Los judíos que desobedecieron a Dios huyendo a Egipto para escapar del gobierno de Nabucodonosor sobre ellos, no aprendieron las lecciones que la derrota y destrucción de Jerusalén a manos del imperio babilónico debía haberles enseñado, pues esta destrucción fue motivada como un juicio divino por la idolatría del pueblo y al huir a Egipto ellos llevaron esta idolatría con ellos, particularmente el culto a la Reina del Cielo o diosa madre tan común a los pueblos paganos de la antigüedad, declarando de manera desafiante que seguirían practicándolo: “Al contrario, seguiremos haciendo lo que ya hemos dicho: Ofreceremos incienso y ofrendas líquidas a la Reina del Cielo, como lo hemos hecho nosotros, y como antes lo hicieron nuestros antepasados, nuestros reyes y nuestros oficiales, en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén. En aquel tiempo teníamos comida en abundancia, nos iba muy bien y no sufríamos ninguna calamidad. Pero desde que dejamos de ofrecer incienso y ofrendas líquidas a la Reina del Cielo nos ha faltado todo; el hambre y la espada están acabando con nosotros»” (Jeremías 44:17-18), engañados por completo en cuanto a las causas y efectos de su actual estado, presumiendo que el abandono de este culto fue la causa de sus actuales calamidades, cuando en realidad la causa de ellas fue su necia resistencia a abandonarlo, agotando la paciencia de Dios sobre ellos. Idolatría particular que nos remite hoy por hoy al culto idolátrico a la virgen María por parte del catolicismo popular, fomentado también por sus jerarquías eclesiásticas
Incienso y ofrendas a la reina del cielo
"El hecho de que el catolicismo asigne a María el título de reina del cielo muestra la mezcla sincrética que ha hecho entre cristianismo y paganismo”






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