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La eutanasia o el suicidio asistido

Matizaciones y puntualizaciones necesarias

Consciente del terreno tan espinoso en el que incursiono con este artículo y las sensibilidades a flor de piel que puedo estar tocando, es de cualquier modo necesario ofrecer una perspectiva cristiana al respecto dados los avances legales y la legitimidad jurídica que la eutanasia viene adquiriendo en el mundo en general y en mi país, Colombia, con especialidad. Por eso y habiendo visto las condiciones tan difíciles y lastimosas que muchas personas con enfermedades terminales padecen (y a quienes, por cierto, se les niega un derecho que es, sin duda, anterior y superior al llamado “derecho a una muerte digna”, como lo es el derecho a cuidados paliativos), y que ponen el problema del dolor ─uno de los principales, si no el principal tema apologético práctico que el cristianismo debe abordar─ en la primera línea de la reflexión; no pretendo, por tanto, ser dogmático al respecto, pues no tengo madera de mártir y no puedo estar seguro de que me mantendría tan firme en mis convicciones de estar en la situación de alguno de mis semejantes afligidos de este severo modo en su salud y en relación con los cuales no me siento ni más fuerte ni mejor persona. Sobre todo, porque en lo personal y por ilustrada convicción cristiana adhiero al grupo de teólogos y cristianos en general que creemos que el suicidio, con todo y sus aspectos censurables e irreversibles, así como la carga de tragedia y dolor que conlleva para todos los allegados a la víctima, no conduce necesariamente a la pérdida de la salvación por parte de un creyente.

Y dado que la eutanasia tal y como se viene aprobando en las legislaciones de muchas naciones, incluyendo a Colombia, no es más que un suicidio asistido, creo necesario comenzar por señalar los aspectos en que debo estar de acuerdo con la postura de quienes sostienen que el suicidio sí acarrearía la condenación para el creyente que lo comete, pero sin compartir por ello la conclusión que estos últimos deducen equivocadamente de estos aspectos compartidos. Estoy de acuerdo con ellos, en primer lugar, en que el suicidio es un pecado que, llevado a cabo con plena conciencia, es de elevada gravedad, puesto que es un atentado contra la vida de la que únicamente Dios puede disponer: tanto la propia como la de nuestro prójimo y como tal está condenado por el sexto (no el quinto, como lo enumeran los católicos) de los mandamientos del decálogo que prohíbe matar. Excluyo de este señalamiento a las sentencias de muerte pronunciadas y ejecutadas por una autoridad legítima y competente en el marco de una justicia retributiva estricta. Y dejo mencionada esta excepción sin ahondar en ella, pues es otro tema polémico: el tema de la mayor o menor legitimidad de la pena de muerte desde la óptica cristiana.

En segundo lugar, el suicidio, como todos los demás pecados y al margen de su mayor o menor gravedad comparativa, previo a la conversión a Cristo acarrea la muerte espiritual y la condenación eterna de quien lo comete. Aunque con mucha probabilidad, el no creyente que llegue a consumar su suicidio se condenará, pero no sólo por el suicidio, sino también por toda la carga de pecados que ha venido acumulando a lo largo de su vida de no creyente impenitente, de la cual el suicidio sería únicamente el puntillazo final. Concedido lo anterior, en gracia de discusión y en el caso de que se llegará a establecer sin lugar a duda que el suicidio en particular acarrea la condenación eterna para el creyente que lo comete –algo que no veo bíblicamente posible−, esto aplicaría únicamente al que tiene éxito en el intento, pues el que no lo tuvo, sino que sobrevive al intento, tendrá oportunidad de arrepentirse de este acto y reconciliarse nuevamente con Dios. A no ser que hagamos del suicidio –o de su intento− el pecado imperdonable, algo para lo cual no existe ningún apoyo bíblico, pues la Biblia señala la blasfemia contra el Espíritu Santo como el único pecado imperdonable y éste no guarda relación con el suicidio.

Descontando, por tanto, este pecado imperdonable, el Nuevo Testamento afirma de manera taxativa en muchos pasajes y de muchas maneras que los creyentes podemos estar seguros de nuestra salvación no con base en nuestro desempeño siempre imperfecto, por más que nos esforcemos en no pecar de manera absoluta, −algo que se da por sentado que procuraremos hacer−, sino en la fidelidad de Dios que nos promete la salvación en virtud de nuestra fe en Cristo, quien además de ser Dios, es el único ser humano cuyo desempeño es perfecto. En ninguna parte vemos en el Nuevo Testamento que el creyente ya redimido en Cristo esté, pues, llamado a vivir en constante incertidumbre, ansiedad, aprensión o paranoica inquietud e intranquilidad por los pecados no conocidos y confesados que haya podido cometer. Todos ellos quedan cubiertos por la sangre de Cristo derramada en la cruz, al margen de la mayor o menor consciencia que tengamos de ellos y del hecho de que los hayamos o no confesado todavía en el momento en que la muerte nos sorprende.

Justamente, éste fue el estado de angustiosa incertidumbre del que fue librado Martín Lutero al descubrir de nuevo en la Biblia la relegada pero fundamental doctrina de la justificación por la fe y no por obras, emblema desde entonces de la iglesia Protestante Evangélica en el mundo. Sostener que la muerte debe sorprendernos debidamente conscientes y debidamente confesados por todos los pecados cometidos para poder ser salvos es un error garrafal que nos devuelve a la justificación por obras y que haría de la Reforma Protestante un error histórico. En el caso del creyente, es únicamente nuestra relación con Dios en el curso de esta vida temporal la que se ve afectada negativamente por nuestros pecados cometidos no confesados, obrando en perjuicio de nuestra calidad de vida actual al no poder acceder a todas las bendiciones temporales prometidas por Dios a los creyentes obedientes que procuran cultivar y mantener en óptimas condiciones en lo que a ellos se refiere su comunión con Cristo. Pero no nuestro destino eterno que no está ya de ningún modo en juego por causa de algún pecado cometido y no confesado debidamente antes de que la muerte nos sorprenda. Incluyendo el suicidio.

Además, si la confesión previa siempre fuera requisito necesario para conservar la salvación, nunca podremos saber si un creyente que logre consumar su suicidio en un momento de angustia, confusión u ofuscación por causa de dolores intolerables ─como los que impulsan a muchos a la eutanasia─ agobiado por problemas magnificados que no ha aprendido a sobrellevar con ventaja en el contexto de la fe en Cristo, tenga el tiempo justo necesario para arrepentirse de su decisión antes de morir, por irreversible que ya sea esta decisión. Al fin y al cabo ¿cuánto tiempo le tomó al ladrón arrepentido crucificado al lado del Señor reconciliarse con Él y recibir de Él la garantía de que ese mismo día estaría con Él en el paraíso? El tiempo que le tomó decir: “−Jesús, acuérdate de mi cuando vengas en tu reino” (Lucas 23:42). Y aquí podríamos presumir que un creyente que opte de manera excepcional por el suicidio por razones que escapen a nuestra comprensión, ya sea a través de la eutanasia o incluso al margen de ella, recibirá de Dios la gracia de disponer del muy breve tiempo necesario para dirigir a Dios una contrita apelación de este tipo. Y aunque esto no deja de ser conjetural, también lo es la presunción de aventurar que un creyente, si es auténtico, nunca se suicidaría, o que, de suicidarse, no tendría antes de morir ni el tiempo ni la disposición al arrepentimiento que he mencionado previamente.

Como puede verse, esto nos conduce al resbaloso y movedizo campo de la casuística, es decir el análisis de casos particulares. Campo en lo cual, en asuntos como el que nos ocupa, ninguna de las partes podremos ser satisfactoriamente concluyentes. Mucho menos cuando lo que estamos planteando son casos hipotéticos y no reales, en los cuales sí hay que decir que este tipo de reflexiones y debates no son más que una pérdida de tiempo. Creo que es debido a esto que, en el peor de los casos y si la confesión cabal y completa de todos nuestros pecados fuera estrictamente necesaria para conservar la salvación luego de la conversión, se explique que el Señor nos haya ordenado: “Por lo tanto, no juzguen nada antes de tiempo; esperen hasta que venga el Señor. Él sacará a la luz lo que esté oculto en la oscuridad y pondrá al descubierto las intenciones de cada corazón. Entonces cada uno recibirá de Dios la alabanza que le corresponda” (1 Corintios 4:5). Porque para evaluar casos particulares reales y concretos nunca conoceremos ni podremos tener en cuenta todas las variables involucradas que únicamente Dios conoce.

Dicho lo anterior a manera de descargos o matizaciones necesarias que ponen a la eutanasia en una perspectiva un poco diferente a la tradicional y rígidamente condenatoria hacia ella por parte del cristianismo; debo puntualizar ahora lo siguiente en relación con ella. Esto es que, en vista de su estado terminal y su deseo de morir a Job hoy le hubieran aplicado la eutanasia, privándonos así de su libro. Porque es un hecho que los partidarios y defensores actuales de la llamada eutanasia activa, el suicidio asistido o el “derecho a una muerte digna”, justifican acudir a este procedimiento contrario de cualquier modo al mandamiento divino que nos ordena no matar, apoyados en el doloroso estado terminal del paciente −¿o tal vez deberíamos decir la víctima?− y en la manifestación expresa por parte de éste de su deseo de morir.  Y si aplicáramos estos dos cuestionables criterios al caso del patriarca Job, hoy por hoy muchos le hubieran practicado la eutanasia basados en el lastimoso y sufriente estado de salud del patriarca y en su declarado deseo de morir o de no haber siquiera nacido, según lo leemos en el libro que lleva su nombre “Después de esto, Job rompió el silencio para maldecir el día en que había nacido. Dijo así: «Que perezca el día en que fui concebido y la noche en que se anunció: ‘¡Ha nacido un niño!…  ¿Por qué no me enterraron como a un abortivo, como a esos niños que jamás vieron la luz?…  »¿Por qué permite Dios que los sufridos vean la luz? ¿Por qué se les da vida a los amargados? Anhelan éstos una muerte que no llega, aunque la buscan más que a tesoro escondido; ¡se llenarían de gran regocijo, se alegrarían si llegaran al sepulcro!… ” (Job 3:1-26). Y de este modo nos hubieran privado de uno de los más sublimes, inspirados e inspiradores escritos sobre el sufrimiento humano que, paradójicamente, ha brindado consuelo y aliento a muchas generaciones de creyentes e incluso no creyentes a lo largo de la historia humana, otorgándoles la fuerza para sobreponerse a sus sufrimientos y no renunciar a la esperanza.

Arturo Rojas

Cristiano por la gracia de Dios, ministro del evangelio por convicción y apologista por vocación. Estoy casado con Deisy y tengo dos hijos: Mateo y María José. Hice estudios en el Instituto Bíblico Integral de Casa Sobre la Roca y me licencié en teología por la Facultad de Estudios Teológicos y Pastorales de la Iglesia Anglicana y de Logos Christian College. Cursé enseguida una maestría en Divinidades y estudios teológicos en Laud Hall Seminary y, posteriormente, fui honrado con un doctorado honorario por Logos Christian College.

2 Comentarios

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  • Pastor Arturo, me llena de alegría saber de usted y su querida familia. Nunca manifesté que no deseaba seguir recibiendo sus enseñanzas , al contrario no se la razón por la que no me volvieron a llegar, pero bueno lo importante estamos de nuevo en contacto
    Un abrazo y muchas gracias .