La Biblia emplea la figura de la inmoralidad sexual como una de las metáforas más intensas y crudas para denunciar la infidelidad espiritual del pueblo de Dios. Esta comparación no es casual ni exagerada: muestra la gravedad del pecado de idolatría no como un simple error, sino como una traición amorosa, como el quebrantamiento de una relación íntima y exclusiva. A lo largo de todo el capítulo 16 del libro de Ezequiel Dios habla con dolor, no solo con ira, pues su pueblo —al que escogió, embelleció y exaltó— prostituyó su favor y su belleza, entregándose sin pudor a otros “amantes”, es decir, a ídolos vacíos y prácticas paganas: “»”Sin embargo, confiaste en tu belleza y, valiéndote de tu fama, te prostituiste. ¡Sin ningún pudor te entregaste a cualquiera que pasaba! Tomaste tus mismos vestidos para hacer altares paganos de vistosos colores y allí te prostituiste. ¡Algo nunca visto!” (Ezequiel 16:15-16). Esta infidelidad fue activa, deliberada, y hasta perversamente creativa: tomaron los dones recibidos de Dios y los transformaron en instrumentos de traición. Así, lo que debía ser consagrado fue profanado. En consecuencia, cuando nuestros afectos, prioridades o lealtades se desvían de Dios hacia cualquier otra persona, objeto o realidad de este mundo, estamos repitiendo la misma prostitución espiritual. No basta con evitar los ídolos externos: debemos examinar los internos, los más sutiles y camuflados. Solo el amor fiel y exclusivo a Dios puede restaurarnos, pues Él no quiere solo obediencia formal, sino un corazón que le pertenezca por entero a Él
Confiaste en tu belleza y te prostituiste
"La inmoralidad sexual provee en la Biblia la más cruda descripción de la infidelidad espiritual de Su pueblo cuando éste se vuelve a los ídolos”






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