El hecho de que Dios, en ejercicio de su sentido de justicia, llegue a tomar la difícil decisión de destruir lo que Él mismo ha construido y de arrancar lo que Él plantó, debería poner en su lugar y proporción nuestras ansias personales de grandeza y de logros. En Jeremías 45:4-5 Dios se dirige así a Baruc por intermedio del profeta: “»Pero el Señor me pide decirte: “Voy a destruir lo que he construido y a arrancar lo que he plantado; es decir, arrasaré con toda esta tierra. ¿Buscas grandes cosas para ti? No las pidas, porque voy a provocar una desgracia sobre toda la gente, pero a ti te concederé la posibilidad de conservar la vida dondequiera que vayas. Ese será tu botín”, afirma el Señor»”, informándole que en circunstancias como éstas no era tiempo de buscar grandeza personal, sino de abrazar la gratitud y la humildad, renunciado a sus aspiraciones de logro en medio del desastre. Porque en tiempos de desarraigo como estos, Dios no promete plataformas, honra ni éxito visible. Promete vida, lo cual no es poca cosa, como manifestación de su misericordia en medio del juicio. Es comprensible que busquemos sentido y significado ꟷy que creamos encontrarloꟷ en el logro, pero es más difícil hallarlo en la supervivencia silenciosa que Dios nos ofrece. Pero ese es el llamado a los fieles en tiempos de dificultad: permanecer, no destacar. Cuando Dios arranca lo que plantó, debemos darnos por bien servidos si podemos sobrevivir en el proceso, pues al fin y al cabo nuestra esperanza no se encuentra en esta vida, sino en la vida venidera que Dios sí nos promete y garantiza
Voy a arrancar lo que he plantado
"Cuando los tiempos llevan a Dios a destruir lo que construyó y a arrancar lo que plantó no podemos aspirar a la grandeza personal en el proceso”






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