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Conferencias

¿Es Dios un genocida?

Las razones detrás de las ejecuciones sumarias en la Biblia

Uno de los ataques formulados desde el pensamiento secular en contra de la Biblia y del cristianismo en general es la acusación de genocida dirigida contra Dios. Desde los librepensadores modernos como Thomas Paine hasta los mediáticos “nuevos ateos” encabezados por Richard Dawkins, pasando por mucha gente del común, hay una multitud de personas que atacan el carácter de Dios revelado en la Biblia señalando las presuntas matanzas crueles, indiscriminadas y arbitrarias ordenadas o llevadas a cabo por Dios en el Antiguo Testamento, como si el Dios vivo y verdadero de la Biblia revelado en Jesucristo no fuera diferente o incluso peor que el Alá del islam y del Corán que mantiene al mundo en vilo por cuenta del terrorismo yihadista de grupos como Isis o Estado Islámico.

Pero ¿qué hay de cierto en esta acusación? Porque es evidente que en el Antiguo Testamento Dios ejecutó de manera sumaria e inmediata a personajes como Nadab y Abiú, los hijos mayores del sacerdote Aarón, el hermano de Moisés, tan sólo por haberse tomado algunas atribuciones sacerdotales propias del sumo sacerdote cuando ninguno de ellos había sido designado todavía como tal. Y ejecutó igualmente a Uza el cotatita por haber extendido su mano para detener la caída del arca del pacto cuando era trasladada a Jerusalén por el rey David en una carreta. En la misma línea, la pena de muerte por apedreamiento estaba  ordenada en la ley mosaica para cerca de 35 transgresiones diferentes, algunas tan triviales para la mentalidad de hoy como maldecir a los padres, desobedecerlos, blasfemar, quebrantar el día de reposo o llevar a cabo prácticas idolátricas. Si hoy se aplicaran al pie de la letra estas prescripciones por lo menos la mitad de la humanidad debería, ¿o tal vez debo decir “deberíamos”?, ser ejecutados. Y si esto no fuera suficiente, Dios ordenó el exterminio total y sin contemplaciones de los pueblos cananeos sin discriminar a hombres, mujeres, niños o animales en el proceso. Sin mencionar las ejecuciones de otros tristemente célebres personajes bíblicos como Coré, Datán y Abirán o la de Acán y su familia.

Esto parece pintar un cuadro sombrío del carácter de Dios y hacer de Él un Ser irascible, severo, cruel, arbitrario e inmisericorde, como lo señalan los detractores del cristianismo. ¿Cómo vamos los cristianos a responder o salirle al paso a estas graves acusaciones? Son tan serias y difíciles estas acusaciones que la respuesta de algunos cristianos a ellas fue hacer una distinción entre el Dios del Antiguo Testamento y el del Nuevo revelado en Jesucristo. Estos cristianos se conocen históricamente con el nombre de marcionistas, por causa de Marción, su dirigente. Éste fue un cristiano muy rico, hijo de un obispo de la antigua ciudad griega de Sinope que, ante los hechos que acabamos de relacionar asociados a Dios en el Antiguo Testamento, optó por desechar todo el Antiguo Testamento como algo perteneciente a los judíos y a su dios inferior y diferente al Dios verdadero revelado en Jesucristo y el Nuevo Testamento. Asimismo desechó en el Nuevo Testamento toda mención favorable a los judíos. Marción hablaba así de dos dioses diferentes: el dios tribal e inferior del Antiguo Testamento al que los judíos adoraban: caprichoso, vengativo, cruel y excesivamente severo; y el Dios verdadero del Nuevo Testamento: el Dios bondadoso y de amor, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Ahora bien, Marción y sus seguidores fueron condenados como herejes en su momento, pero subsiste la pregunta de ¿cómo vamos a responder a estas acusaciones dirigidas contra el cristianismo?, pues no podemos responder ya a la manera de Marción sin caer en la herejía.

Estoy seguro, además, de que no podemos tampoco responder ofreciendo disculpas en el nombre de Dios. Porque algunas otras respuestas actuales por parte del cristianismo procedentes en muchos casos de sectores liberales y condescendientes de la teología parecen ofrecer veladas disculpas por estos episodios señalando las diferencias culturales propias de la época del Antiguo Testamento, las cuales si bien son reales, están lejos de explicar estos episodios y lo único que harían sería atenuar un poco su crueldad y severidad y nada más. Además, harían de Dios alguien sometido a los condicionamientos culturales humanos de cada época a la par que convertirían su justicia en algo relativo y dependiente de los cambiantes usos y costumbres de los seres humanos a través de los tiempos.

Pero la verdad es que existe una lógica contundente y una justicia estricta en este tipo de episodios que los cristianos debemos conocer bien para poder responder a todo aquel que nos pida razones de estos hechos. En primer lugar, debemos recordar que desde el principio Dios dejó muy claras las reglas del juego al informarle a la humanidad en cabeza de  Adán y Eva que: “… el día que de él comas, ciertamente morirás… la persona que peque morirá” (Génesis 2:17; Ezequiel 18:4). El Creador estableció reglas de juego muy claras y justas para nosotros sus criaturas humanas, seres cuya existencia es una concesión gratuita e inmerecida que le debemos por completo a Él, así como las vasijas le deben por completo su existencia al alfarero, respecto de lo cual habría que puntualizar algo que se cae de su peso: “… «¿Acaso le dirá la olla de barro al que la moldeó: ‘¿Por qué me hiciste así?’»” (Romanos 9:20).

Y esas reglas claras y justas consistían en que el pecado o la desobediencia ‒cualquiera que ésta fuera‒ acarreaba la muerte sumaria e inmediata del culpable. En otras palabras las reglas del juego originales establecían que en el mismo momento en que pequemos deberíamos ser justamente ejecutados por Dios.El Nuevo Testamento de hecho lo ratifica: “… la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23), así, sin matices que suavicen su alcance, como aquel que afirma que Dios tan sólo se refería a la muerte “espiritual”. La muerte espiritual o separación de Dios está, por supuesto, incluida, pero también la física. Si no fuera así Cristo no habría tenido que morir literal y físicamente, de manera por demás cruel, por nuestros pecados en la cruz. Habría tan sólo tenido que morir de manera románticamente espiritual y figurada por nosotros para expiar nuestros pecados y nada más. Pero no fue así. Él murió corporal y físicamente, de manera muy dolorosa y sufrida por nosotros en la cruz.  

¿Y por qué tenía que ser de este modo? La respuesta a esta pregunta también la da la Biblia: Porque Dios es justo y santo, al punto que no sólo no hace nada indebido, malo o injusto, sino que: “Son tan puros tus ojos que no puedes ver el mal…” (Habacuc 1:13), circunstancia que llevó al profeta Isaías, un hombre íntegro como el que más a exclamar sin embargo atemorizado: “… «¡Ay de mí, que estoy perdido!» soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios blasfemos, ¡y no obstante mis ojos han visto al Rey, al Señor Todopoderoso!»” (Isaías 6:5). La justicia y la santidad de Dios demandan que el pecado de sus criaturas humanas sea castigado con la muerte sumaria e inmediata. ¿Por qué nos escandalizamos y nos rasgamos las vestiduras entonces cuando Dios decide ejecutar de manera sumaria e inmediata a hombres a todas luces desobedientes y pecadores como Coré, Datán y Abirán; Acán y su familia cómplice e incluso Nadab y Abiú, Uza el coatita o los pueblos cananeos que habitaban la Tierra prometida? Ah… claro, pensamos: “no es para tanto”, al fin y al cabo “nadie es perfecto” y “errar es humano”. De acuerdo. Pero eso no significa que debido a ello Dios tenga que cambiar las reglas de juego originales y rebajarlas para acomodarlas a nuestra condición.Un Dios justo y santo no tiene por qué negociar su carácter y rebajar sus normas para acomodarlas a nuestra condición pecaminosa.

Además, si bien Dios no es un Dios caprichosamente irascible, si es cierto que: “Dios es juez justo, Y Dios está airado contra el impío todos los días” (Salmo 7:11 RVR). “Airado” dice aquí. Sin embargo hoy el concepto de “ira” asociado a Dios, así sea una expresión estricta de su justicia, nos parece algo primitivo y arbitrario, mandado a recoger. Incluso entre muchos cristianos. Es célebre al respecto la descripción del cristianismo aguado de los teólogos liberales hecha por Richard Niebhur en estos términos: “Un Dios sin ira, lleva a gente sin pecado, a un reino sin juicio, mediante la obra de un Cristo sin cruz”.  Parece ser que, al igual que la generalidad de los no creyentes, muchos creyentes no tienen problemas con el amor y la misericordia de Dios, sino con su ira. Esa misma ira que se revela y encuentra presente a lo largo y ancho de toda la Biblia, incluyendo al Nuevo Testamento y a la que Paul Ricoeur se refirió acertadamente diciendo: “La ira de Dios es solamente la tristeza de su amor”.

Tal vez hemos abusado de que, en efecto, “Dios es amor” (1 Juan 4:8) y hemos llegado a convertir y reducir el amor de Dios a una simple connivencia o complicidad sensiblera y encubridora del pecado del hombre. Pero como lo dice Henry Stob: “Dios no puede… amar a expensas de la justicia. Dios, en su amor, va en verdad más allá de la justicia, pero en ese amor no hace otra cosa que justicia. La cruz de Cristo… es, al mismo tiempo, una cruz de juicio y una cruz de gracia. Revela la paridad de la justicia de Dios y de su amor. Es de hecho el establecimiento, en un solo evento, de ambos”. La ira de Dios sigue siendo, por tanto, una verdad bíblica ineludible, completamente lógica, razonable y justa. Es la alternativa final por la que opta el hombre que rechaza de manera reiterada la misericordia divina otorgada por Dios en Cristo, y prefiere acogerse necia, osada y arrogantemente a su propia, precaria y engañosa justicia. Por eso, los episodios ya mencionados del Antiguo Testamento e incluso los casos de Ananías y Safira, y el rey Herodes en el Nuevo Testamento, ejecutados también de manera sumaria por el mismo Dios del Antiguo Testamento que se revela en Cristo, no son manifestaciones de brutalidad por parte de un Dios carente de amor, sino gráficos precedentes que nos recuerdan que no podemos dar por sentada la misericordia como si esta fuera una obligación que el amor le impone a Dios, sino que antes que nada Él es santo y justo y considera oportuno recordárnoslo de cuando en cuando, para que no lo olvidemos.

Porque eso es lo que suele suceder. Que tanto Thomas Paine, Richard Dawkins y todos sus ilustrados pero desencaminados colegas librepensadores y ateos, así como muchos cristianos marcionitas de nuevo cuño, se acostumbran ‒¿o tal vez debería decir “nos acostumbramos”?‒ tanto a la pauta general por la cual Dios ha decidido concedernos misericordia y gracia masiva e indiscriminada y no la justicia estricta que mereceríamos ‒establecida en el principio y nunca abolida ni abrogada‒ que cuando Dios decide sentar un precedente de justicia estricta, tal como las ejecuciones ya mencionadas, para que no nos acostumbremos demasiada a su misericordia como si fuera un derecho adquirido; entonces nos escandalizamos e impugnamos a Dios acusándolo de sangriento, cruel y arbitrario y exigiéndole misericordia, cuando Dios de ningún modo nos debe misericordia. Lo único que Dios nos debe es justicia. Y en justicia todos deberíamos ser ejecutados en el acto, puesto que: “… «No hay un solo justo, ni siquiera uno… pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” (Romanos 3:10, 23).

Además, ¿eran tan justos y rectos los personajes con nombre propio ejecutados por Dios de forma sumaria en la historia sagrada? Veamos. De Coré, Datán y Abirán se nos dice que eran unos rebeldes abiertos contra la autoridad de Dios delegada en Moisés. De Acán, que era un codicioso desobediente y mentiroso. De Nadad y Abiú, que decidieron tomarse atribuciones que no les correspondían todavía en el marco del servicio sacerdotal en el tabernáculo en el desierto. De Uza el coatita, un levita entrenado desde niño junto con todos los levitas para no tocar jamás el arca del pacto; que a pesar de ello decidió desobedecer y tocar el arca con sus manos pecadoras para detener su caída en contra de lo que se le había enseñado toda su vida desde niño. De los cananeos se nos dice que no eran ninguna “pera en dulce”, sino pueblos licenciosos, crueles, corrompidos e idólatras que practicaban, entre otras cosas, sacrificios de niños de brazos a sus dioses, arrojados vivos a hornos ardientes de manera sistemática, y prostitución ritual masiva de carácter hetero y homosexual asociada a sus prácticas religiosas y otras cosas de este mismo estilo.

De hecho se dice que Dios les había concedido un plazo de gracia de 400 años para ver si cambiaban para mejorar, pero que en vez de eso terminaron empeorando y llegando al colmo de su condición corrupta, justo en el momento en que Dios decidió ejecutarlos sin contemplaciones utilizando como verdugo al pueblo de Israel, comisionado por Dios para exterminarlos justamente. ¿Y cuándo se dice esto? Cuando Dios le informó a Abraham que no traería a sus descendientes de nuevo a la tierra que le prometió sino cuatro generaciones después, a la espera de que la maldad de los pueblos cananeos llegue a su colmo para justificar de sobra su exterminio: “‒Debes saber que tus descendientes vivirán como extranjeros en tierra extraña, donde serán esclavizados y maltratados durante cuatrocientos años. Pero yo castigaré a la nación que los esclavizará, y luego tus descendientes saldrán en libertad y con grandes riquezas. Tú, en cambio, te reunirás en paz con tus antepasados, y te enterrarán cuando ya seas muy anciano. Cuatro generaciones después tus descendientes volverán a este lugar, porque antes de eso no habrá llegado al colmo la iniquidad de los amorreos” (Génesis 15:13-16). Evidentemente, independiente del grado o mayor o menor gravedad de su pecado, todos los ejecutados o exterminados eran pecadores que merecían la muerte, si nos acogemos estrictamente a las reglas de juego originales establecidas por Dios.

Por último, en relación con la pena de muerte por lapidación o apedreamiento contemplada en la ley mosaica para cerca de 35 infracciones diferentes, esto es una expresión de la misericordia de Dios más que de su justicia. Es una reducción notable y muy significativa de las faltas que ameritaban la muerte como castigo. En el Edén Dios estableció que el pecado o la desobediencia, cualquiera que fuere, acarreaba la muerte para el ofensor. En la ley mosaica únicamente 35 faltas específicas de todas aquellas que el ser humano pudiera llegar a cometer ‒que son, ciertamente, mucho más de 35‒ deberían ser castigadas con la muerte. En relación con los demás pecados, mucho más numerosos que esos 35 penados con la muerte, el ser humano recibía misericordia de Dios al ser indultado por Él y poder continuar viviendo a pesar de haberlos cometido. Como ven, aquí tampoco hay nada arbitrario, caprichoso ni cruel. Únicamente justicia estricta para 35 pecados específicos y misericordia para el resto.

No por nada el propio Señor Jesucristo nos advirtió para que no nos acostumbremos a la gracia y la misericordia de Dios sobre nosotros al punto de llegar a exigirla y escandalizarnos cuando Dios trata con la humanidad en términos de su estricta justicia: “ En aquella ocasión algunos que habían llegado le contaron a Jesús cómo Pilato había dado muerte a unos galileos cuando ellos ofrecían sus sacrificios. Jesús les respondió: «¿Piensan ustedes que esos galileos, por haber sufrido así, eran más pecadores que todos los demás? ¡Les digo que no! De la misma manera, todos ustedes perecerán, a menos que se arrepientan. ¿O piensan que aquellos dieciocho que fueron aplastados por la torre de Siloé eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? ¡Les digo que no! De la misma manera, todos ustedes perecerán, a menos que se arrepientan»” (Lucas 13:1-5). Está claro. Las reglas de juego originales siguen vigentes. Dios no ha abrogado sus normas. Dios sigue siendo justo y no sólo misericordioso. Tarde o temprano, de un modo u otro, todos pereceremos justamente, a menos que nos arrepintamos.

Pienso que en este aspecto, todos deberíamos tener la sentida sensibilidad del ya fallecido pastor Les Thompson, fundador y presidente de la Facultad Latinoamericana de Estudios Teológicos FLET, de quien Antonio Cruz contaba una anécdota muy significativa. Decía que que cuando su familia lo estaba agasajando con un regalo muy especial y ante sus reparos para recibirlo, lo animaban para que lo hiciera de buen grado diciéndole: “‒Tú te lo mereces”; a lo que él bajo la cabeza con gesto circunspecto y con convicción profundamente reflexiva y los ojos húmedos de la emoción replicó: “Yo lo que me merezco es el infierno”. La misma sensibilidad que llevó a Lutero a sentir sin atenuantes ni mecanismos de defensa todo el peso de su culpa y descubrir y experimentar en virtud de ello la justificación por la fe e iniciar la Reforma Protestante de la que somos herederos todos los cristianos evangélicos, incluyendo a quienes se rasgan las vestiduras ante estos episodios dentro de la iglesia.

Y es que nos hemos acostumbrado a pensar que no somos tan malos como para merecer la muerte. Pero a los ojos de un Dios justo y santo lo somos. Nos hemos acostumbrado a compararnos con los demás para poder pensar que no nos merecemos la muerte por nuestros pecados, pues no son tan graves como los de otros. Pero la merecemos. Tanto como Coré, Datán, Abirán, Acán, Nadab, Abiú, Uza, los cananeos, los galileos asesinados por Pilato, los 18 aplastados por la torre de Siloé, Ananías y Safira y el rey Herodes Antipas. Y si seguimos vivos y en pie, no es por nuestra justicia, sino únicamente por la inmerecida gracia, misericordia y paciencia de Dios para con nosotros. Jeremías lo tenía claro cuando decía: “Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad” (Lamentaciones 3:22-23). Estamos vivos cada mañana por gracia y misericordias inmerecidas. Si Dios actuara con nosotros con estricta justicia, todos los días deberíamos caer fulminados, ejecutados justamente por Él tan pronto cometemos el primer pecado de la jornada, ya sea de pensamiento, palabra, obra u omisión.

Y es que en esta época de eufemismos que suavizan todo lo que no queremos escuchar o mencionar por su nombre porque nos parece “muy crudo”, no podemos acercarnos a la Biblia con el deseo de escuchar lo que nos agrada o lo que, presuntamente, creemos que nos conviene. Dios nos ama y precisamente por eso no está dispuesto a tratar lisonjeramente a la humanidad ni a “dorarle la píldora” a nadie. Él mismo ha dicho “A fin de cuentas, más se aprecia al que reprende que al que adula” (Proverbios 28:23). La Biblia nos dice lo que necesitamos oír, no lo que queremos oír. Y lo que necesitamos oír es que el Dios Creador es absolutamente santo y justo y que el pecado de sus criaturas es un insulto y una ofensa contra su santidad que no se resuelve sino de dos posibles maneras: con la muerte sumaria del ofensor o con su conversión a Dios mediante el arrepentimiento, confesión y fe correspondientes y el consecuente y misericordioso perdón e indulto que Dios nos ofrece en la persona de su Hijo Jesucristo al habernos sustituido personalmente en el patíbulo de los reos culpables condenados a muerte.

Dios no es entonces un tirano genocida, arbitrario y cruel, sino un Dios santo, misericordioso y justo que trata habitualmente con nosotros con paciente misericordia, pero que considera oportuno recordarnos de cuando en cuando que Él es ante todo justo y que la paga del pecado es muerte. Como lo dijo el apóstol: “¿No ves que desprecias las riquezas de la bondad de Dios, de su tolerancia y de su paciencia, al no reconocer que su bondad quiere llevarte al arrepentimiento?… Por tanto, considera la bondad y la severidad de Dios: severidad hacia los que cayeron y bondad hacia ti. Pero si no te mantienes en su bondad, tú también serás desgajado” (Romanos 2:4; 11:22). Algo que deberían tener en cuenta todos aquellos que, como Richard Dawkins y compañía, acusan a Dios equivocada, ignorante y hasta maliciosamente como genocida.

Arturo Rojas

Cristiano por la gracia de Dios, ministro del evangelio por convicción y apologista por vocación. Estoy casado con Deisy y tengo dos hijos: Mateo y María José. Hice estudios en el Instituto Bíblico Integral de Casa Sobre la Roca y me licencié en teología por la Facultad de Estudios Teológicos y Pastorales de la Iglesia Anglicana y de Logos Christian College. Cursé enseguida una maestría en Divinidades y estudios teológicos en Laud Hall Seminary y, posteriormente, fui honrado con un doctorado honorario por Logos Christian College.

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