En un mundo que valora el éxito representado en la acumulación de riquezas, muchas veces caemos en la trampa de creer que la abundancia es la clave para una vida plena y satisfactoria. Sin embargo, al perseguirla, corremos el riesgo de perder lo que realmente importa: la tranquilidad de conciencia, la salud y el sueño reparador. Salomón nos recuerda con conocimiento de causa que: “Más vale un poco con tranquilidad que mucho con fatiga… ¡corriendo tras el viento!” (Eclesiastés 4:6), pues al final no todo lo que brilla es oro. La búsqueda constante y obsesiva de más y más puede llevarnos a la fatiga, la ansiedad y el estrés, que suelen ser precios demasiado altos para alcanzar una elusiva abundancia que no siempre significa bienestar. Cuando nos obsesionamos con la idea de tener más, perdemos de vista que la verdadera riqueza no radica en lo material, sino en la paz y el equilibrio interior que acompañan el contentamiento. Tener cubiertas nuestras necesidades básicas, aunque sea de manera frugal, pero viviendo con tranquilidad y en armonía, es más valioso que las riquezas que nos arrebatan estas cosas. La constante preocupación por el futuro y el esfuerzo insostenible por alcanzar la abundancia pueden desgastarnos, mientras que vivir con lo suficiente disfrutando más bien de las relaciones, la salud y la limpia conciencia es algo que no tiene precio. Porque lo que realmente tiene valor no es la cantidad de bienes materiales que poseemos, sino la calidad del tiempo que pasamos con aquellos a quienes amamos, comenzando, por supuesto, por el propio Dios
Corriendo tras el viento
"No vale la pena disfrutar de abundante riqueza a costa de perder el sueño, la salud y la tranquilidad por causa de la preocupación y la fatiga”






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