La Biblia hace referencia a los ciclos de fertilidad de la naturaleza atribuyéndoselos a Dios y no divinizándolos, como lo hacían los pueblos paganos, como podemos leerlo en la oración de David: “Cuidas la tierra, la riegas y la enriqueces abundantemente. Los arroyos de Dios se llenan de agua, para asegurarle trigo al pueblo, porque así preparas el campo. Empapas los surcos, nivelas sus terrones, reblandeces la tierra con lluvias abundantes y bendices sus renuevos. Tú coronas el año con tus bondades y tus carretas se desbordan de abundancia” (Salmo 65:9-11). Así, en la mentalidad judía las alternancias que se dan en la naturaleza entre el día y la noche, las fases lunares y las estaciones tan necesarias para la planificación de la actividad humana, obteniendo así de la tierra la productividad requerida para la subsistencia de los diversos grupos humanos a lo largo de la historia, son siempre referidas a la generosa providencia del Dios Creador y Sustentador de la naturaleza. Sin embargo, los eruditos liberales, empeñados en su propósito de desvirtuar y despojar al cristianismo de su apelación a lo sobrenatural, llegaron a decir que la muerte y resurrección del Señor no era más que otra colorida forma de hacer referencia al ciclo de fertilidad por el que la naturaleza “muere” en el invierno para “resucitar” nuevamente en la primavera, transformando al cristianismo en un “mito” más de los que dan cuenta las mitologías antiguas, haciendo caso omiso, entre otras cosas, de la muy abundante cantidad de pasajes bíblicos en los que se despoja a la naturaleza de cualquier rasgo divino y se marca así diferencias claras, drásticas y definitivas con las mitologías antiguas
Los arroyos de Dios
"Los ciclos de fertilidad que se manifiestan en la naturaleza en la alternancia de las estaciones y la siembra y la cosecha son siempre mérito divino”






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