Acusar a Dios de injusticia es en último término y más allá de los posibles atenuantes, un acto de soberbia que solo revela nuestra miopía frente a la situación en cuestión y su sabiduría infinita. Cuando, en medio de la confusión y el dolor, levantamos la voz para reprocharle de algún modo su proceder, olvidamos que su visión lo abarca todo: pasado, presente y futuro, en un solo y soberano golpe de vista o en un, si se quiere, eterno presente, mientras la nuestra apenas alcanza poco más que nuestra situación inmediata actual, sin poder prever todas las posibles contingencias y escenarios, ni ejercer control sobre ellos. Dios confronta a Su pueblo de este modo: “Sin embargo, el pueblo de Israel anda diciendo: ‘No es justo el proceder del Señor’. Pueblo de Israel, ¿en qué soy injusto? ¿No son más bien ustedes los injustos?” (Ezequiel 18:29), conminándolos a abrir sus ojos al contraste entre su rectitud, aunque no podamos comprenderla, y la parcialidad de nuestros juicios. Por lo general, con contadas excepciones, como Job, cada queja humana contra Él nace de un corazón herido que busca evadir su propia responsabilidad, proyectando en Él nuestras culpas, frustraciones y desconsuelos. Pero atribuirle a Dios faltas que solo existen en nuestra limitada perspectiva equivale a construir un tribunal con reglas humanas sobre su trono eterno. No es, pues, sensato cuestionar la justicia divina, sino más bien reconocer nuestra falibilidad y rendirnos a la sabiduría de Sus caminos, confiando en que al final Él hará justicia de maneras que no alcanzamos a ver
¿No son ustedes los injustos?
"Los seres humanos acusando a Dios de ser injusto constituye uno de los disparates y exabruptos más absurdos y descarados en el que podemos incurrir”






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