La derrota y el cautiverio de Judá a manos del imperio Babilónico de Nabucodonosor fue una calamidad nacional que todos los judíos sufrieron y lamentaron profundamente y que, luego del asesinato del gobernador Guedalías establecido por Nabucodonosor en Judá sobre el resto de judíos que sobrevivieron y permanecieron en la tierra, llenó de temor a este pequeño resto sobre las represalias más severas que Nabucodonosor de seguro podría tomar contra ellos por esta causa y los impulsó a huir a Egipto para salvar su vida. Pero al consultar a Dios al respecto por intermedio del profeta, Él respondió de este consolador modo, una vez consumado su juicio disciplinario sobre ellos, indicándoles que no huyeran, pues: “‘Si se quedan en este país, yo los edificaré y no los derribaré, los plantaré y no los arrancaré, porque me duele haberles causado esa calamidad. No teman al rey de Babilonia, al que ahora temen ꟷafirma el Señorꟷ, no le teman, porque yo estoy con ustedes para salvarlos y librarlos de su poder. Yo tendré compasión de ustedes, y él también, y les permitirá volver a su tierra’»” (Jeremías 42:10-12), confirmando el hecho de que Dios no disfruta ni se complace en sus juicios disciplinarios sobre los suyos y le duele el sufrimiento inevitable pero necesario que estos juicios implican y que, además de llevarlos a cabo de una manera dosificada y en su justa y exacta proporción, también está dispuesto a brindar consuelo en medio de ellos y a restaurar a los suyos una vez que el propósito de estos juicios se cumple para de nuevo bendecir, edificar y establecer a Su pueblo
Los plantaré y no los arrancaré
"En el trato de Dios con su pueblo al final no hay mal que por bien no venga de modo que aun en medio del juicio Él está listo a brindar consuelo”






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