La búsqueda del amor verdadero es un tema recurrente de la existencia que refleja uno de los anhelos más profundos del ser humano. En Cantares 3:1-4, la amada da expresión poética a este anhelo y su feliz realización: “Por las noches, sobre mi lecho, busco al amor de mi vida; lo busco y no lo hallo. Me levanto, voy por la ciudad, por sus calles y mercados, buscando al amor de mi vida. Lo busqué y no lo hallé. Me encuentran los centinelas mientras rondan la ciudad. Les pregunto: «¿Han visto ustedes al amor de mi vida?». No bien los he dejado, cuando encuentro al amor de mi vida. Lo abrazo y, sin soltarlo, lo llevo a la casa de mi madre, a la alcoba donde ella me concibió” (Cantares 3:1-4), simbolizando así un acto de total entrega y compromiso al amor de nuestra vida cuando logramos encontrarlo. Más allá del carácter idealizado del amor romántico como el que más se le asemeja en este mundo, Jesucristo es Quien reúne todos los requisitos para ser el amor de nuestras vidas, pues Él no solo nos conoce profundamente, sino que también nos ofrece un amor incondicional, fiel y eterno. Él es la respuesta a nuestros anhelos más profundos, por lo que dedicar nuestras vidas por encima de todo a la búsqueda de una íntima comunión con Él es el camino hacia la paz y la plenitud. La Biblia nos exhorta a hacer de Cristo nuestro primer amor, no en el sentido cronológico que evoca el primer enamoramiento que recordamos y que nos haya marcado de manera especial, sino en un sentido jerárquico, como el primero y principal amor por encima de todos nuestros demás amores terrenales
Busco al amor de mi vida
"Jesucristo reúne todos los requisitos para ser el amor de nuestras vidas y dedicarlas antes que nada a la búsqueda de una íntima comunión con Él”






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