La visión que Cristo tiene de Su iglesia es radicalmente diferente de la que nosotros, como seres humanos temporales sumergidos en el tiempo y limitados al presente, tenemos de ella. Mientras que nosotros podemos ver sus manchas, defectos e imperfecciones pasadas y presentes, Cristo ve ya a Su iglesia en su plenitud y perfección futura, cuando nuestra redención sea consumada, como veía el amado a la amada en el Cantar de los Cantares: “¡Cuán bella eres, amada mía! ¡Cuán bella eres!… Toda tú eres bella, amada mía; no hay en ti defecto alguno” (Cantares 4:1, 7). La belleza de la iglesia no radica en su estado actual, sino en su estado final garantizado por Cristo. Él la ha amado y la ama de tal manera que la purificará, la santificará y la presentará sin mancha ni arruga, como una novia hermosa, preparada para Él, como lo declara el apóstol: “… Él la purificó, lavándola con agua mediante la palabra, para presentársela a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable” (Efesios 5:26-27). Esta perspectiva nos invita a comprender que, aunque estemos todavía marcados por nuestras fallas, luchas y dramas, esa no es la palabra final, pues Dios Padre nos ve ya, desde ahora, revestidos con la justicia y las perfecciones de Cristo. Esto nos debe animar a vivir con esperanza, a no rendirnos cuando caemos sino a volvernos a levantar, pues Dios sostiene nuestra mano y Él ve en nosotros la realización plena de todo el potencial que nos otorgó, sin los estragos que el pecado ha ocasionado al malograr ese potencial
Toda tú eres bella
"Cristo ve a su iglesia no como ella es en la actualidad con sus manchas y defectos, sino como llegará a ser en su momento en virtud de la redención”






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