegando a afirmar con algo de resignada aceptación: “… quién puede condenarlo si él decide guardar silencio? ¿Quién puede verlo si oculta su rostro? Él está por encima de pueblos y personas” (Job 34:29). Con todo, ninguno de ellos concluye que la redención los haya eludido; lo que concluyen ꟷa veces a regañadientesꟷ es que el sentido de la prueba no siempre es transparente y claro, pero no es necesariamente punitivo. Por eso, una fe que sigue orando ante el silencio de Dios, no es una fe abandonada por Dios, aunque así se pueda sentir en un momento dado. Nuestra condición temporal y finita, sujetos de forma inexorable al paso del tiempo y al inevitable desgaste y las fluctuaciones y ondulaciones anímicas en medio de una existencia problemática acarrea un lógico cansancio en nuestra capacidad de esperar sin obtener las evidencias deseadas después de demasiados años. Las oraciones bajo el efecto de este cansancio pueden sonar a oídos externos como cínicas y hasta blasfemas, pero no necesariamente a los oídos de Dios, para Quien pueden ser más deseables que las oraciones teológica y litúrgicamente correctas, pero insinceras y vacías de fondo.

Ahora bien, en algunos casos puntuales en la Biblia el silencio de Dios sí puede significar desaprobación, como en el caso de Saúl, a quien Dios no le respondía ya hacia el final de su vida. Pero si observamos con atención los casos bíblicos donde Dios guarda silencio en señal de desaprobación (como Saúl, ciertos pasajes proféticos, el endurecimiento de Israel en momentos concretos), aparecen algunos rasgos constantes, no aislados, como lo son la persistencia deliberada en la desobediencia, no una caída ni fragilidad momentánea u ocasional, sino una resistencia consciente y prolongada. Persistencia que implica un rechazo previo de la Palabra de Dios, ya revelada con claridad, una Instrumentalización de Dios, buscándolo solo como recurso cuando todo lo demás falla. Una ausencia de examen real, reemplazado por autojustificación o por rituales vacíos y un endurecimiento opuesto al quebrantamiento. Así, en estos casos el silencio de Dios no es el que recibe quien clama continuamente a Dios, sino el que recibe quien cerró desde antes los oídos a Su voz. Podría decirse que el silencio eventual de Dios que expresa desaprobación y juicio produce indiferencia o rebeldía fría, mientras que el silencio divino por otros motivos diferentes produce a la postre un intento más intenso, agónico y fervoroso de búsqueda y acercamiento a Dios para encontrar en Él el apoyo que nuestra fe desea y necesita.

Por otra parte, en ocasiones el silencio de Dios hacia los justos probados, no es para desaprobarlos, sino para llevarlos a un lugar donde ya no se sostienen en evidencias. Job es el caso más extremo, pero los salmistas lo repiten sin cesar. El profeta Habacuc no recibe respuesta inmediata, sino una visión que tarda y que trae como resultado una declaración bíblica que conviene no perder de vista, aunque en el presente no consuele tanto: “Pues la visión se realizará en el tiempo señalado; marcha hacia su cumplimiento y no dejará de cumplirse. Aunque parezca tardar, espérala; porque sin falta vendrá” (Habacuc 2:3) en donde ese “tardar” no se explica ni se justifica, sino que simplemente se afirma.

C. S. Lewis recoge incidentalmente en su libro Cartas del diablo a su sobrino este estado de la fe en el cual el silencio de Dios es dolorosamente sentido. Pero lo recoge de manera favorable cuando los mismos demonios concluyen lo que tanto temen alrededor de él, como cuando Escrutopo, el demonio veterano, instruye de este modo al demonio novato advirtiéndole: Nuestra causa nunca está tan en peligro como cuando un humano, que ya no desea pero todavía se propone hacer la voluntad de nuestro Enemigo [es decir, Dios], contempla un universo del que toda traza de Él parece haber desaparecido, y se pregunta por qué ha sido abandonado, y todavía obedece”, en donde la referencia a un universo en el que toda traza de Dios parece haber desaparecido es una alusión innegable al silencio de Dios, a la falta de evidencias palpables y tangibles a Su favor en el contexto de nuestras situaciones personales inmediatas, dando a entender que perseverar en la fe ante este silencio es la señal más clara de haber alcanzado una fe madura.

Lewis describe en este mismo libro el proceso de maduración de la fe en estos términos que implican también el silencio divino como algo incluso necesario y calculado por parte de Dios, pues comentando los inevitables altibajos de la fe de los creyentes, los demonios sostienen que, de manera sorprendente y, a la postre, perjudicial para sus artimañas destructivas: “en sus esfuerzos [los de Dios] por conseguir la posesión permanente de un alma, se apoya más aún en los bajos que en los altos”, de donde: “algunos de Sus favoritos especiales han atravesado bajos más largos y profundos que los demás”. Bajos en los que, por supuesto, una de las características más destacadas de ellos es que por periodos significativos de nuestras vidas sentimos a Dios distante, indiferente, silencioso y ajeno a nuestras luchas, aunque en realidad no haya sido nunca de este modo.

De hecho, una larga vida no siempre es por necesidad una bendición divina en la medida en que el creyente que logra disfrutarla no logre gestionar adecuadamente los crecientes “silencios de Dios” que una larga vida conlleva. En este sentido, el tiempo puede jugar a favor de las maquinaciones del diablo para debilitar una fe inmadura que no sabe lidiar constructivamente con el silencio de Dios, haciendo de ella algo existencialmente irrelevante, pues como lo comentan de nuevo entre sí los demonios en relación con la víctima asignada al demonio novato: “sólo con que se le pueda mantener vivo tendrás al tiempo mismo como aliado tuyo. Los largos, aburridos y monótonos años de prosperidad en la edad madura o de adversidad en la misma edad son un excelente tiempo de combate. Es tan difícil para estas criaturas el ‘perseverar’…”, en donde vemos que no solo la adversidad con sus dolorosos silencios divinos, sino la misma prosperidad tiene el potencial de adormecer la fe y arrojarla a la inercia de la costumbre monótona y aburrida en medio de la cual la fe se va apagando y en donde ya ni siquiera nos inquiete ni preocupe el silencio de Dios.

Arturo Rojas

Cristiano por la gracia de Dios, ministro del evangelio por convicción y apologista por vocación. Hice estudios en el Instituto Bíblico Integral de Casa Sobre la Roca y me licencié en teología por la Facultad de Estudios Teológicos y Pastorales de la Iglesia Anglicana y de Logos Christian College. Cursé enseguida una maestría en Divinidades y estudios teológicos en Laud Hall Seminary y, posteriormente, fui honrado con un doctorado honorario por Logos Christian College.

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