Los milagros efectuados por Cristo confirmaron sin duda su condición divina. Sin embargo, sus milagros son más bien modestos al compararlos con los realizados por Moisés durante el éxodo y los de Elías y Eliseo durante la monarquía en el Antiguo Testamento a los que hace referencia David al exclamar: “¡Vengan y vean las proezas de Dios, sus obras portentosas en nuestro favor!” (Salmo 66:5). Da la impresión de que Cristo sólo quería hacer lo estrictamente necesario para confirmar sus palabras por medio de señales milagrosas. Para comprender esta diferencia debemos tener presente que en el Antiguo Testamento se enfatiza el carácter nacional de la salvación, mientras que en el Nuevo Testamento se entra de lleno en la salvación de índole personal e individual y por lo tanto las señales que se requieren para el primer caso deben ser de una magnitud y alcance mucho mayor que las que se requieren en el segundo, concediendo un margen suficiente para la decisión voluntaria a favor o en contra de Dios. Los milagros de Cristo revisten un carácter paradójico, ya que sólo eran aceptados como tales por aquellos que estaban preparados para recibirlos, pues eran lo suficientemente claros para iluminar a los buscadores honestos y humildes; pero también lo suficientemente discretos y velados como para no imponerse a quienes no manifestaban la misma actitud. Es por eso que Cristo no se prestó a los requerimientos de las autoridades judías, prejuiciadas y ya previamente indispuestas hacia Él, con su petición de señales “a la carta” para ponerlo a prueba
Vean las proezas de Dios
"En el Nuevo Testamento las proezas de Dios se vuelven más sutiles pues su alcance ya no son las naciones como un todo, sino los individuos uno a uno”






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